jueves, 28 de noviembre de 2013

Punto y seguido...

23:17 hora de Vietnam. El mapa que se representa en la pantalla indica que acabamos de dejar atrás la costa oeste de India para dirigirnos al estrecho de Omán. En mi ventanilla la oscura nada del infinito espacio. 

Hemos empleado dos días de estancia en Vietnam para cargar nuestras maletas con recuerdos para nuestros amigos y para nosotros mismos. Objetos tangibles de nuestro efímero paso por este lejano país, de esos que se cuelgan de la pared o se colocan en estanterías porque los otros se alojan en nuestra memoria y en nuestro corazón.

Caminamos los últimos metros de este largo camino por las calles de Hanoi y Ho Chi Minh con la nostalgia del viajero que parte. Esa triste zozobra que invade el corazón del que se sabe extraño en un lugar, obligado a volver a su subordinada rutina. Compartir un ca phé suá da* en un fresco refugio del asfixiante calor de HCMC departiendo sobre cada instante vivido, cada kilómetro recorrido, cada paisaje reflejado en nuestras retinas.

Hace un tiempo decidí que viajaría por el mundo para intentar captar la esencia de las personas que habitan esos lugares. Un día me dí cuenta que mis recuerdos lo forman personas y no paisajes. En alguna parte de mi se refugian sonrisas de niños de Senegal, tenderos de la Mediná de Fes, orantes en las Mezquitas de Istanbul, raros personajes de las calles de Barcelona, un cantante callejero en el rastro de Madrid....que son ellos quienes construyen mis recuerdos, quienes me asocian con lo vivido en cada uno de mis viajes. Ahora también Vietnam vivirá en mi con el velo de quienes lo habitan.

Sobre mi cabeza, guardado como un tesoro, viaja mi modesto equipo y en su interior unos cuantos cientos de esos instantes robados por las calles, mercados y campos del país. No todos robados porque, esta vez, mi trabajo se ha topado con la siempre sonriente predisposición de los lugareños a ser modelos. En muchas ocasiones, al percatarse de mi presencia y de haber sido objeto de una fotografía me acercaba a ellos y enseñaba el resultado en el visor para ser premiado con un "thank you". 

Hemos "escapado" de la visita de un tifón para luego ser testigos, en nuestro camino al norte, de las inundaciones que arrastraron las copiosas lluvias. Testigos de como la naturaleza se cobra el peaje temporal de su generosa voluptuosidad en esta tierra y de la natural reacción de los sufridores de ese pago para reponer y reparar el coste aportado.

Un viaje de 22 días, desde lo casi más al sur hasta lo más al norte. Desde los meandros del río Mekong y su jugla, el hervidero de HCMC y el esplendor del viejo Saigón, los terribles recuerdos de la guerra que nunca debió ser en Cu Chi, el glamour de Dalat, los cafetales, el embrujo de Hoi An, el recuerdo de Hué imperial, el interminable mercado del barrio antiguo de Hanoi, las montañas y profundos valles de Sapá, el capricho arquitectónico de la naturaleza en las piedras del Halong...y en cada sitio, sus gentes.

Un país ejemplo de fortaleza, constancia y empeño en la lucha, esas virtudes que todos deberiamos tener, son bandera de Vietnam. Un país débil, de personas frágiles a la vista pero que atesoran en su interior una inmensa fuerza. Así lo han demostrado en dos siglos de lucha contra invasores mucho más fuertes y poderosos. China, Japón, Francia y el ejército más preparado de la Historia han sido derrotados en esta estrecha franja de tierra asiática. No sé si los vietnamitas son ahora lo que fueron antes pero si estoy seguro que nosotros nunca lo hemos sido.

Hemos paseados por sitios que fueron, literalmente, borrados del mapa. Lugares que hace 40 años se asemejaban más a la superficie de un planeta extraño que a las selvas o cultivos que hoy crecen en ellos. Paradigma del resurgir, del trabajo de todos por todos y del amor a la tierra que te ha visto nacer.


Ese trabajo, el sufrimiento de lo vivido, se observa en los rostros de las personas más mayores. Aquellas que vivieron los horrores de la guerra, de forma más o menos directa, tienen su reflejo en cada marca de su piel. Sin embargo, cuando haces memoria de lo recorrido caes en la cuenta quel sur, donde más duro fue todo, la gente sonríe más. Paradojas.

Con todo eso emprendemos vuelta a casa. Dice mi hermano (el mayor) que "viajar te llena el alma y te vacìa el bolsillo", así que habrá que volver con el firme propósito de poner algo en el bolsillo para volver a llenar el alma. Porque el alma del viajero se muere un poco cada dia de estancia en la rutina. Cada instante de permanencia en lo cotidiano debilita las alas del que quiere volar. El ser humano nació nómada desde el día en que, casi sin ponerse de pie, abandono el hogar seguro del Rift para conquistar el mundo. 

Volvemos para llenar también los rincones afectivos del corazón que son los únicos lazos que atan  de verdad. No hay soga más fuerte que la del amor y no hay amor más grande que el que siento por mi hijo y estos 22 días son ya muchos para vivir privado de su sentir. 

Aquí finaliza un viaje, otro. Un punto y seguido. 
Gracias infinitas a todos aquellos que han dedicado su tiempo a leer este modesto cuaderno de bitácora, gracias por ser parte activa.
Les invito a viajar con nosotros nuevamente en el ankorONtour2014.
Nos vemos en ruta...


*café con leche condensada y hielo picado.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Entre montañas y piedras...

Dormimos como lirones esa noche en Sapa, deshabituados ya a las anchuras de una buena cama y un hartos de las estrecheces de los "sleeping bus". Toca cargar energías ante la nueva caminata que se presiente. Empezamos con una prolongada cuesta que nos aleja de la casa que nos acogió para remontar montaña arriba hacía zonas de cultivo diferentes al arroz.

A nuestra izquierda se abre el valle profundo cargado de bancales mientras al sur el sol atisba aún su presencia. Nos alejamos del poblado para introducirnos en la espesura del monte. El camino se estrecha y se retuerce a nuestro paso mientras el piso se embarra hasta la altura de los tobillos. Los bosque se bambú se cierran sobre nuestras cabezas y sus troncos, fuertes pero flexibles, son ayuda indispensable para avanzar sin caer en el barro. Pesan las piernas y el esfuerzo acumulado, hace frìo cuando el sol es aún tibio.

En fila de a uno cruzamos barrizales, descendemos y ascendemos, de bosque en bosque y de bambú en bambú hasta llegara  un punto donde la tierra se abre en una herida que deja al descubierto sus entrañas de piedra. La tierra herida por el paso constante del agua que vierte la montaña en su irreparable camino al fondo del valle. El agua no es excesiva en esta época del año, tanto que nos permite cruzar a saltos hasta el corazón de su vertical pendiente.

Un momento para refrescarse y tomar resuello y empezar el descenso al fondo ladera abajo. Cruzamos un puente colgante que oscila vertigionoso a nuestro paso para llevarnos a las terrazas donde el arroz es el dueño. Unos niños juegan a pescar las pequeñas carpas que crecen en los bancales mientras al otro lado contemplamos el brillo de la piedra pulida de la cascada acompañados por el sonido incesante de su caer. Cochinos, vietnamintas por supuesto, búfalos y hasta un grupo de cabras son nuestros compañeros en el camino.

Ya queda poco hasta el final del trayecto. Una parada para almorzar y vuelta al hotel. La más que merecida y necesaria ducha y una vuelta por el pueblo para buscar un calzado con el que sustituir el que llevaba y que no cabe más en fango. Toca volver a Hanoi.

Esta vez, recorrido de vuelta "sólo" nos llevará once horas y media. Eso incluyendo la reparación de un pinchazo que sufrimos en algún punto del trayecto. Aún es de noche en Hanoi pero en nuestro camino hasta el hotel ya la ciudad comienza a tener vida. Alumbrados por la débil luz de una solitaria bombilla los puestos de comida se apresuran a preparar el "phó" para los más madrugadores. En uno de los cruces, las floristas confeccionan ya sus ramos y centros. Algo que llama mucho la atención es la atracción de los vietamitas por las flores.

Tanto ajetreo, cambios de temperatura y la alimentación hacen algo de mella en mi organismo, lo que se viene denominando "irse por la pata"....así que tras alcanzar la habitación dedicamos parte de la jornada a descansar. Es casi al caer la tarde cuando volvemos a asomarnos al caos de Hanoi para rodear el lago Hoan Kiem donde la gente se arremolina. Unos disfrutan de un helado en un paseo, los mayores hacen sus ejercicios de tai-chi al margen del lado, los más jóvenes hacen pesas en un improvisado gym, mientras en el otro margen del lago las parejas de recién casados se hacen fotos con la torre de la tortuga de fondo.

Cuando la oscuridad se adueña de la luz Hanoi se convierte en un hervidero, más aún de personas, los vigilantes de ciclomotores no dan abasto, las aceras atestadas impiden el caminar de las personas. Así que motos, coches y personas comparten espacio por el barrio antiguo. Un momento para cenar algo en un local a pie de calle, literalmente, para luego tomar una cerveza donde los locales de moda y deleitarnos con la música y voz de una cantante local emulando los grandes éxitos del momento. No podía ser menos en un país donde hay más karaokes que pagodas.

Toca madrugar para visitar la bahía de Halong. Otro trecho por un recorrido decepcionante por una carretera que debieron asfaltar los chinos primeros de siglo en una guagua con amortiguación de una tabla. Nada que describir y nada que contar.

Llegamos al embarcadero y subimos al que será nuestro barco en el recorrido a través del cúmulo de fonolitos que ocupan una extensiòn considerable de la bahía. A medida que nos acercamos la majestuosidad de estas piedras, que parecen flotar en el mar, se hace más y más grande. Labradas por la erosión del mar creando formas inverosímiles. Cuenta la leyenda que la bahía fue creada por un dragón para proteger Vietnam de los enemigos que lo asediaban. Es fácil imaginar una creación tan fantástica ante lo imposible del resultado. 

Navegamos hasta un punto donde podemos adentrarnos con embarcaciones más pequeñas a contemplar unas cuevas. El guía, curiosamente, se "olvida" que el kayak era una opción incluída en la excursión e intenta colarnos ir en barca previo pago de 100.000VND. Ante nuestra pregunta al respecto y cuando casi todos andan ya en las barquitas, recuerda esa parte del contrato. Así que por primera vez en mi vida me atrevo a remar un artigulio de esto. Mi compañero un argentino que anda perdido por Asia con otro compatriota dando saltos de país en país. 

Tras un inicio un tanto desalentador en el que solo conseguimos chocar y rebotar contra el embarcadero emprendemos la marcha hacía una ensenada que alberga dos cuevas. Desde el kayak la inmensidad del paisaje se acrecienta en proporción directa a nuestra insignificancia. Remamos, corrigiendo el rumbo cada cuatro paladas, hasta la entrada de una de esas cuevas. Un paso a través de un agujero labrado por el agua en la roca que da paso a una especie de atolón, de manera que nos quedamos rodeados por la grandiosidad de las paredes casi verticales de roca y vegetación. Sobre nuestras cabezas la elegante silueta de los buitres negros vigilando la escena.

Volvemos a mar abierto y navegamos entre las casas flotantes de los pescadores que viven de forma permanente entre estos gigantes, unas trescientas personas, con todo su vida entre el agua. El atraque no difiere mucho de la partida y a trompicones conseguimos acercar el kayak al embarcadero. Toda una experiencia. Visita una gruta de Hang Dau Go creada por la entrada del agua en el momento de la erupción del volcán. Sus dimensiones y formas parecen obra de Gaudí, las paredes de piedra como si estuviera derretida y derramada y en el "techo" las formas de las burbujas del agua al tocar la piedra incandescente. El espectáculo se desluce un tanto por la iluminación de colorines y hortera de que han dotado al lugar.

Toca volver al barco desde donde contemplamos, camino al muelle, la mejor puesta de sol del viaje. El sol convertido en una bola rojo incandescente se hunde, por encima de los barcos, en el horizonte. Nítida su circunferencia, en un cielo limpio, y extendido su halo de color en las nubes que ocupan el cielo. Si bien la llegada no prometía nada, solo por este sol, valía la pena el viaje...

viernes, 22 de noviembre de 2013

Al norte...

Entre guagua y guagua en este afán por alcanzar, un tanto ya contrarreloj, el norte del país, ha impedido que fuera actualizando mis entradas. Escribo sentado en un cómodo homestay de un poblado H'mong de Sa Pá, rodeado de montañas, en un punto tan al norte que bordeamos con China..mientras me deleito con una Tiger casi tan fresca como el clima que nos acompaña.

Antes estuvimos en Hué donde los días volvieron a hacer grises y la lluvía protagonista. Llegamos desde Hoi An, protagonista de nuestra última crónica, y tan solo estuvimos una noche. Nos hospedamos en un hotel de curioso nombre y no menos curiosa gestión y mucho menos, decoración. El Google Hotel. Lo mejor, a parte de su precio, es que las cañas eran gratis para los hospedados. Es como meadilla de gato incolora pero si lo llaman gratis...

Hué es una ciudad de pasado imperial, dividida por el paso del río Perfume, Patrimonio de la Humanidad a pesar que muchas de sus riquezas arquitectónicas fueron destruídas durante la guerra. Así todo,  como el milagro que supone este país, se lleva a cabo un esfuerzo encomiable por restaurar todo aquello que escribe la Historia de la ciudad y de Vietnam. Escenario de luchas sangrientas donde los caídos se cuentan por miles, a Hué le tocó escribir gloriosos momentos del Vietnam Imperial de la dinastía Nguyen y los más tristes de la confrontación entre Seres Humanos.

Hoy Hué es una tranquila ciudad, con frondosos parques y un tráfico aceptable a la vista de lo que hay por ahí. Sus encantos se concentran en el ámbito de la Ciudadela en la otra rivera del río. Una muralla a la que se accede a través de puentes que a su vez dentro contiene otro recinto amurallado donde se dan cita emblemáticos edificios cargados de Historia y leyenda. Allí vivían los miembros de la dinastía que trabajo en pos de un Vietnam unificado allá por el siglo XIX antes que la presencia francesa comenzará a hacerse dominante.

La lluvia nos desluce un tanto la visita pero resulta impactante de todas formas. También hay, como en cada destino, que hacer una visita al mercado de la localidad. Este es de los grandes, tiene una zona edificada y con varios pisos pero aún así su actividad se desborda por las calles colindante hasta ocuparlo todo. Son los mercados un lugar propicio para mi trabajo, todo parece confluir en ellos, tanto los vistantes como los vendedores. Este, en especial, ofrece un buen escenario para fotografiar. Nos perdemos entre sus estrechos callejones, sus aromas de especias y sus olores de carne y pescado (no tan agradables).

Cae la tarde y partimos dirección a Hanoi en otro "sleeping bus", esa continua sucesión de cabezas y pies en hilera intentando dormir desde las más complejas posturas...algo a lo que empiezas a cogerle truquito cuando llevas unas 60 horas de experiencia. Llegamos algo pasados de la hora prevista que también empezamos a comprender que tiene de todo menos de prevista.

Es mediodia en la capital de Vietnam cuando arrivamos a la vetusta estación, casi sin bajarnos de la guaguaa rodean la puerta para ofrecer taxis, hoteles o "motobais". Da igual cuantos "no" llegues a pronunciar por minuto que nadie se da por aludido, aprendes a que hay que entonar tantas negaciones como ofertas te hagan, incluso varias por ofertante. Conseguimos hotel en el centro del barrio antiguo y en el mismo concertamos una excursiòn a Sapá, para partir esa misma noche.

La tarde da para un paseo por el barrio antiguo, cuyas calles se denominan por el gremio que la creo en la Edad Media. Tiempos en los que era conocido por las 36 calles por los 36 gremios que la fundaron. Calles atestadas de personas y mercancías que ocupan los ínfimos locales y se desbordan por las aceras. El orden es distinto pero es orden. Los edificios estrechos para evitar los impuestos dependían del ancho de la fachada. Entre las tiendas unos profundos y estrechos callejones llevan a las entradas a los edificios que no tienen acceso desde la calle. 





Tomamos una calle relativamente ancha que desemboca en el Mercado Dong Xuan. Una mole de hormigón y varias plantas en cuyo interior se enmarañan cientos y cientos de tiendas de todo tipo de genero. Los pasillos son estrechos hasta solo permitir el paso de personas en hilera de uno, las tiendas de telas y ropas tienen tanto género que las dependientas se sitúan sobre la mercancía que exponen. Si te quedas atrás te detienes, no dudes, te van a empujar hasta liberarse del "estorbo".

Poco a poco las deslumbrantes luces de Hanoi quedan detrás, vamos camino del punto más al norte de nuestro viaje. Casi en los límites de la frontera con china, las montañas que los franceses llamaron Alpes Tokineses, a la población de Sapá donde habita la minoria Hmong. Un recorrido de unos 400kms para los que invertimos unas 12 horas. Desayunamos y empezamos, acompañados de una guía Hmong, una ruta a pie por las montañas y campos de arroz. Se trata de un profundo valle colmatado de terrazas de arrozal en cuya parte más honda discurre un alegre riachuelo.

A medida que el sol emerge de entre las nubes, las terrazas anegadas brillan como un cristal. Caminamos por estrechos y resbaladizos bancales, los pies se hunden en el barro mientras intentamos mantener el equilibrio y no perder detalle de tan espectacular paisaje. Valle abajo se divisan los grupos de poblados. Ese es nuestro destino y empleamos para ello unas cuantas horas. El camino está aderezado con la presencia de pollos, patos, gansos, cochinos, búfalos, perros y cuanta naturaleza pueda uno imaginar. Todo fluye libre, en armonía, los animales retozan en los campos hasta la noche que regresan al refugio de sus establos sin puertas.

Tras el almuerzo quedan aún un par de horas hasta el homestay que nos acogerá al final de la jornada. Ahora caminamos por entre las callejuelas del poblado de los Hmong entre sus huertas, sus campos y sus casas. Somos testigos de sus quehaceres mientras mis ojos intentan no perder detalle de cuanto acontece alrededor. Todo lo que veo son fotos, las montañas que ahora nos rodean, los huertos de arroz, los bosques de bambú, el ir y venir de los niños que terminan la escuela a estas horas, las tiendas que surgen a la ribera del camino, todo. Todo son fotos.

Y  ahora escribo esto rodeado de un par de italianos, unos holandeses y una colega de Texas que a base de perder todos los juegos se la tiene fina con el licor de arroz...

martes, 19 de noviembre de 2013

De templos y lluvias....

Es temprano y no llueve en Hoi An. Tomamos una guagua, otra, para visitar los templos Chams que se hayan en My Son. Salimos de lo urbano en direcciòn a la carretera que nos llevará al interior. Bordeamos la ribera del río Thu Bon cuyas aguas abarcan todo. Campos anegados a uno y otro lado de nuestro paso, en ocasiones la propia carretera es víctima del voraz paso del río. Desde mi ventana observo a las personas afanadas en dovolver el río a su lugar, en ocasiones solo con una escoba. En las paredes la marca que el nivel del agua alcanzò en la noche anterior.
En uno de los manglares, un grupo de hombres ayudados por una máquina tratan de empujar un barco sacadod el cauce normal del río para situarlo entre los bambús.

Como ocurriera en el Mekong los ríos al llegar a costa no tienen un solo cauce sino que se deviden en varios brazos para abrazar al mar. Cenagosos, marrones, tan oscuros que no reflejan la luz. Se abren y ensanchan, se apretan empujados por la débil tierra hasta morir el el mar del sur de China. 

Con ganas de quedarme ahi, en el meollo del barro, seguimos camino hacía My Son. Tras unos 45 kms, de frenazos, baches y concierto de claxón para guagua, llegamos a un apartado rincòn de jungla en medio de nada que no sea verde. En esta zona, el desborde del río a arrancado árboles y bambú que se depositan a lejanos metros de su cauce. 

De entre toda esta jungla emergen unos templos construidos, entre los siglos III al X por la cultura Cham proveniente de la India, para venerar a sus deidades. Un testimonio de gran belleza arquitectónica en un paraje sobrecogedor. Algunos de los templos son visitables. En una sala se guardan algunas estatuas y frisos aunque el grueso del legado material se halla en el museo de Danang. Algunos templos fueron destruidos por los bombardeos de la guerra. Esta zona se haya pròxima al sur de la zona desmilitarizada que separaba norte y sur, camino del Vietcong en la ruta Ho Chi Minh, y donde se produjeron algunos de los episodios más sangrientos de la guerra y de los bombardeos más brutales.

Volvemos a Hoi An mientras sigue en mi la intención de alcanzar la zona rural inundada. Atento a la ruta que sigue la guagua para dejarnos, alquilamos unas bicis y tomamos la rutaz a la inversa. No es fácil moverse en estos lares, nada o muy poco está señalizado y si te sales de los servicios normales de transporte caes en la negociación monótona y repetitiva de quién quiere hacer el agosto con el turista "adinerado". Así que hay que buscarse la cosas por cuenta propia y con las bicis conseguimos llegar a la aldea de Tãh Thành.

La vida bulle como si nada hubiera pasado, el mercado abierto ofrece los productos de la zona, los barcos regresan a tierra con el resultado de la faena de la tarde, mientras los hombres y algunas máquinas acumulan y retiran el lodo que dejò el río. Todo se aprovecha, así que si el río subió, tiene que haber peces por lo que muchos se organizan con redes en los campos de arroz para capturar el pescado antes que el retorno de las aguas a la normalidad los mate de asfixia.

Me meto por entre callejones, somos los únicos no naturales en el lugar. Un vecino me lleva de la mano a su casa, quiere que sea testigo del nivel alcanzado por las aguas. Ya todo está limpio pero una marca señala una altura de casi dos metros en el interior de su humilde estancia. No muy lejos de allí un hombre hundido en el agua intenta recuperar algunos de sus enseres bajo las aguas contiguas a su casa. Grupos de hombres limpiando las carreteras, hombro con hombro, sin esperar ayudas que no llegarán. La comunidad se protege asi misma porque el beneficio  del conjunto es un beneficio individual.

Pasamos por sus casas, abiertas de par en par, en busca del aire que seque sus paredes, siempre una sonrisa. Conocedores de la realidad de su existencia. El río es su vida, su fuente de alimento, el que riega los campos, los transporta pero de tanto en tanto el río se cobra su peaje. No queda otra, trabajar y ponerlo más difícil la pròxima vez. Los niños, como niños, encuentran divertimento en todo. Con el agua hasta la cintura y con una pequeña trampa para meter crias de carpa en una botella. 

Llenos de barro, nosotros las bicicletas, regresamos a Hoi An merecedores de una buena ducha y otro par de Saigon bien frescas. El agua fluye, libera los campos y abandona las casas, buscando su cauce hasta fenecer en el mar...

La Odisea de viajar en guagua. Parte II

Lo habíamos dejado por Dalat en este camino nuestro de sur a norte de Vietnam. Según nuestras indagaciones debíamos tomar una guagua a Nha Trang, situado en la costa, y desde ahí ascender hacía nuestro destino en Hoi An. Así que muy temprano seguimos esas indicaciones. Un trayecto de solo unas horas que nos lleva a través de las enrevesadas calles de Dalat para luego sumergirse en cafetales e invernaderos de flores. En un momento casi no se distingue en las lomas qué son huertas y qué pertenece al monte. Ha llovido mucho, sobre todo el día anterior, aún continua cayendo una fina lluvia.

La carretera sigue en ascenso hasta que los pinares se convierten el jungla tropical, la niebla lo invade todo, solo despejada a ratos mientras la lluvia se hace más fuerte. Entre la vegetación emergen paredes casi verticales de roca de la que mana agua como si de esponjas se tratara. Las curvas se enrreveran y desde nuestro asiento nos asoma a precipicios de vértigo. La guagua anda despacio dificultado su paso con otros vehiculos en las estrechas curvas.

En el descenso hacía la costa el proceso se invierte, de jungla a monte y de monte a huertas. Nada se deja sin vida en el suelo de Vietnam, aquello que no conquista la naturaleza lo conquista el hombre para si. El resultado final es una constante en verde.

Llegamos a la estación de Nha Trang donde nos informan que NO hay guaguas más al norte. La compañía con la que hemos viajado no tiene ya ese servicio y no facilitan más informacion. Comienza nuestra odiesa. Con ayuda de los mapas de la guía alcanzamos, tras mucho caminar, la estaciòn de trenes. Una "amable" trabajadora del servicio de trenes de Vietnam se limita a informarnos del precio y horario del servicio. El precio es como tres veces más de lo que suponíamos en guagua, tampoco responde otra pregunta que no sea de trenes. Otra caminata más y nos lleva a la estaciòn de guaguas interurbanas de la ciudad. Aquí si hay destino a Hoi An y a un precio razonable. Nos quedan unas horas para tomar la guagua.

Un paseo por Nha Trang con todo a cuestas porque no hay consigna. Así que lo más cercano a la estación. Primero almorzar y luego una visita  la pagoda y al claustro de monjes. Algunas fotos y a hacer tiempo en una cafetería próxima a la zona donde nos parasitamos de su wifi. Las 18:30 y tomamos camino a la estaciòn, tenemos 10 horas de viaje por delante.

Ya en la guagua se cumplen las 19:00 y la guagua no sale. Apenas ocupada en unos pocos asientos. El conductor a los mandos del vehículo, hace un intento de arrancar el motor, fallo. Otro más, fallo. Un tercero y el sonido sordo del motor empeñado en no seguir sus órdenes, fallo. Pasan los minutos, otra guagua trae un grupo de turistasm y estos suben desconcedores que esta no arranca. Así un goteo incesante de personas que dejan sus portes y suben. No comprendemos como siguen subiendo gente si la guagua no arranca. Una hora y media después ya fuera de la guagua donde la atmòsfera y calor eran imposibles, conseguimos entender que alguien ha ido a buscar una pieza y pronto partiremos. Así, más de dos horas después de lo debido emprendemos la ruta.

Aquí es el punto donde el paciente ciudadano vietnamita pierde su innata pasividad y a los mandos de cualquier cosa a motor se convierte en un energúmeno. La velocidad, pitadas, frenazos sobre el piso mojado de la avenida de salida dan pánico. Algo que deja de ser una mera anécdota sobre las costumbres lugareñas para traspasar la frontera de que un tipo juega con tu vida como si no valiera nada. Dos opciones, bajarnos de la guagua o cerrar los ojos y que Buda se apiade de nuestro destino. Me dejo dormir.

Pasa el tiempo en esa forma que pasa cuando dormimos en que instantes son horas y horas instantes. En un tramo del camino en el que retomo parte de mi consciencia, la guagua está detenida. No sé cuánto lleva en el mismo lugar. Me vuelvo a rendir a morfeo no sé cuánto tiempo, la guagua sigue en el mismo sitio. Una carretera estrecha en una especie de cruce de una aldea perdida de algún punto. Nos antecede un camiòn y nos precede otra guagua. Pasan los minutos, muchos y no avanzamos.

Llueve de forma intensa, corre el agua por las pequeñas calles y seguimos parados. Luego de un pequeño avance nos detenemos, asì una y otra vez. Las viviendas pròximas a la carretera se ven anegadas ante la incesante lluvia que cae por instantes violenta sobre sus tejados endebles. Las luces del día despejan el paisaje, el día es gris, las nubes bajas y sigue lloviendo. En un momento avanzamos durante un rato, parece que ya el camino se ha despejado...hasta que volvemos a detenernos al final de un puente. A ambos lados todo es agua, un mar de agua marròn que fluye en uno y otro sentido sin orden. Árboles de los que solo asoma una copa, postes de luz hundidos hasta la mitad, caminos anegados en fango y agua. Pasan los minutos y salgo de la guagua con la cámara en mano. 

Impactante imagen de cientos y cientos de vehículos, en su mayoría camiones, atrapados a uno y otro lado. Se pierde la vista en una sucesión de vehículos en fila hasta que solo se distinguen por su diferente color. Cada vez se activa un sentido de la marcha, una vez los que vamos y otra vez los que vienen. Pasan minutos, horas no los kilómetros...hasta que a paso de tortuga alcanzamos un barrizal enorme. Construyen un puente y la lluvia a masacrado la zona de paso. Los pequeños ciclomotores con sus cargas son ayudados por los obreros a cruzar la especie de ciénaga en que se ha convertido el camino. 

Entre pesadas máquinas de obra, camiones, gente, carros y ciclomotores conseguimos al alcanzar el estrecho paso que nos deja la carretera libre. No sabemos en qué punto estamos ni cuanto falta, hace tiempo que se cumplió el horario de llegada y seguimos en la carretera. Nadie nos informa. Poco a poco va despejándose el pasaje que alcanza sus destinos. Para el nuestro aún quedarán unas horas. Son las 12:30 de la mañana cuando nos dejan en Hoi An. 7:30 horas de retraso y unas 15 horas de viaje.

15 horas de hacinamiento en un espacio cerrado donde el olor a humanidad cunde sumado a la peste que emana el baño químico que porta el vehículo y que ya no puede más del uso. Tampoco hemos comido, se suponia que el viaje era durmiendo y que llegábamos al desayuno. Lección aprendida.

Al llegar a Hoi An comenzamos a recibir noticias del exterior de lo catastrófico de las inundaciones, así comprendemos lo complejo del viaje y las horas perdidas o porque la guagua no entró directamente en Hoi An sino que siguió al norte hasta Danang y luego bajó. Los accesos sur de la ciudad estaban inundados. Nos enteramos también que el tren de Nah Trang ni siquiera llegó a salir.

El hotel está algo a las afueras pero es el que queda más cerca de la guagua. Una recofortante ducha y salimos a reponer fuerzas con un Phô, una especie de sopa con ternera y fideos, típica de Vietnam. Al llegar al lado del pueblo próximo al río, todo está inundado. Una parte no puede comunicarse con la otra salvo en barca. Los más avispados ofrecen recorridos a los turistas por las inundadas calles de Hoi An por el precio de 200.000VDN. Todo vale para ganar unos billetes.

La ciudad es un hervidero de turistas y locales de restauración y bares pijos. Hay que observar las cartas para conservar el presupuesto. Destaca la presencia de sastres y tiendas de llamativos vestidos y zapatos. Es esta la meca de lo textil. Trajes a medida por el mòdico precio de 59$. Cae la noche mientras visitamos el antiguo barrio japonés, donde muchas tiendas permanecen cerradas por el agua que invade las zonas más bajas. Un coqueto local será el lugar para el merecido premio de una Saigòn bien fresca.

Hemos perdido un día en las carreteras de Vietnam, hemos ganado una experiencia más de viajeros....

viernes, 15 de noviembre de 2013

Un café de mierda...

Amanece un día gris en Dalat, mientras damos cuenta de un rico desayuno continental en una de las afrancesadas cafeterias del centro, próximas al mercado. Resulta curioso observar como junto al caótico mercado que parece no cesar en su horario, las calles adyacentes cuentan con cafés y tiendas del más coqueto estilo europeo. Tras el desayuno y un breve paseo esperamos la llegada de Houng la persona que nos ha de llevar a visitar los alrededores de la ciudad.

La primera parada es en un mirador desde el que observar Dalat desde lo alto, inserta en un valle rodeado de frondosas colinas, desde una de las cuales somos testigos de los miles de pequeñas construcciones al más puro estilo de la campiña francesa. Grandes casonas de glorioso pasado, algunas venidas a menos, y la tradición conservada por los lugareños de respetar este modo arquitectónico en las nuevas casas.

Salimos hacía las zonas rurales a través de una carretera que juega con las curvas de las montañas donde las coníferas son absoluta mayoría, a los márgenes algunos puestos de venta de frutas de la zona. Poco a poco iremos descendiendo hasta el valle, donde la carretera se hace más ancha y donde se concentran, como un puzzle de muchos tonos de verde, parcelas en su mayoría dedicadas a las hortalizas. No hay espacio que quede sin plantar o, al menos, que no esté esperando la próxima simiente de la temporada.

En los márgenes del valle, las colinas son peinadas por una bruma que se enrreda entre las copas de los pinos mientras la lluvia se hace cada instante más inevitable. Tomamos un desvío y la carretera vuelve a menguar en porte, discurriendo ahora entre fornidos arbustos florecidos en blanco, son cafetales. Ordenadas hileras de cafetos discurren por los llanos y las leves ondulaciones del paisaje como si de una tupida alfombra se tratara. Esta dictadura del cultivo es rota por la presencia de algunas extensiones de té. 

La primera parada es la impresionante Cascada del Elefante, un torrente de agua que se precipita unas decenas de metros alimentada mucho más por la lluvia que ya no cesará a lo largo de toda la jornada. Atrás queda el organizado clima del Mekong, aquel del agobiante calor y un momento más o menos prolongado de lluvia torrencial al caer la tarde. En esta zona llueve, llueve y punto, sin más organización. Entre la lluvia y la humedad de la espuma generada por la violencia del agua al llegar al fondo de su caída, bajo cual expedicionario por unas húmedas y resabalizadas rocas para tomar la mejor foto posible. Una escalera inicial da imagen de ser un cómodo recorrido pero no es más que una ilusión ya que más allá hay que subir y bajar las rocas gigantescas que rodean el salto y atravesar su vegetación. Con más voluntad que destreza alcanzo una ventana desde que observar de forma próxima la ensordecedora caída de agua teñida del marrón de  la tierra arrastrada.

Un par de fotos servirán para satisfacer mi espíritu de fotógrafo "intrépido" e iniciar con la fuerza que da el trabajo conseguido el complicado ascenso. La explanada superior de este recinto no deja ver más allá de unos metros, tapado el paisaje por el velo de agua que cae. A un lado la bella pagoda de Linh an Tu a la que  llega por un embaldosado patio con enormes macetones que portan bonsais, una escalinata nos asciende hasta la puerta del templo, mientras somos vigilados por estatuas de fieros dragones guardianes y por la buena dicha de estatuas de tortugas. Cada paso es acompañado por el cadente eco del latir de un gong. En el interior de profusos colores consta de tres estatuas de buda custodiadas por otras dos divinidades a cada lado. El ambiente invita a la relajación y a contemplar tanta belleza como expone.

Antes de partir, una breve visita a un taller de la minoría étnica cham que nos enseña sus telares con una demostración práctica que resulta algo artificial y preparada para el visitante.

Seguimos camino entre fincas y cultivos de café atentos a cada metro del paisaje para visitar una factoría (esta real) de trabajo en seda. Una vieja nave con no menos vieja manquinaria en la que solo trabajan mujeres y en la que se siguen todos los pasos para extraer el preciado hilo de la pupa del gusano de la seda.  Dos hileras de maquinas de traqueteante movimiento enrollan el hilo que se extrae de las pupas que flotan en unos depósitos inferiores. Las obreras seleccionan las pupas y las enrredan en la máquina cuyos rodillos le dan forma. Se sigue todo el proceso hasta su conversión en madejas de hilos y en telas. Unas cuantas decenas de fotos y seguimos.

La lluvia insiste en su misión de alimentar la tierra cuando se hace la hora de comer. Houng nos lleva hasta un puesto de comida próximo a la carretera. Nos acercamos a donde se exhiben los ricos productos mientras la cocinera nos explica cada uno de ellos. Si su aspecto es muy apetecible cuánto más lo será su sabor. Un rato para descansar y conversar con nuestro afable guía. Así como es en África, el lugareño es tan preguntón como el visitante así que a pregunta hecha, pregunta respondida. Una foto satélite en el iphone me ayuda a situar nuestro país de procedencia.

En el camino a Dalat queda una última parada para tomar café...y vamos a tomar café en una pequeña factoría familiar, Bâo An. Será lo que podríamos denominar un "café de mierda" y no precisamente por que su sabor mereciera tal calificativo sino porque literalmente es de "mierda". Se trata de la variante Chôn, que consiste en extraer los granos de café de las cagadas de un roedor, la civeta. Así este animal algo mayor que un gato y parecido a la jineta es alimentado con granos de café, solo con granos del café. Su sistema orgánico no digiere más que la cáscara y la pulpa del grano pero deja intacto la simiente que si es afectada por sus jugos gástricos e instestinales. Ese proceso simula en el organismo del animal una especie de fermentación que será lo dará luego su sabor particular. Los granos de café son extraidos de las cagadas el bichito, lavados profusamente y luego secados y tostados. 

Y ahí estamos bajo la lluvia en un patio al aire libre protegidos por un techado de zinc y rodeados de plantas, tomando un "café de mierda" que pasa por ser el café más caro del mundo y añado yo, delicioso.

Vuelta a Dalat donde la lluvia sigue. Es aún temprano, así que salimos a dar una vuelta por el mercado de la ciudad. Una parte ya se encuentra en labores de cerrar mientras por fuera se colocan otros puestos en un ciclo que parece no tener horario. Se van unos y vienen otros. Puestos de verduras que cierran en el vetusto edificio de varias plantas mientras en el exterior, al volado de la techumbre se citan vendedores de ropas y telas. Nadie protesta, todos tienen su espacio y su momento para vender.

El día muere de forma prematura y no llegan a las 6 de la tarde las luces del día. Un paseo, una leve cena y vuelta al hotel.

En unas horas volvemos a partir.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Camino al norte...

Última jornada en Can Toh, nuestro destino más al sur, que gastamos preparando los macutos, dando una vuelta por la villa para acabar visitando nuevamente el Mekong. Una simpática barquera del lugar será la conductora y guía. Nuestro destino es un corto recorrido por los canales más próximos alrededor de la isla de Con Au. La isla es una lengua de tierra inserta en el torrente del río repleta de plantaciones y sin apenas habitantes o construcciones. Un vergel de frutas tropicales, donde todo crece en abundancia y tamaño. 

Difícil expresar la sensación de antiguo expexicionario que invade al visitante en la navegación por los canales, ausencia de "civilización" y una explosiòn de naturaleza que todo lo invade. Sensación aumentada en los momentos en que la conductora apaga el motor y nos deja a merced del sonido del agua, los pájaros y la nada.

Regresamos a tierra y hacemos tiempo por los alrededores del hotel. En unas horas nos ha de recoger el transporte hasta la estación de guaguas donde tomaremos la que realiza el trayecto nocturno hasta Dalat, nuestro siguiente destino. Este servicio nos permite recorrer los 600 kms que separan ambas localidades mientras dormimos. La guagua está prepada con unos asientos en litera que se tumban casi horizontalmente y permiten domir muy cómodamente....si se tienen las medidas standard de un vietnamita. En mi caso, la parte donde tienen que encajar las piernas, encaja pero literamente, de manera que debo enrrollarme como puedo en posición fetal.

Así todo consigo dormir bastante bien, incluso a pesar, de los baches que de tanto en tanto toma la guagua que gracías a lo encajado que voy no acabo en el culo de la otra litera. Por la ventanilla solo se ven luces que pasan a toda velocidad y pequeñas poblaciones que se van quedando atrás. De vez en cuando, el conductor acciona la bocina. Ese deporte nacional que si fuera olímpico convertiría a Vietnam en una potencia referente.

A eso de las 6:00 de la mañana llegamos a Dalat, al no tener hotel concertado, el transporte nos deja en el centro de la ciudad pero con ayuda de la guía de Lonely Planet conseguimos encontrar un coqueto y còmodo (y barato) hotel en apenas unos minutos. 

Hemos empleado la jornada en recorrer las calles y mercados de esta bonita ciudad fundada por los colonos franceses allá por el siglo XIX y que, gracias a un acuerdo entre los combatientes, no fue atacada en la guerra. Así se conservan miles de pequeñas viviendas y edificios que le dan un aire afrancesado y europeo, tanto que en su centro se halla coronada por una réplica del a Torre Eiffel. 

Se encuentra enclavada en una zona de montaña y se accede a ella a través de un paso de montaña a unos 1700 metros de altura. Eso ha permitido dejar atrás el agobiante, pegajoso y estresante calor del Mekong, ese que te abrazaba nada más salir de la acondicionada habitación del hotel, para tenerte sudando hasta la vuelta. Un paisaje más abrupto, montes de coníferas y una naturaleza que otorga productos muy distintos a los del sur, las verduras, frutas cítricas, las flores, la seda y las uvas son la bandera de las tierras de Dalat y alrededores.

Algo que se capta a poco que uno sea algo observador es como van cambiando las formas humanas a medida que se cambia de región, así en el sur se apreciaba una fuerte componente  china y jemer, fruto del pasado migratorio de unos y la dominación de Camboya de la tierras del Mekong en el segundo. En Dalat conviven varias etnias como los Chams o los Koho y eso se nota en sus caras y en sus ropas.

Mañana toca salir a visitar esas zonas rurales y a las personas que las habitan. El equipo a punto para intentar mostrar lo mejor que podamos el resultado de esta aventura.