23:17 hora de Vietnam. El mapa que se representa en la pantalla indica que acabamos de dejar atrás la costa oeste de India para dirigirnos al estrecho de Omán. En mi ventanilla la oscura nada del infinito espacio.
Hemos empleado dos días de estancia en Vietnam para cargar nuestras maletas con recuerdos para nuestros amigos y para nosotros mismos. Objetos tangibles de nuestro efímero paso por este lejano país, de esos que se cuelgan de la pared o se colocan en estanterías porque los otros se alojan en nuestra memoria y en nuestro corazón.
Caminamos los últimos metros de este largo camino por las calles de Hanoi y Ho Chi Minh con la nostalgia del viajero que parte. Esa triste zozobra que invade el corazón del que se sabe extraño en un lugar, obligado a volver a su subordinada rutina. Compartir un ca phé suá da* en un fresco refugio del asfixiante calor de HCMC departiendo sobre cada instante vivido, cada kilómetro recorrido, cada paisaje reflejado en nuestras retinas.
Hace un tiempo decidí que viajaría por el mundo para intentar captar la esencia de las personas que habitan esos lugares. Un día me dí cuenta que mis recuerdos lo forman personas y no paisajes. En alguna parte de mi se refugian sonrisas de niños de Senegal, tenderos de la Mediná de Fes, orantes en las Mezquitas de Istanbul, raros personajes de las calles de Barcelona, un cantante callejero en el rastro de Madrid....que son ellos quienes construyen mis recuerdos, quienes me asocian con lo vivido en cada uno de mis viajes. Ahora también Vietnam vivirá en mi con el velo de quienes lo habitan.
Sobre mi cabeza, guardado como un tesoro, viaja mi modesto equipo y en su interior unos cuantos cientos de esos instantes robados por las calles, mercados y campos del país. No todos robados porque, esta vez, mi trabajo se ha topado con la siempre sonriente predisposición de los lugareños a ser modelos. En muchas ocasiones, al percatarse de mi presencia y de haber sido objeto de una fotografía me acercaba a ellos y enseñaba el resultado en el visor para ser premiado con un "thank you".
Hemos "escapado" de la visita de un tifón para luego ser testigos, en nuestro camino al norte, de las inundaciones que arrastraron las copiosas lluvias. Testigos de como la naturaleza se cobra el peaje temporal de su generosa voluptuosidad en esta tierra y de la natural reacción de los sufridores de ese pago para reponer y reparar el coste aportado.
Un viaje de 22 días, desde lo casi más al sur hasta lo más al norte. Desde los meandros del río Mekong y su jugla, el hervidero de HCMC y el esplendor del viejo Saigón, los terribles recuerdos de la guerra que nunca debió ser en Cu Chi, el glamour de Dalat, los cafetales, el embrujo de Hoi An, el recuerdo de Hué imperial, el interminable mercado del barrio antiguo de Hanoi, las montañas y profundos valles de Sapá, el capricho arquitectónico de la naturaleza en las piedras del Halong...y en cada sitio, sus gentes.
Un país ejemplo de fortaleza, constancia y empeño en la lucha, esas virtudes que todos deberiamos tener, son bandera de Vietnam. Un país débil, de personas frágiles a la vista pero que atesoran en su interior una inmensa fuerza. Así lo han demostrado en dos siglos de lucha contra invasores mucho más fuertes y poderosos. China, Japón, Francia y el ejército más preparado de la Historia han sido derrotados en esta estrecha franja de tierra asiática. No sé si los vietnamitas son ahora lo que fueron antes pero si estoy seguro que nosotros nunca lo hemos sido.
Hemos paseados por sitios que fueron, literalmente, borrados del mapa. Lugares que hace 40 años se asemejaban más a la superficie de un planeta extraño que a las selvas o cultivos que hoy crecen en ellos. Paradigma del resurgir, del trabajo de todos por todos y del amor a la tierra que te ha visto nacer.
Ese trabajo, el sufrimiento de lo vivido, se observa en los rostros de las personas más mayores. Aquellas que vivieron los horrores de la guerra, de forma más o menos directa, tienen su reflejo en cada marca de su piel. Sin embargo, cuando haces memoria de lo recorrido caes en la cuenta quel sur, donde más duro fue todo, la gente sonríe más. Paradojas.
Con todo eso emprendemos vuelta a casa. Dice mi hermano (el mayor) que "viajar te llena el alma y te vacìa el bolsillo", así que habrá que volver con el firme propósito de poner algo en el bolsillo para volver a llenar el alma. Porque el alma del viajero se muere un poco cada dia de estancia en la rutina. Cada instante de permanencia en lo cotidiano debilita las alas del que quiere volar. El ser humano nació nómada desde el día en que, casi sin ponerse de pie, abandono el hogar seguro del Rift para conquistar el mundo.
Volvemos para llenar también los rincones afectivos del corazón que son los únicos lazos que atan de verdad. No hay soga más fuerte que la del amor y no hay amor más grande que el que siento por mi hijo y estos 22 días son ya muchos para vivir privado de su sentir.
Aquí finaliza un viaje, otro. Un punto y seguido.
Gracias infinitas a todos aquellos que han dedicado su tiempo a leer este modesto cuaderno de bitácora, gracias por ser parte activa.
Les invito a viajar con nosotros nuevamente en el ankorONtour2014.
Nos vemos en ruta...
*café con leche condensada y hielo picado.
Cuaderno de bitácora del proyecto viajero-fotográfico ankorONtour 2013 que nos llevará a recorrer Vietnam de sur a norte. Aquí, cada día, intentaré contar y transmitir las vivencias que experimente durante este viaje.
jueves, 28 de noviembre de 2013
lunes, 25 de noviembre de 2013
Entre montañas y piedras...
Dormimos como lirones esa noche en Sapa, deshabituados ya a las anchuras de una buena cama y un hartos de las estrecheces de los "sleeping bus". Toca cargar energías ante la nueva caminata que se presiente. Empezamos con una prolongada cuesta que nos aleja de la casa que nos acogió para remontar montaña arriba hacía zonas de cultivo diferentes al arroz.
A nuestra izquierda se abre el valle profundo cargado de bancales mientras al sur el sol atisba aún su presencia. Nos alejamos del poblado para introducirnos en la espesura del monte. El camino se estrecha y se retuerce a nuestro paso mientras el piso se embarra hasta la altura de los tobillos. Los bosque se bambú se cierran sobre nuestras cabezas y sus troncos, fuertes pero flexibles, son ayuda indispensable para avanzar sin caer en el barro. Pesan las piernas y el esfuerzo acumulado, hace frìo cuando el sol es aún tibio.
En fila de a uno cruzamos barrizales, descendemos y ascendemos, de bosque en bosque y de bambú en bambú hasta llegara un punto donde la tierra se abre en una herida que deja al descubierto sus entrañas de piedra. La tierra herida por el paso constante del agua que vierte la montaña en su irreparable camino al fondo del valle. El agua no es excesiva en esta época del año, tanto que nos permite cruzar a saltos hasta el corazón de su vertical pendiente.
Un momento para refrescarse y tomar resuello y empezar el descenso al fondo ladera abajo. Cruzamos un puente colgante que oscila vertigionoso a nuestro paso para llevarnos a las terrazas donde el arroz es el dueño. Unos niños juegan a pescar las pequeñas carpas que crecen en los bancales mientras al otro lado contemplamos el brillo de la piedra pulida de la cascada acompañados por el sonido incesante de su caer. Cochinos, vietnamintas por supuesto, búfalos y hasta un grupo de cabras son nuestros compañeros en el camino.
Ya queda poco hasta el final del trayecto. Una parada para almorzar y vuelta al hotel. La más que merecida y necesaria ducha y una vuelta por el pueblo para buscar un calzado con el que sustituir el que llevaba y que no cabe más en fango. Toca volver a Hanoi.
Esta vez, recorrido de vuelta "sólo" nos llevará once horas y media. Eso incluyendo la reparación de un pinchazo que sufrimos en algún punto del trayecto. Aún es de noche en Hanoi pero en nuestro camino hasta el hotel ya la ciudad comienza a tener vida. Alumbrados por la débil luz de una solitaria bombilla los puestos de comida se apresuran a preparar el "phó" para los más madrugadores. En uno de los cruces, las floristas confeccionan ya sus ramos y centros. Algo que llama mucho la atención es la atracción de los vietamitas por las flores.
Tanto ajetreo, cambios de temperatura y la alimentación hacen algo de mella en mi organismo, lo que se viene denominando "irse por la pata"....así que tras alcanzar la habitación dedicamos parte de la jornada a descansar. Es casi al caer la tarde cuando volvemos a asomarnos al caos de Hanoi para rodear el lago Hoan Kiem donde la gente se arremolina. Unos disfrutan de un helado en un paseo, los mayores hacen sus ejercicios de tai-chi al margen del lado, los más jóvenes hacen pesas en un improvisado gym, mientras en el otro margen del lago las parejas de recién casados se hacen fotos con la torre de la tortuga de fondo.
Cuando la oscuridad se adueña de la luz Hanoi se convierte en un hervidero, más aún de personas, los vigilantes de ciclomotores no dan abasto, las aceras atestadas impiden el caminar de las personas. Así que motos, coches y personas comparten espacio por el barrio antiguo. Un momento para cenar algo en un local a pie de calle, literalmente, para luego tomar una cerveza donde los locales de moda y deleitarnos con la música y voz de una cantante local emulando los grandes éxitos del momento. No podía ser menos en un país donde hay más karaokes que pagodas.
Toca madrugar para visitar la bahía de Halong. Otro trecho por un recorrido decepcionante por una carretera que debieron asfaltar los chinos primeros de siglo en una guagua con amortiguación de una tabla. Nada que describir y nada que contar.
Llegamos al embarcadero y subimos al que será nuestro barco en el recorrido a través del cúmulo de fonolitos que ocupan una extensiòn considerable de la bahía. A medida que nos acercamos la majestuosidad de estas piedras, que parecen flotar en el mar, se hace más y más grande. Labradas por la erosión del mar creando formas inverosímiles. Cuenta la leyenda que la bahía fue creada por un dragón para proteger Vietnam de los enemigos que lo asediaban. Es fácil imaginar una creación tan fantástica ante lo imposible del resultado.
Navegamos hasta un punto donde podemos adentrarnos con embarcaciones más pequeñas a contemplar unas cuevas. El guía, curiosamente, se "olvida" que el kayak era una opción incluída en la excursión e intenta colarnos ir en barca previo pago de 100.000VND. Ante nuestra pregunta al respecto y cuando casi todos andan ya en las barquitas, recuerda esa parte del contrato. Así que por primera vez en mi vida me atrevo a remar un artigulio de esto. Mi compañero un argentino que anda perdido por Asia con otro compatriota dando saltos de país en país.
Tras un inicio un tanto desalentador en el que solo conseguimos chocar y rebotar contra el embarcadero emprendemos la marcha hacía una ensenada que alberga dos cuevas. Desde el kayak la inmensidad del paisaje se acrecienta en proporción directa a nuestra insignificancia. Remamos, corrigiendo el rumbo cada cuatro paladas, hasta la entrada de una de esas cuevas. Un paso a través de un agujero labrado por el agua en la roca que da paso a una especie de atolón, de manera que nos quedamos rodeados por la grandiosidad de las paredes casi verticales de roca y vegetación. Sobre nuestras cabezas la elegante silueta de los buitres negros vigilando la escena.
Volvemos a mar abierto y navegamos entre las casas flotantes de los pescadores que viven de forma permanente entre estos gigantes, unas trescientas personas, con todo su vida entre el agua. El atraque no difiere mucho de la partida y a trompicones conseguimos acercar el kayak al embarcadero. Toda una experiencia. Visita una gruta de Hang Dau Go creada por la entrada del agua en el momento de la erupción del volcán. Sus dimensiones y formas parecen obra de Gaudí, las paredes de piedra como si estuviera derretida y derramada y en el "techo" las formas de las burbujas del agua al tocar la piedra incandescente. El espectáculo se desluce un tanto por la iluminación de colorines y hortera de que han dotado al lugar.
Toca volver al barco desde donde contemplamos, camino al muelle, la mejor puesta de sol del viaje. El sol convertido en una bola rojo incandescente se hunde, por encima de los barcos, en el horizonte. Nítida su circunferencia, en un cielo limpio, y extendido su halo de color en las nubes que ocupan el cielo. Si bien la llegada no prometía nada, solo por este sol, valía la pena el viaje...
A nuestra izquierda se abre el valle profundo cargado de bancales mientras al sur el sol atisba aún su presencia. Nos alejamos del poblado para introducirnos en la espesura del monte. El camino se estrecha y se retuerce a nuestro paso mientras el piso se embarra hasta la altura de los tobillos. Los bosque se bambú se cierran sobre nuestras cabezas y sus troncos, fuertes pero flexibles, son ayuda indispensable para avanzar sin caer en el barro. Pesan las piernas y el esfuerzo acumulado, hace frìo cuando el sol es aún tibio.
En fila de a uno cruzamos barrizales, descendemos y ascendemos, de bosque en bosque y de bambú en bambú hasta llegara un punto donde la tierra se abre en una herida que deja al descubierto sus entrañas de piedra. La tierra herida por el paso constante del agua que vierte la montaña en su irreparable camino al fondo del valle. El agua no es excesiva en esta época del año, tanto que nos permite cruzar a saltos hasta el corazón de su vertical pendiente.
Un momento para refrescarse y tomar resuello y empezar el descenso al fondo ladera abajo. Cruzamos un puente colgante que oscila vertigionoso a nuestro paso para llevarnos a las terrazas donde el arroz es el dueño. Unos niños juegan a pescar las pequeñas carpas que crecen en los bancales mientras al otro lado contemplamos el brillo de la piedra pulida de la cascada acompañados por el sonido incesante de su caer. Cochinos, vietnamintas por supuesto, búfalos y hasta un grupo de cabras son nuestros compañeros en el camino.
Ya queda poco hasta el final del trayecto. Una parada para almorzar y vuelta al hotel. La más que merecida y necesaria ducha y una vuelta por el pueblo para buscar un calzado con el que sustituir el que llevaba y que no cabe más en fango. Toca volver a Hanoi.
Esta vez, recorrido de vuelta "sólo" nos llevará once horas y media. Eso incluyendo la reparación de un pinchazo que sufrimos en algún punto del trayecto. Aún es de noche en Hanoi pero en nuestro camino hasta el hotel ya la ciudad comienza a tener vida. Alumbrados por la débil luz de una solitaria bombilla los puestos de comida se apresuran a preparar el "phó" para los más madrugadores. En uno de los cruces, las floristas confeccionan ya sus ramos y centros. Algo que llama mucho la atención es la atracción de los vietamitas por las flores.
Tanto ajetreo, cambios de temperatura y la alimentación hacen algo de mella en mi organismo, lo que se viene denominando "irse por la pata"....así que tras alcanzar la habitación dedicamos parte de la jornada a descansar. Es casi al caer la tarde cuando volvemos a asomarnos al caos de Hanoi para rodear el lago Hoan Kiem donde la gente se arremolina. Unos disfrutan de un helado en un paseo, los mayores hacen sus ejercicios de tai-chi al margen del lado, los más jóvenes hacen pesas en un improvisado gym, mientras en el otro margen del lago las parejas de recién casados se hacen fotos con la torre de la tortuga de fondo.
Cuando la oscuridad se adueña de la luz Hanoi se convierte en un hervidero, más aún de personas, los vigilantes de ciclomotores no dan abasto, las aceras atestadas impiden el caminar de las personas. Así que motos, coches y personas comparten espacio por el barrio antiguo. Un momento para cenar algo en un local a pie de calle, literalmente, para luego tomar una cerveza donde los locales de moda y deleitarnos con la música y voz de una cantante local emulando los grandes éxitos del momento. No podía ser menos en un país donde hay más karaokes que pagodas.
Toca madrugar para visitar la bahía de Halong. Otro trecho por un recorrido decepcionante por una carretera que debieron asfaltar los chinos primeros de siglo en una guagua con amortiguación de una tabla. Nada que describir y nada que contar.
Llegamos al embarcadero y subimos al que será nuestro barco en el recorrido a través del cúmulo de fonolitos que ocupan una extensiòn considerable de la bahía. A medida que nos acercamos la majestuosidad de estas piedras, que parecen flotar en el mar, se hace más y más grande. Labradas por la erosión del mar creando formas inverosímiles. Cuenta la leyenda que la bahía fue creada por un dragón para proteger Vietnam de los enemigos que lo asediaban. Es fácil imaginar una creación tan fantástica ante lo imposible del resultado.
Navegamos hasta un punto donde podemos adentrarnos con embarcaciones más pequeñas a contemplar unas cuevas. El guía, curiosamente, se "olvida" que el kayak era una opción incluída en la excursión e intenta colarnos ir en barca previo pago de 100.000VND. Ante nuestra pregunta al respecto y cuando casi todos andan ya en las barquitas, recuerda esa parte del contrato. Así que por primera vez en mi vida me atrevo a remar un artigulio de esto. Mi compañero un argentino que anda perdido por Asia con otro compatriota dando saltos de país en país.
Tras un inicio un tanto desalentador en el que solo conseguimos chocar y rebotar contra el embarcadero emprendemos la marcha hacía una ensenada que alberga dos cuevas. Desde el kayak la inmensidad del paisaje se acrecienta en proporción directa a nuestra insignificancia. Remamos, corrigiendo el rumbo cada cuatro paladas, hasta la entrada de una de esas cuevas. Un paso a través de un agujero labrado por el agua en la roca que da paso a una especie de atolón, de manera que nos quedamos rodeados por la grandiosidad de las paredes casi verticales de roca y vegetación. Sobre nuestras cabezas la elegante silueta de los buitres negros vigilando la escena.
Volvemos a mar abierto y navegamos entre las casas flotantes de los pescadores que viven de forma permanente entre estos gigantes, unas trescientas personas, con todo su vida entre el agua. El atraque no difiere mucho de la partida y a trompicones conseguimos acercar el kayak al embarcadero. Toda una experiencia. Visita una gruta de Hang Dau Go creada por la entrada del agua en el momento de la erupción del volcán. Sus dimensiones y formas parecen obra de Gaudí, las paredes de piedra como si estuviera derretida y derramada y en el "techo" las formas de las burbujas del agua al tocar la piedra incandescente. El espectáculo se desluce un tanto por la iluminación de colorines y hortera de que han dotado al lugar.
Toca volver al barco desde donde contemplamos, camino al muelle, la mejor puesta de sol del viaje. El sol convertido en una bola rojo incandescente se hunde, por encima de los barcos, en el horizonte. Nítida su circunferencia, en un cielo limpio, y extendido su halo de color en las nubes que ocupan el cielo. Si bien la llegada no prometía nada, solo por este sol, valía la pena el viaje...
viernes, 22 de noviembre de 2013
Al norte...
Entre guagua y guagua en este afán por alcanzar, un tanto ya contrarreloj, el norte del país, ha impedido que fuera actualizando mis entradas. Escribo sentado en un cómodo homestay de un poblado H'mong de Sa Pá, rodeado de montañas, en un punto tan al norte que bordeamos con China..mientras me deleito con una Tiger casi tan fresca como el clima que nos acompaña.
Antes estuvimos en Hué donde los días volvieron a hacer grises y la lluvía protagonista. Llegamos desde Hoi An, protagonista de nuestra última crónica, y tan solo estuvimos una noche. Nos hospedamos en un hotel de curioso nombre y no menos curiosa gestión y mucho menos, decoración. El Google Hotel. Lo mejor, a parte de su precio, es que las cañas eran gratis para los hospedados. Es como meadilla de gato incolora pero si lo llaman gratis...
Hué es una ciudad de pasado imperial, dividida por el paso del río Perfume, Patrimonio de la Humanidad a pesar que muchas de sus riquezas arquitectónicas fueron destruídas durante la guerra. Así todo, como el milagro que supone este país, se lleva a cabo un esfuerzo encomiable por restaurar todo aquello que escribe la Historia de la ciudad y de Vietnam. Escenario de luchas sangrientas donde los caídos se cuentan por miles, a Hué le tocó escribir gloriosos momentos del Vietnam Imperial de la dinastía Nguyen y los más tristes de la confrontación entre Seres Humanos.
Hoy Hué es una tranquila ciudad, con frondosos parques y un tráfico aceptable a la vista de lo que hay por ahí. Sus encantos se concentran en el ámbito de la Ciudadela en la otra rivera del río. Una muralla a la que se accede a través de puentes que a su vez dentro contiene otro recinto amurallado donde se dan cita emblemáticos edificios cargados de Historia y leyenda. Allí vivían los miembros de la dinastía que trabajo en pos de un Vietnam unificado allá por el siglo XIX antes que la presencia francesa comenzará a hacerse dominante.
La lluvia nos desluce un tanto la visita pero resulta impactante de todas formas. También hay, como en cada destino, que hacer una visita al mercado de la localidad. Este es de los grandes, tiene una zona edificada y con varios pisos pero aún así su actividad se desborda por las calles colindante hasta ocuparlo todo. Son los mercados un lugar propicio para mi trabajo, todo parece confluir en ellos, tanto los vistantes como los vendedores. Este, en especial, ofrece un buen escenario para fotografiar. Nos perdemos entre sus estrechos callejones, sus aromas de especias y sus olores de carne y pescado (no tan agradables).
Cae la tarde y partimos dirección a Hanoi en otro "sleeping bus", esa continua sucesión de cabezas y pies en hilera intentando dormir desde las más complejas posturas...algo a lo que empiezas a cogerle truquito cuando llevas unas 60 horas de experiencia. Llegamos algo pasados de la hora prevista que también empezamos a comprender que tiene de todo menos de prevista.
Es mediodia en la capital de Vietnam cuando arrivamos a la vetusta estación, casi sin bajarnos de la guaguaa rodean la puerta para ofrecer taxis, hoteles o "motobais". Da igual cuantos "no" llegues a pronunciar por minuto que nadie se da por aludido, aprendes a que hay que entonar tantas negaciones como ofertas te hagan, incluso varias por ofertante. Conseguimos hotel en el centro del barrio antiguo y en el mismo concertamos una excursiòn a Sapá, para partir esa misma noche.
La tarde da para un paseo por el barrio antiguo, cuyas calles se denominan por el gremio que la creo en la Edad Media. Tiempos en los que era conocido por las 36 calles por los 36 gremios que la fundaron. Calles atestadas de personas y mercancías que ocupan los ínfimos locales y se desbordan por las aceras. El orden es distinto pero es orden. Los edificios estrechos para evitar los impuestos dependían del ancho de la fachada. Entre las tiendas unos profundos y estrechos callejones llevan a las entradas a los edificios que no tienen acceso desde la calle.
Tomamos una calle relativamente ancha que desemboca en el Mercado Dong Xuan. Una mole de hormigón y varias plantas en cuyo interior se enmarañan cientos y cientos de tiendas de todo tipo de genero. Los pasillos son estrechos hasta solo permitir el paso de personas en hilera de uno, las tiendas de telas y ropas tienen tanto género que las dependientas se sitúan sobre la mercancía que exponen. Si te quedas atrás te detienes, no dudes, te van a empujar hasta liberarse del "estorbo".
Poco a poco las deslumbrantes luces de Hanoi quedan detrás, vamos camino del punto más al norte de nuestro viaje. Casi en los límites de la frontera con china, las montañas que los franceses llamaron Alpes Tokineses, a la población de Sapá donde habita la minoria Hmong. Un recorrido de unos 400kms para los que invertimos unas 12 horas. Desayunamos y empezamos, acompañados de una guía Hmong, una ruta a pie por las montañas y campos de arroz. Se trata de un profundo valle colmatado de terrazas de arrozal en cuya parte más honda discurre un alegre riachuelo.
A medida que el sol emerge de entre las nubes, las terrazas anegadas brillan como un cristal. Caminamos por estrechos y resbaladizos bancales, los pies se hunden en el barro mientras intentamos mantener el equilibrio y no perder detalle de tan espectacular paisaje. Valle abajo se divisan los grupos de poblados. Ese es nuestro destino y empleamos para ello unas cuantas horas. El camino está aderezado con la presencia de pollos, patos, gansos, cochinos, búfalos, perros y cuanta naturaleza pueda uno imaginar. Todo fluye libre, en armonía, los animales retozan en los campos hasta la noche que regresan al refugio de sus establos sin puertas.
Tras el almuerzo quedan aún un par de horas hasta el homestay que nos acogerá al final de la jornada. Ahora caminamos por entre las callejuelas del poblado de los Hmong entre sus huertas, sus campos y sus casas. Somos testigos de sus quehaceres mientras mis ojos intentan no perder detalle de cuanto acontece alrededor. Todo lo que veo son fotos, las montañas que ahora nos rodean, los huertos de arroz, los bosques de bambú, el ir y venir de los niños que terminan la escuela a estas horas, las tiendas que surgen a la ribera del camino, todo. Todo son fotos.
Y ahora escribo esto rodeado de un par de italianos, unos holandeses y una colega de Texas que a base de perder todos los juegos se la tiene fina con el licor de arroz...
Antes estuvimos en Hué donde los días volvieron a hacer grises y la lluvía protagonista. Llegamos desde Hoi An, protagonista de nuestra última crónica, y tan solo estuvimos una noche. Nos hospedamos en un hotel de curioso nombre y no menos curiosa gestión y mucho menos, decoración. El Google Hotel. Lo mejor, a parte de su precio, es que las cañas eran gratis para los hospedados. Es como meadilla de gato incolora pero si lo llaman gratis...
Hué es una ciudad de pasado imperial, dividida por el paso del río Perfume, Patrimonio de la Humanidad a pesar que muchas de sus riquezas arquitectónicas fueron destruídas durante la guerra. Así todo, como el milagro que supone este país, se lleva a cabo un esfuerzo encomiable por restaurar todo aquello que escribe la Historia de la ciudad y de Vietnam. Escenario de luchas sangrientas donde los caídos se cuentan por miles, a Hué le tocó escribir gloriosos momentos del Vietnam Imperial de la dinastía Nguyen y los más tristes de la confrontación entre Seres Humanos.
Hoy Hué es una tranquila ciudad, con frondosos parques y un tráfico aceptable a la vista de lo que hay por ahí. Sus encantos se concentran en el ámbito de la Ciudadela en la otra rivera del río. Una muralla a la que se accede a través de puentes que a su vez dentro contiene otro recinto amurallado donde se dan cita emblemáticos edificios cargados de Historia y leyenda. Allí vivían los miembros de la dinastía que trabajo en pos de un Vietnam unificado allá por el siglo XIX antes que la presencia francesa comenzará a hacerse dominante.
La lluvia nos desluce un tanto la visita pero resulta impactante de todas formas. También hay, como en cada destino, que hacer una visita al mercado de la localidad. Este es de los grandes, tiene una zona edificada y con varios pisos pero aún así su actividad se desborda por las calles colindante hasta ocuparlo todo. Son los mercados un lugar propicio para mi trabajo, todo parece confluir en ellos, tanto los vistantes como los vendedores. Este, en especial, ofrece un buen escenario para fotografiar. Nos perdemos entre sus estrechos callejones, sus aromas de especias y sus olores de carne y pescado (no tan agradables).
Cae la tarde y partimos dirección a Hanoi en otro "sleeping bus", esa continua sucesión de cabezas y pies en hilera intentando dormir desde las más complejas posturas...algo a lo que empiezas a cogerle truquito cuando llevas unas 60 horas de experiencia. Llegamos algo pasados de la hora prevista que también empezamos a comprender que tiene de todo menos de prevista.
Es mediodia en la capital de Vietnam cuando arrivamos a la vetusta estación, casi sin bajarnos de la guaguaa rodean la puerta para ofrecer taxis, hoteles o "motobais". Da igual cuantos "no" llegues a pronunciar por minuto que nadie se da por aludido, aprendes a que hay que entonar tantas negaciones como ofertas te hagan, incluso varias por ofertante. Conseguimos hotel en el centro del barrio antiguo y en el mismo concertamos una excursiòn a Sapá, para partir esa misma noche.
La tarde da para un paseo por el barrio antiguo, cuyas calles se denominan por el gremio que la creo en la Edad Media. Tiempos en los que era conocido por las 36 calles por los 36 gremios que la fundaron. Calles atestadas de personas y mercancías que ocupan los ínfimos locales y se desbordan por las aceras. El orden es distinto pero es orden. Los edificios estrechos para evitar los impuestos dependían del ancho de la fachada. Entre las tiendas unos profundos y estrechos callejones llevan a las entradas a los edificios que no tienen acceso desde la calle.
Tomamos una calle relativamente ancha que desemboca en el Mercado Dong Xuan. Una mole de hormigón y varias plantas en cuyo interior se enmarañan cientos y cientos de tiendas de todo tipo de genero. Los pasillos son estrechos hasta solo permitir el paso de personas en hilera de uno, las tiendas de telas y ropas tienen tanto género que las dependientas se sitúan sobre la mercancía que exponen. Si te quedas atrás te detienes, no dudes, te van a empujar hasta liberarse del "estorbo".
Poco a poco las deslumbrantes luces de Hanoi quedan detrás, vamos camino del punto más al norte de nuestro viaje. Casi en los límites de la frontera con china, las montañas que los franceses llamaron Alpes Tokineses, a la población de Sapá donde habita la minoria Hmong. Un recorrido de unos 400kms para los que invertimos unas 12 horas. Desayunamos y empezamos, acompañados de una guía Hmong, una ruta a pie por las montañas y campos de arroz. Se trata de un profundo valle colmatado de terrazas de arrozal en cuya parte más honda discurre un alegre riachuelo.
A medida que el sol emerge de entre las nubes, las terrazas anegadas brillan como un cristal. Caminamos por estrechos y resbaladizos bancales, los pies se hunden en el barro mientras intentamos mantener el equilibrio y no perder detalle de tan espectacular paisaje. Valle abajo se divisan los grupos de poblados. Ese es nuestro destino y empleamos para ello unas cuantas horas. El camino está aderezado con la presencia de pollos, patos, gansos, cochinos, búfalos, perros y cuanta naturaleza pueda uno imaginar. Todo fluye libre, en armonía, los animales retozan en los campos hasta la noche que regresan al refugio de sus establos sin puertas.
Tras el almuerzo quedan aún un par de horas hasta el homestay que nos acogerá al final de la jornada. Ahora caminamos por entre las callejuelas del poblado de los Hmong entre sus huertas, sus campos y sus casas. Somos testigos de sus quehaceres mientras mis ojos intentan no perder detalle de cuanto acontece alrededor. Todo lo que veo son fotos, las montañas que ahora nos rodean, los huertos de arroz, los bosques de bambú, el ir y venir de los niños que terminan la escuela a estas horas, las tiendas que surgen a la ribera del camino, todo. Todo son fotos.
Y ahora escribo esto rodeado de un par de italianos, unos holandeses y una colega de Texas que a base de perder todos los juegos se la tiene fina con el licor de arroz...
martes, 19 de noviembre de 2013
De templos y lluvias....
Es temprano y no llueve en Hoi An. Tomamos una guagua, otra, para visitar los templos Chams que se hayan en My Son. Salimos de lo urbano en direcciòn a la carretera que nos llevará al interior. Bordeamos la ribera del río Thu Bon cuyas aguas abarcan todo. Campos anegados a uno y otro lado de nuestro paso, en ocasiones la propia carretera es víctima del voraz paso del río. Desde mi ventana observo a las personas afanadas en dovolver el río a su lugar, en ocasiones solo con una escoba. En las paredes la marca que el nivel del agua alcanzò en la noche anterior.
En uno de los manglares, un grupo de hombres ayudados por una máquina tratan de empujar un barco sacadod el cauce normal del río para situarlo entre los bambús.
Como ocurriera en el Mekong los ríos al llegar a costa no tienen un solo cauce sino que se deviden en varios brazos para abrazar al mar. Cenagosos, marrones, tan oscuros que no reflejan la luz. Se abren y ensanchan, se apretan empujados por la débil tierra hasta morir el el mar del sur de China.
Con ganas de quedarme ahi, en el meollo del barro, seguimos camino hacía My Son. Tras unos 45 kms, de frenazos, baches y concierto de claxón para guagua, llegamos a un apartado rincòn de jungla en medio de nada que no sea verde. En esta zona, el desborde del río a arrancado árboles y bambú que se depositan a lejanos metros de su cauce.
De entre toda esta jungla emergen unos templos construidos, entre los siglos III al X por la cultura Cham proveniente de la India, para venerar a sus deidades. Un testimonio de gran belleza arquitectónica en un paraje sobrecogedor. Algunos de los templos son visitables. En una sala se guardan algunas estatuas y frisos aunque el grueso del legado material se halla en el museo de Danang. Algunos templos fueron destruidos por los bombardeos de la guerra. Esta zona se haya pròxima al sur de la zona desmilitarizada que separaba norte y sur, camino del Vietcong en la ruta Ho Chi Minh, y donde se produjeron algunos de los episodios más sangrientos de la guerra y de los bombardeos más brutales.
Volvemos a Hoi An mientras sigue en mi la intención de alcanzar la zona rural inundada. Atento a la ruta que sigue la guagua para dejarnos, alquilamos unas bicis y tomamos la rutaz a la inversa. No es fácil moverse en estos lares, nada o muy poco está señalizado y si te sales de los servicios normales de transporte caes en la negociación monótona y repetitiva de quién quiere hacer el agosto con el turista "adinerado". Así que hay que buscarse la cosas por cuenta propia y con las bicis conseguimos llegar a la aldea de Tãh Thành.
La vida bulle como si nada hubiera pasado, el mercado abierto ofrece los productos de la zona, los barcos regresan a tierra con el resultado de la faena de la tarde, mientras los hombres y algunas máquinas acumulan y retiran el lodo que dejò el río. Todo se aprovecha, así que si el río subió, tiene que haber peces por lo que muchos se organizan con redes en los campos de arroz para capturar el pescado antes que el retorno de las aguas a la normalidad los mate de asfixia.
Me meto por entre callejones, somos los únicos no naturales en el lugar. Un vecino me lleva de la mano a su casa, quiere que sea testigo del nivel alcanzado por las aguas. Ya todo está limpio pero una marca señala una altura de casi dos metros en el interior de su humilde estancia. No muy lejos de allí un hombre hundido en el agua intenta recuperar algunos de sus enseres bajo las aguas contiguas a su casa. Grupos de hombres limpiando las carreteras, hombro con hombro, sin esperar ayudas que no llegarán. La comunidad se protege asi misma porque el beneficio del conjunto es un beneficio individual.
Pasamos por sus casas, abiertas de par en par, en busca del aire que seque sus paredes, siempre una sonrisa. Conocedores de la realidad de su existencia. El río es su vida, su fuente de alimento, el que riega los campos, los transporta pero de tanto en tanto el río se cobra su peaje. No queda otra, trabajar y ponerlo más difícil la pròxima vez. Los niños, como niños, encuentran divertimento en todo. Con el agua hasta la cintura y con una pequeña trampa para meter crias de carpa en una botella.
Llenos de barro, nosotros las bicicletas, regresamos a Hoi An merecedores de una buena ducha y otro par de Saigon bien frescas. El agua fluye, libera los campos y abandona las casas, buscando su cauce hasta fenecer en el mar...
En uno de los manglares, un grupo de hombres ayudados por una máquina tratan de empujar un barco sacadod el cauce normal del río para situarlo entre los bambús.
Como ocurriera en el Mekong los ríos al llegar a costa no tienen un solo cauce sino que se deviden en varios brazos para abrazar al mar. Cenagosos, marrones, tan oscuros que no reflejan la luz. Se abren y ensanchan, se apretan empujados por la débil tierra hasta morir el el mar del sur de China.
Con ganas de quedarme ahi, en el meollo del barro, seguimos camino hacía My Son. Tras unos 45 kms, de frenazos, baches y concierto de claxón para guagua, llegamos a un apartado rincòn de jungla en medio de nada que no sea verde. En esta zona, el desborde del río a arrancado árboles y bambú que se depositan a lejanos metros de su cauce.
De entre toda esta jungla emergen unos templos construidos, entre los siglos III al X por la cultura Cham proveniente de la India, para venerar a sus deidades. Un testimonio de gran belleza arquitectónica en un paraje sobrecogedor. Algunos de los templos son visitables. En una sala se guardan algunas estatuas y frisos aunque el grueso del legado material se halla en el museo de Danang. Algunos templos fueron destruidos por los bombardeos de la guerra. Esta zona se haya pròxima al sur de la zona desmilitarizada que separaba norte y sur, camino del Vietcong en la ruta Ho Chi Minh, y donde se produjeron algunos de los episodios más sangrientos de la guerra y de los bombardeos más brutales.
Volvemos a Hoi An mientras sigue en mi la intención de alcanzar la zona rural inundada. Atento a la ruta que sigue la guagua para dejarnos, alquilamos unas bicis y tomamos la rutaz a la inversa. No es fácil moverse en estos lares, nada o muy poco está señalizado y si te sales de los servicios normales de transporte caes en la negociación monótona y repetitiva de quién quiere hacer el agosto con el turista "adinerado". Así que hay que buscarse la cosas por cuenta propia y con las bicis conseguimos llegar a la aldea de Tãh Thành.
La vida bulle como si nada hubiera pasado, el mercado abierto ofrece los productos de la zona, los barcos regresan a tierra con el resultado de la faena de la tarde, mientras los hombres y algunas máquinas acumulan y retiran el lodo que dejò el río. Todo se aprovecha, así que si el río subió, tiene que haber peces por lo que muchos se organizan con redes en los campos de arroz para capturar el pescado antes que el retorno de las aguas a la normalidad los mate de asfixia.
Me meto por entre callejones, somos los únicos no naturales en el lugar. Un vecino me lleva de la mano a su casa, quiere que sea testigo del nivel alcanzado por las aguas. Ya todo está limpio pero una marca señala una altura de casi dos metros en el interior de su humilde estancia. No muy lejos de allí un hombre hundido en el agua intenta recuperar algunos de sus enseres bajo las aguas contiguas a su casa. Grupos de hombres limpiando las carreteras, hombro con hombro, sin esperar ayudas que no llegarán. La comunidad se protege asi misma porque el beneficio del conjunto es un beneficio individual.
Pasamos por sus casas, abiertas de par en par, en busca del aire que seque sus paredes, siempre una sonrisa. Conocedores de la realidad de su existencia. El río es su vida, su fuente de alimento, el que riega los campos, los transporta pero de tanto en tanto el río se cobra su peaje. No queda otra, trabajar y ponerlo más difícil la pròxima vez. Los niños, como niños, encuentran divertimento en todo. Con el agua hasta la cintura y con una pequeña trampa para meter crias de carpa en una botella.
Llenos de barro, nosotros las bicicletas, regresamos a Hoi An merecedores de una buena ducha y otro par de Saigon bien frescas. El agua fluye, libera los campos y abandona las casas, buscando su cauce hasta fenecer en el mar...
La Odisea de viajar en guagua. Parte II
Lo habíamos dejado por Dalat en este camino nuestro de sur a norte de Vietnam. Según nuestras indagaciones debíamos tomar una guagua a Nha Trang, situado en la costa, y desde ahí ascender hacía nuestro destino en Hoi An. Así que muy temprano seguimos esas indicaciones. Un trayecto de solo unas horas que nos lleva a través de las enrevesadas calles de Dalat para luego sumergirse en cafetales e invernaderos de flores. En un momento casi no se distingue en las lomas qué son huertas y qué pertenece al monte. Ha llovido mucho, sobre todo el día anterior, aún continua cayendo una fina lluvia.
La carretera sigue en ascenso hasta que los pinares se convierten el jungla tropical, la niebla lo invade todo, solo despejada a ratos mientras la lluvia se hace más fuerte. Entre la vegetación emergen paredes casi verticales de roca de la que mana agua como si de esponjas se tratara. Las curvas se enrreveran y desde nuestro asiento nos asoma a precipicios de vértigo. La guagua anda despacio dificultado su paso con otros vehiculos en las estrechas curvas.
En el descenso hacía la costa el proceso se invierte, de jungla a monte y de monte a huertas. Nada se deja sin vida en el suelo de Vietnam, aquello que no conquista la naturaleza lo conquista el hombre para si. El resultado final es una constante en verde.
Llegamos a la estación de Nha Trang donde nos informan que NO hay guaguas más al norte. La compañía con la que hemos viajado no tiene ya ese servicio y no facilitan más informacion. Comienza nuestra odiesa. Con ayuda de los mapas de la guía alcanzamos, tras mucho caminar, la estaciòn de trenes. Una "amable" trabajadora del servicio de trenes de Vietnam se limita a informarnos del precio y horario del servicio. El precio es como tres veces más de lo que suponíamos en guagua, tampoco responde otra pregunta que no sea de trenes. Otra caminata más y nos lleva a la estaciòn de guaguas interurbanas de la ciudad. Aquí si hay destino a Hoi An y a un precio razonable. Nos quedan unas horas para tomar la guagua.
Un paseo por Nha Trang con todo a cuestas porque no hay consigna. Así que lo más cercano a la estación. Primero almorzar y luego una visita la pagoda y al claustro de monjes. Algunas fotos y a hacer tiempo en una cafetería próxima a la zona donde nos parasitamos de su wifi. Las 18:30 y tomamos camino a la estaciòn, tenemos 10 horas de viaje por delante.
Ya en la guagua se cumplen las 19:00 y la guagua no sale. Apenas ocupada en unos pocos asientos. El conductor a los mandos del vehículo, hace un intento de arrancar el motor, fallo. Otro más, fallo. Un tercero y el sonido sordo del motor empeñado en no seguir sus órdenes, fallo. Pasan los minutos, otra guagua trae un grupo de turistasm y estos suben desconcedores que esta no arranca. Así un goteo incesante de personas que dejan sus portes y suben. No comprendemos como siguen subiendo gente si la guagua no arranca. Una hora y media después ya fuera de la guagua donde la atmòsfera y calor eran imposibles, conseguimos entender que alguien ha ido a buscar una pieza y pronto partiremos. Así, más de dos horas después de lo debido emprendemos la ruta.
Aquí es el punto donde el paciente ciudadano vietnamita pierde su innata pasividad y a los mandos de cualquier cosa a motor se convierte en un energúmeno. La velocidad, pitadas, frenazos sobre el piso mojado de la avenida de salida dan pánico. Algo que deja de ser una mera anécdota sobre las costumbres lugareñas para traspasar la frontera de que un tipo juega con tu vida como si no valiera nada. Dos opciones, bajarnos de la guagua o cerrar los ojos y que Buda se apiade de nuestro destino. Me dejo dormir.
Pasa el tiempo en esa forma que pasa cuando dormimos en que instantes son horas y horas instantes. En un tramo del camino en el que retomo parte de mi consciencia, la guagua está detenida. No sé cuánto lleva en el mismo lugar. Me vuelvo a rendir a morfeo no sé cuánto tiempo, la guagua sigue en el mismo sitio. Una carretera estrecha en una especie de cruce de una aldea perdida de algún punto. Nos antecede un camiòn y nos precede otra guagua. Pasan los minutos, muchos y no avanzamos.
Llueve de forma intensa, corre el agua por las pequeñas calles y seguimos parados. Luego de un pequeño avance nos detenemos, asì una y otra vez. Las viviendas pròximas a la carretera se ven anegadas ante la incesante lluvia que cae por instantes violenta sobre sus tejados endebles. Las luces del día despejan el paisaje, el día es gris, las nubes bajas y sigue lloviendo. En un momento avanzamos durante un rato, parece que ya el camino se ha despejado...hasta que volvemos a detenernos al final de un puente. A ambos lados todo es agua, un mar de agua marròn que fluye en uno y otro sentido sin orden. Árboles de los que solo asoma una copa, postes de luz hundidos hasta la mitad, caminos anegados en fango y agua. Pasan los minutos y salgo de la guagua con la cámara en mano.
Impactante imagen de cientos y cientos de vehículos, en su mayoría camiones, atrapados a uno y otro lado. Se pierde la vista en una sucesión de vehículos en fila hasta que solo se distinguen por su diferente color. Cada vez se activa un sentido de la marcha, una vez los que vamos y otra vez los que vienen. Pasan minutos, horas no los kilómetros...hasta que a paso de tortuga alcanzamos un barrizal enorme. Construyen un puente y la lluvia a masacrado la zona de paso. Los pequeños ciclomotores con sus cargas son ayudados por los obreros a cruzar la especie de ciénaga en que se ha convertido el camino.
Entre pesadas máquinas de obra, camiones, gente, carros y ciclomotores conseguimos al alcanzar el estrecho paso que nos deja la carretera libre. No sabemos en qué punto estamos ni cuanto falta, hace tiempo que se cumplió el horario de llegada y seguimos en la carretera. Nadie nos informa. Poco a poco va despejándose el pasaje que alcanza sus destinos. Para el nuestro aún quedarán unas horas. Son las 12:30 de la mañana cuando nos dejan en Hoi An. 7:30 horas de retraso y unas 15 horas de viaje.
15 horas de hacinamiento en un espacio cerrado donde el olor a humanidad cunde sumado a la peste que emana el baño químico que porta el vehículo y que ya no puede más del uso. Tampoco hemos comido, se suponia que el viaje era durmiendo y que llegábamos al desayuno. Lección aprendida.
Al llegar a Hoi An comenzamos a recibir noticias del exterior de lo catastrófico de las inundaciones, así comprendemos lo complejo del viaje y las horas perdidas o porque la guagua no entró directamente en Hoi An sino que siguió al norte hasta Danang y luego bajó. Los accesos sur de la ciudad estaban inundados. Nos enteramos también que el tren de Nah Trang ni siquiera llegó a salir.
El hotel está algo a las afueras pero es el que queda más cerca de la guagua. Una recofortante ducha y salimos a reponer fuerzas con un Phô, una especie de sopa con ternera y fideos, típica de Vietnam. Al llegar al lado del pueblo próximo al río, todo está inundado. Una parte no puede comunicarse con la otra salvo en barca. Los más avispados ofrecen recorridos a los turistas por las inundadas calles de Hoi An por el precio de 200.000VDN. Todo vale para ganar unos billetes.
La ciudad es un hervidero de turistas y locales de restauración y bares pijos. Hay que observar las cartas para conservar el presupuesto. Destaca la presencia de sastres y tiendas de llamativos vestidos y zapatos. Es esta la meca de lo textil. Trajes a medida por el mòdico precio de 59$. Cae la noche mientras visitamos el antiguo barrio japonés, donde muchas tiendas permanecen cerradas por el agua que invade las zonas más bajas. Un coqueto local será el lugar para el merecido premio de una Saigòn bien fresca.
Hemos perdido un día en las carreteras de Vietnam, hemos ganado una experiencia más de viajeros....
La carretera sigue en ascenso hasta que los pinares se convierten el jungla tropical, la niebla lo invade todo, solo despejada a ratos mientras la lluvia se hace más fuerte. Entre la vegetación emergen paredes casi verticales de roca de la que mana agua como si de esponjas se tratara. Las curvas se enrreveran y desde nuestro asiento nos asoma a precipicios de vértigo. La guagua anda despacio dificultado su paso con otros vehiculos en las estrechas curvas.
En el descenso hacía la costa el proceso se invierte, de jungla a monte y de monte a huertas. Nada se deja sin vida en el suelo de Vietnam, aquello que no conquista la naturaleza lo conquista el hombre para si. El resultado final es una constante en verde.
Llegamos a la estación de Nha Trang donde nos informan que NO hay guaguas más al norte. La compañía con la que hemos viajado no tiene ya ese servicio y no facilitan más informacion. Comienza nuestra odiesa. Con ayuda de los mapas de la guía alcanzamos, tras mucho caminar, la estaciòn de trenes. Una "amable" trabajadora del servicio de trenes de Vietnam se limita a informarnos del precio y horario del servicio. El precio es como tres veces más de lo que suponíamos en guagua, tampoco responde otra pregunta que no sea de trenes. Otra caminata más y nos lleva a la estaciòn de guaguas interurbanas de la ciudad. Aquí si hay destino a Hoi An y a un precio razonable. Nos quedan unas horas para tomar la guagua.
Un paseo por Nha Trang con todo a cuestas porque no hay consigna. Así que lo más cercano a la estación. Primero almorzar y luego una visita la pagoda y al claustro de monjes. Algunas fotos y a hacer tiempo en una cafetería próxima a la zona donde nos parasitamos de su wifi. Las 18:30 y tomamos camino a la estaciòn, tenemos 10 horas de viaje por delante.
Ya en la guagua se cumplen las 19:00 y la guagua no sale. Apenas ocupada en unos pocos asientos. El conductor a los mandos del vehículo, hace un intento de arrancar el motor, fallo. Otro más, fallo. Un tercero y el sonido sordo del motor empeñado en no seguir sus órdenes, fallo. Pasan los minutos, otra guagua trae un grupo de turistasm y estos suben desconcedores que esta no arranca. Así un goteo incesante de personas que dejan sus portes y suben. No comprendemos como siguen subiendo gente si la guagua no arranca. Una hora y media después ya fuera de la guagua donde la atmòsfera y calor eran imposibles, conseguimos entender que alguien ha ido a buscar una pieza y pronto partiremos. Así, más de dos horas después de lo debido emprendemos la ruta.
Aquí es el punto donde el paciente ciudadano vietnamita pierde su innata pasividad y a los mandos de cualquier cosa a motor se convierte en un energúmeno. La velocidad, pitadas, frenazos sobre el piso mojado de la avenida de salida dan pánico. Algo que deja de ser una mera anécdota sobre las costumbres lugareñas para traspasar la frontera de que un tipo juega con tu vida como si no valiera nada. Dos opciones, bajarnos de la guagua o cerrar los ojos y que Buda se apiade de nuestro destino. Me dejo dormir.
Pasa el tiempo en esa forma que pasa cuando dormimos en que instantes son horas y horas instantes. En un tramo del camino en el que retomo parte de mi consciencia, la guagua está detenida. No sé cuánto lleva en el mismo lugar. Me vuelvo a rendir a morfeo no sé cuánto tiempo, la guagua sigue en el mismo sitio. Una carretera estrecha en una especie de cruce de una aldea perdida de algún punto. Nos antecede un camiòn y nos precede otra guagua. Pasan los minutos, muchos y no avanzamos.
Llueve de forma intensa, corre el agua por las pequeñas calles y seguimos parados. Luego de un pequeño avance nos detenemos, asì una y otra vez. Las viviendas pròximas a la carretera se ven anegadas ante la incesante lluvia que cae por instantes violenta sobre sus tejados endebles. Las luces del día despejan el paisaje, el día es gris, las nubes bajas y sigue lloviendo. En un momento avanzamos durante un rato, parece que ya el camino se ha despejado...hasta que volvemos a detenernos al final de un puente. A ambos lados todo es agua, un mar de agua marròn que fluye en uno y otro sentido sin orden. Árboles de los que solo asoma una copa, postes de luz hundidos hasta la mitad, caminos anegados en fango y agua. Pasan los minutos y salgo de la guagua con la cámara en mano.
Impactante imagen de cientos y cientos de vehículos, en su mayoría camiones, atrapados a uno y otro lado. Se pierde la vista en una sucesión de vehículos en fila hasta que solo se distinguen por su diferente color. Cada vez se activa un sentido de la marcha, una vez los que vamos y otra vez los que vienen. Pasan minutos, horas no los kilómetros...hasta que a paso de tortuga alcanzamos un barrizal enorme. Construyen un puente y la lluvia a masacrado la zona de paso. Los pequeños ciclomotores con sus cargas son ayudados por los obreros a cruzar la especie de ciénaga en que se ha convertido el camino.
Entre pesadas máquinas de obra, camiones, gente, carros y ciclomotores conseguimos al alcanzar el estrecho paso que nos deja la carretera libre. No sabemos en qué punto estamos ni cuanto falta, hace tiempo que se cumplió el horario de llegada y seguimos en la carretera. Nadie nos informa. Poco a poco va despejándose el pasaje que alcanza sus destinos. Para el nuestro aún quedarán unas horas. Son las 12:30 de la mañana cuando nos dejan en Hoi An. 7:30 horas de retraso y unas 15 horas de viaje.
15 horas de hacinamiento en un espacio cerrado donde el olor a humanidad cunde sumado a la peste que emana el baño químico que porta el vehículo y que ya no puede más del uso. Tampoco hemos comido, se suponia que el viaje era durmiendo y que llegábamos al desayuno. Lección aprendida.
Al llegar a Hoi An comenzamos a recibir noticias del exterior de lo catastrófico de las inundaciones, así comprendemos lo complejo del viaje y las horas perdidas o porque la guagua no entró directamente en Hoi An sino que siguió al norte hasta Danang y luego bajó. Los accesos sur de la ciudad estaban inundados. Nos enteramos también que el tren de Nah Trang ni siquiera llegó a salir.
El hotel está algo a las afueras pero es el que queda más cerca de la guagua. Una recofortante ducha y salimos a reponer fuerzas con un Phô, una especie de sopa con ternera y fideos, típica de Vietnam. Al llegar al lado del pueblo próximo al río, todo está inundado. Una parte no puede comunicarse con la otra salvo en barca. Los más avispados ofrecen recorridos a los turistas por las inundadas calles de Hoi An por el precio de 200.000VDN. Todo vale para ganar unos billetes.
La ciudad es un hervidero de turistas y locales de restauración y bares pijos. Hay que observar las cartas para conservar el presupuesto. Destaca la presencia de sastres y tiendas de llamativos vestidos y zapatos. Es esta la meca de lo textil. Trajes a medida por el mòdico precio de 59$. Cae la noche mientras visitamos el antiguo barrio japonés, donde muchas tiendas permanecen cerradas por el agua que invade las zonas más bajas. Un coqueto local será el lugar para el merecido premio de una Saigòn bien fresca.
Hemos perdido un día en las carreteras de Vietnam, hemos ganado una experiencia más de viajeros....
viernes, 15 de noviembre de 2013
Un café de mierda...
Amanece un día gris en Dalat, mientras damos cuenta de un rico desayuno continental en una de las afrancesadas cafeterias del centro, próximas al mercado. Resulta curioso observar como junto al caótico mercado que parece no cesar en su horario, las calles adyacentes cuentan con cafés y tiendas del más coqueto estilo europeo. Tras el desayuno y un breve paseo esperamos la llegada de Houng la persona que nos ha de llevar a visitar los alrededores de la ciudad.
La primera parada es en un mirador desde el que observar Dalat desde lo alto, inserta en un valle rodeado de frondosas colinas, desde una de las cuales somos testigos de los miles de pequeñas construcciones al más puro estilo de la campiña francesa. Grandes casonas de glorioso pasado, algunas venidas a menos, y la tradición conservada por los lugareños de respetar este modo arquitectónico en las nuevas casas.
Salimos hacía las zonas rurales a través de una carretera que juega con las curvas de las montañas donde las coníferas son absoluta mayoría, a los márgenes algunos puestos de venta de frutas de la zona. Poco a poco iremos descendiendo hasta el valle, donde la carretera se hace más ancha y donde se concentran, como un puzzle de muchos tonos de verde, parcelas en su mayoría dedicadas a las hortalizas. No hay espacio que quede sin plantar o, al menos, que no esté esperando la próxima simiente de la temporada.
En los márgenes del valle, las colinas son peinadas por una bruma que se enrreda entre las copas de los pinos mientras la lluvia se hace cada instante más inevitable. Tomamos un desvío y la carretera vuelve a menguar en porte, discurriendo ahora entre fornidos arbustos florecidos en blanco, son cafetales. Ordenadas hileras de cafetos discurren por los llanos y las leves ondulaciones del paisaje como si de una tupida alfombra se tratara. Esta dictadura del cultivo es rota por la presencia de algunas extensiones de té.
La primera parada es la impresionante Cascada del Elefante, un torrente de agua que se precipita unas decenas de metros alimentada mucho más por la lluvia que ya no cesará a lo largo de toda la jornada. Atrás queda el organizado clima del Mekong, aquel del agobiante calor y un momento más o menos prolongado de lluvia torrencial al caer la tarde. En esta zona llueve, llueve y punto, sin más organización. Entre la lluvia y la humedad de la espuma generada por la violencia del agua al llegar al fondo de su caída, bajo cual expedicionario por unas húmedas y resabalizadas rocas para tomar la mejor foto posible. Una escalera inicial da imagen de ser un cómodo recorrido pero no es más que una ilusión ya que más allá hay que subir y bajar las rocas gigantescas que rodean el salto y atravesar su vegetación. Con más voluntad que destreza alcanzo una ventana desde que observar de forma próxima la ensordecedora caída de agua teñida del marrón de la tierra arrastrada.
Un par de fotos servirán para satisfacer mi espíritu de fotógrafo "intrépido" e iniciar con la fuerza que da el trabajo conseguido el complicado ascenso. La explanada superior de este recinto no deja ver más allá de unos metros, tapado el paisaje por el velo de agua que cae. A un lado la bella pagoda de Linh an Tu a la que llega por un embaldosado patio con enormes macetones que portan bonsais, una escalinata nos asciende hasta la puerta del templo, mientras somos vigilados por estatuas de fieros dragones guardianes y por la buena dicha de estatuas de tortugas. Cada paso es acompañado por el cadente eco del latir de un gong. En el interior de profusos colores consta de tres estatuas de buda custodiadas por otras dos divinidades a cada lado. El ambiente invita a la relajación y a contemplar tanta belleza como expone.
Antes de partir, una breve visita a un taller de la minoría étnica cham que nos enseña sus telares con una demostración práctica que resulta algo artificial y preparada para el visitante.
Seguimos camino entre fincas y cultivos de café atentos a cada metro del paisaje para visitar una factoría (esta real) de trabajo en seda. Una vieja nave con no menos vieja manquinaria en la que solo trabajan mujeres y en la que se siguen todos los pasos para extraer el preciado hilo de la pupa del gusano de la seda. Dos hileras de maquinas de traqueteante movimiento enrollan el hilo que se extrae de las pupas que flotan en unos depósitos inferiores. Las obreras seleccionan las pupas y las enrredan en la máquina cuyos rodillos le dan forma. Se sigue todo el proceso hasta su conversión en madejas de hilos y en telas. Unas cuantas decenas de fotos y seguimos.
La lluvia insiste en su misión de alimentar la tierra cuando se hace la hora de comer. Houng nos lleva hasta un puesto de comida próximo a la carretera. Nos acercamos a donde se exhiben los ricos productos mientras la cocinera nos explica cada uno de ellos. Si su aspecto es muy apetecible cuánto más lo será su sabor. Un rato para descansar y conversar con nuestro afable guía. Así como es en África, el lugareño es tan preguntón como el visitante así que a pregunta hecha, pregunta respondida. Una foto satélite en el iphone me ayuda a situar nuestro país de procedencia.
En el camino a Dalat queda una última parada para tomar café...y vamos a tomar café en una pequeña factoría familiar, Bâo An. Será lo que podríamos denominar un "café de mierda" y no precisamente por que su sabor mereciera tal calificativo sino porque literalmente es de "mierda". Se trata de la variante Chôn, que consiste en extraer los granos de café de las cagadas de un roedor, la civeta. Así este animal algo mayor que un gato y parecido a la jineta es alimentado con granos de café, solo con granos del café. Su sistema orgánico no digiere más que la cáscara y la pulpa del grano pero deja intacto la simiente que si es afectada por sus jugos gástricos e instestinales. Ese proceso simula en el organismo del animal una especie de fermentación que será lo dará luego su sabor particular. Los granos de café son extraidos de las cagadas el bichito, lavados profusamente y luego secados y tostados.
Y ahí estamos bajo la lluvia en un patio al aire libre protegidos por un techado de zinc y rodeados de plantas, tomando un "café de mierda" que pasa por ser el café más caro del mundo y añado yo, delicioso.
Vuelta a Dalat donde la lluvia sigue. Es aún temprano, así que salimos a dar una vuelta por el mercado de la ciudad. Una parte ya se encuentra en labores de cerrar mientras por fuera se colocan otros puestos en un ciclo que parece no tener horario. Se van unos y vienen otros. Puestos de verduras que cierran en el vetusto edificio de varias plantas mientras en el exterior, al volado de la techumbre se citan vendedores de ropas y telas. Nadie protesta, todos tienen su espacio y su momento para vender.
El día muere de forma prematura y no llegan a las 6 de la tarde las luces del día. Un paseo, una leve cena y vuelta al hotel.
En unas horas volvemos a partir.
La primera parada es en un mirador desde el que observar Dalat desde lo alto, inserta en un valle rodeado de frondosas colinas, desde una de las cuales somos testigos de los miles de pequeñas construcciones al más puro estilo de la campiña francesa. Grandes casonas de glorioso pasado, algunas venidas a menos, y la tradición conservada por los lugareños de respetar este modo arquitectónico en las nuevas casas.
Salimos hacía las zonas rurales a través de una carretera que juega con las curvas de las montañas donde las coníferas son absoluta mayoría, a los márgenes algunos puestos de venta de frutas de la zona. Poco a poco iremos descendiendo hasta el valle, donde la carretera se hace más ancha y donde se concentran, como un puzzle de muchos tonos de verde, parcelas en su mayoría dedicadas a las hortalizas. No hay espacio que quede sin plantar o, al menos, que no esté esperando la próxima simiente de la temporada.
En los márgenes del valle, las colinas son peinadas por una bruma que se enrreda entre las copas de los pinos mientras la lluvia se hace cada instante más inevitable. Tomamos un desvío y la carretera vuelve a menguar en porte, discurriendo ahora entre fornidos arbustos florecidos en blanco, son cafetales. Ordenadas hileras de cafetos discurren por los llanos y las leves ondulaciones del paisaje como si de una tupida alfombra se tratara. Esta dictadura del cultivo es rota por la presencia de algunas extensiones de té.
La primera parada es la impresionante Cascada del Elefante, un torrente de agua que se precipita unas decenas de metros alimentada mucho más por la lluvia que ya no cesará a lo largo de toda la jornada. Atrás queda el organizado clima del Mekong, aquel del agobiante calor y un momento más o menos prolongado de lluvia torrencial al caer la tarde. En esta zona llueve, llueve y punto, sin más organización. Entre la lluvia y la humedad de la espuma generada por la violencia del agua al llegar al fondo de su caída, bajo cual expedicionario por unas húmedas y resabalizadas rocas para tomar la mejor foto posible. Una escalera inicial da imagen de ser un cómodo recorrido pero no es más que una ilusión ya que más allá hay que subir y bajar las rocas gigantescas que rodean el salto y atravesar su vegetación. Con más voluntad que destreza alcanzo una ventana desde que observar de forma próxima la ensordecedora caída de agua teñida del marrón de la tierra arrastrada.
Un par de fotos servirán para satisfacer mi espíritu de fotógrafo "intrépido" e iniciar con la fuerza que da el trabajo conseguido el complicado ascenso. La explanada superior de este recinto no deja ver más allá de unos metros, tapado el paisaje por el velo de agua que cae. A un lado la bella pagoda de Linh an Tu a la que llega por un embaldosado patio con enormes macetones que portan bonsais, una escalinata nos asciende hasta la puerta del templo, mientras somos vigilados por estatuas de fieros dragones guardianes y por la buena dicha de estatuas de tortugas. Cada paso es acompañado por el cadente eco del latir de un gong. En el interior de profusos colores consta de tres estatuas de buda custodiadas por otras dos divinidades a cada lado. El ambiente invita a la relajación y a contemplar tanta belleza como expone.
Antes de partir, una breve visita a un taller de la minoría étnica cham que nos enseña sus telares con una demostración práctica que resulta algo artificial y preparada para el visitante.
Seguimos camino entre fincas y cultivos de café atentos a cada metro del paisaje para visitar una factoría (esta real) de trabajo en seda. Una vieja nave con no menos vieja manquinaria en la que solo trabajan mujeres y en la que se siguen todos los pasos para extraer el preciado hilo de la pupa del gusano de la seda. Dos hileras de maquinas de traqueteante movimiento enrollan el hilo que se extrae de las pupas que flotan en unos depósitos inferiores. Las obreras seleccionan las pupas y las enrredan en la máquina cuyos rodillos le dan forma. Se sigue todo el proceso hasta su conversión en madejas de hilos y en telas. Unas cuantas decenas de fotos y seguimos.
La lluvia insiste en su misión de alimentar la tierra cuando se hace la hora de comer. Houng nos lleva hasta un puesto de comida próximo a la carretera. Nos acercamos a donde se exhiben los ricos productos mientras la cocinera nos explica cada uno de ellos. Si su aspecto es muy apetecible cuánto más lo será su sabor. Un rato para descansar y conversar con nuestro afable guía. Así como es en África, el lugareño es tan preguntón como el visitante así que a pregunta hecha, pregunta respondida. Una foto satélite en el iphone me ayuda a situar nuestro país de procedencia.
En el camino a Dalat queda una última parada para tomar café...y vamos a tomar café en una pequeña factoría familiar, Bâo An. Será lo que podríamos denominar un "café de mierda" y no precisamente por que su sabor mereciera tal calificativo sino porque literalmente es de "mierda". Se trata de la variante Chôn, que consiste en extraer los granos de café de las cagadas de un roedor, la civeta. Así este animal algo mayor que un gato y parecido a la jineta es alimentado con granos de café, solo con granos del café. Su sistema orgánico no digiere más que la cáscara y la pulpa del grano pero deja intacto la simiente que si es afectada por sus jugos gástricos e instestinales. Ese proceso simula en el organismo del animal una especie de fermentación que será lo dará luego su sabor particular. Los granos de café son extraidos de las cagadas el bichito, lavados profusamente y luego secados y tostados.
Y ahí estamos bajo la lluvia en un patio al aire libre protegidos por un techado de zinc y rodeados de plantas, tomando un "café de mierda" que pasa por ser el café más caro del mundo y añado yo, delicioso.
Vuelta a Dalat donde la lluvia sigue. Es aún temprano, así que salimos a dar una vuelta por el mercado de la ciudad. Una parte ya se encuentra en labores de cerrar mientras por fuera se colocan otros puestos en un ciclo que parece no tener horario. Se van unos y vienen otros. Puestos de verduras que cierran en el vetusto edificio de varias plantas mientras en el exterior, al volado de la techumbre se citan vendedores de ropas y telas. Nadie protesta, todos tienen su espacio y su momento para vender.
El día muere de forma prematura y no llegan a las 6 de la tarde las luces del día. Un paseo, una leve cena y vuelta al hotel.
En unas horas volvemos a partir.
jueves, 14 de noviembre de 2013
Camino al norte...
Última jornada en Can Toh, nuestro destino más al sur, que gastamos preparando los macutos, dando una vuelta por la villa para acabar visitando nuevamente el Mekong. Una simpática barquera del lugar será la conductora y guía. Nuestro destino es un corto recorrido por los canales más próximos alrededor de la isla de Con Au. La isla es una lengua de tierra inserta en el torrente del río repleta de plantaciones y sin apenas habitantes o construcciones. Un vergel de frutas tropicales, donde todo crece en abundancia y tamaño.
Difícil expresar la sensación de antiguo expexicionario que invade al visitante en la navegación por los canales, ausencia de "civilización" y una explosiòn de naturaleza que todo lo invade. Sensación aumentada en los momentos en que la conductora apaga el motor y nos deja a merced del sonido del agua, los pájaros y la nada.
Regresamos a tierra y hacemos tiempo por los alrededores del hotel. En unas horas nos ha de recoger el transporte hasta la estación de guaguas donde tomaremos la que realiza el trayecto nocturno hasta Dalat, nuestro siguiente destino. Este servicio nos permite recorrer los 600 kms que separan ambas localidades mientras dormimos. La guagua está prepada con unos asientos en litera que se tumban casi horizontalmente y permiten domir muy cómodamente....si se tienen las medidas standard de un vietnamita. En mi caso, la parte donde tienen que encajar las piernas, encaja pero literamente, de manera que debo enrrollarme como puedo en posición fetal.
Así todo consigo dormir bastante bien, incluso a pesar, de los baches que de tanto en tanto toma la guagua que gracías a lo encajado que voy no acabo en el culo de la otra litera. Por la ventanilla solo se ven luces que pasan a toda velocidad y pequeñas poblaciones que se van quedando atrás. De vez en cuando, el conductor acciona la bocina. Ese deporte nacional que si fuera olímpico convertiría a Vietnam en una potencia referente.
A eso de las 6:00 de la mañana llegamos a Dalat, al no tener hotel concertado, el transporte nos deja en el centro de la ciudad pero con ayuda de la guía de Lonely Planet conseguimos encontrar un coqueto y còmodo (y barato) hotel en apenas unos minutos.
Hemos empleado la jornada en recorrer las calles y mercados de esta bonita ciudad fundada por los colonos franceses allá por el siglo XIX y que, gracias a un acuerdo entre los combatientes, no fue atacada en la guerra. Así se conservan miles de pequeñas viviendas y edificios que le dan un aire afrancesado y europeo, tanto que en su centro se halla coronada por una réplica del a Torre Eiffel.
Se encuentra enclavada en una zona de montaña y se accede a ella a través de un paso de montaña a unos 1700 metros de altura. Eso ha permitido dejar atrás el agobiante, pegajoso y estresante calor del Mekong, ese que te abrazaba nada más salir de la acondicionada habitación del hotel, para tenerte sudando hasta la vuelta. Un paisaje más abrupto, montes de coníferas y una naturaleza que otorga productos muy distintos a los del sur, las verduras, frutas cítricas, las flores, la seda y las uvas son la bandera de las tierras de Dalat y alrededores.
Algo que se capta a poco que uno sea algo observador es como van cambiando las formas humanas a medida que se cambia de región, así en el sur se apreciaba una fuerte componente china y jemer, fruto del pasado migratorio de unos y la dominación de Camboya de la tierras del Mekong en el segundo. En Dalat conviven varias etnias como los Chams o los Koho y eso se nota en sus caras y en sus ropas.
Mañana toca salir a visitar esas zonas rurales y a las personas que las habitan. El equipo a punto para intentar mostrar lo mejor que podamos el resultado de esta aventura.
Difícil expresar la sensación de antiguo expexicionario que invade al visitante en la navegación por los canales, ausencia de "civilización" y una explosiòn de naturaleza que todo lo invade. Sensación aumentada en los momentos en que la conductora apaga el motor y nos deja a merced del sonido del agua, los pájaros y la nada.
Regresamos a tierra y hacemos tiempo por los alrededores del hotel. En unas horas nos ha de recoger el transporte hasta la estación de guaguas donde tomaremos la que realiza el trayecto nocturno hasta Dalat, nuestro siguiente destino. Este servicio nos permite recorrer los 600 kms que separan ambas localidades mientras dormimos. La guagua está prepada con unos asientos en litera que se tumban casi horizontalmente y permiten domir muy cómodamente....si se tienen las medidas standard de un vietnamita. En mi caso, la parte donde tienen que encajar las piernas, encaja pero literamente, de manera que debo enrrollarme como puedo en posición fetal.
Así todo consigo dormir bastante bien, incluso a pesar, de los baches que de tanto en tanto toma la guagua que gracías a lo encajado que voy no acabo en el culo de la otra litera. Por la ventanilla solo se ven luces que pasan a toda velocidad y pequeñas poblaciones que se van quedando atrás. De vez en cuando, el conductor acciona la bocina. Ese deporte nacional que si fuera olímpico convertiría a Vietnam en una potencia referente.
A eso de las 6:00 de la mañana llegamos a Dalat, al no tener hotel concertado, el transporte nos deja en el centro de la ciudad pero con ayuda de la guía de Lonely Planet conseguimos encontrar un coqueto y còmodo (y barato) hotel en apenas unos minutos.
Hemos empleado la jornada en recorrer las calles y mercados de esta bonita ciudad fundada por los colonos franceses allá por el siglo XIX y que, gracias a un acuerdo entre los combatientes, no fue atacada en la guerra. Así se conservan miles de pequeñas viviendas y edificios que le dan un aire afrancesado y europeo, tanto que en su centro se halla coronada por una réplica del a Torre Eiffel.
Se encuentra enclavada en una zona de montaña y se accede a ella a través de un paso de montaña a unos 1700 metros de altura. Eso ha permitido dejar atrás el agobiante, pegajoso y estresante calor del Mekong, ese que te abrazaba nada más salir de la acondicionada habitación del hotel, para tenerte sudando hasta la vuelta. Un paisaje más abrupto, montes de coníferas y una naturaleza que otorga productos muy distintos a los del sur, las verduras, frutas cítricas, las flores, la seda y las uvas son la bandera de las tierras de Dalat y alrededores.
Algo que se capta a poco que uno sea algo observador es como van cambiando las formas humanas a medida que se cambia de región, así en el sur se apreciaba una fuerte componente china y jemer, fruto del pasado migratorio de unos y la dominación de Camboya de la tierras del Mekong en el segundo. En Dalat conviven varias etnias como los Chams o los Koho y eso se nota en sus caras y en sus ropas.
Mañana toca salir a visitar esas zonas rurales y a las personas que las habitan. El equipo a punto para intentar mostrar lo mejor que podamos el resultado de esta aventura.
martes, 12 de noviembre de 2013
Paseo por el Mekong...
5:00 am cuando suena el despertador. En apenas unos minutos estamos subiendo a la pequeña embarcación que nos ha de llevar por los canales del Mekong. Es aún de noche pero en la otra orilla del río, a través de las palmeras, empieza a teñirse el cielo de rojo preludio del amanecer que se aproxima.
Nuestra tripulación cosnta de un alegre y desdentado conductor y un joven guía que se encarga tanto de explicarnos lo que vemos como de resolver sus dudas sobre nuestra manera de vivir. Esta parte del río es considerablemente ancha y en ella se dan cita barcos de todo tamaño, desde nuestro pequeño bote hasta grandes barcos de transporte de arroz, de tierras para construcción o de cieno para abonar los campos. La vida del río no para en todo el día, durante la noche aminora, pero el "tac,tac,tac" de los motores acompaña sin cesar nuestra estancia en Can Toh.
Tras un recorrido de unos cuantos minutos alcanzamos una parte más estrecha del canal y llegamos al primer mercado flotante que vamos a conocer. Este mercado se encuentra en la esquina con cruce con otro canal, formado en "T". Junto a esa esquina se aglomeran decenas de embarcaciones que compran, venden e intercambian productos. Son botes de diverso tamaño, alargados, de fondo plano para poder navegar los canales de poco fondo, los más constan de un motor de gasolina consistente en la adaptación de un generador que se coloca sobre una base metálica y cuyo movimiento se extrae con un tubo en cuyo final consta de una hélice. El conductor acciona manualmente el motor y sumerge el tubo con la hélice en la oscura agua del Mekong para comenzar la marcha.
Este enjambre de botes se acumula, en el mercado de Cái Rāng, costado con costado de manera que para pasar por ello es preciso para el motor y dejar que el bote vaya abriéndose hueco a base de ir golpeando a unos y otros. Frutas y verduras de todo tipo, muchas conocidas y otras que nos resultan exóticas, conforman un paisaje de policromía. En este país de tan salvaje naturaleza todo es grande, los mangos, las papayas, las propias verduras son de descomunal tamaño algo que no les resta nada de sabor. Los productos son traidos de las zonas rurales para su transacción al por mayor. Los botes pequeños llegan vacíos y salen cargados a sus lugares de origen.
Seguimos adelante, las orillas del río son un hervidero de vida vinculada a la comunión con la presencia del Mekong. Somos testigos de gente que se baña en el rio, que lava su pelo, o que lava a un gallo, que recoge agua o lava la loza, que pesca...todo a la vera del río. Casas que se sitúan sobre postes que se entierran en el río en un complejo equilibrio. Pasar por el río es como pasar por el salón de sus casas. Al lado de la casa un pequeño embarcadero donde amarrar el bote de la familia.
La jungla no solo llega al borde del agua sino que emerge y se sumerge en ella, llegando a ser complejo distinguir qué parte es tierra "firme", en los bordes de acumulan unos grandes nenúfares sin flor que forman verdes mantos flotantes, algunos desprendidos de este campo de agua vagan por el curso de las aguas.
Toca salir del agua para conocer una fábrica de papel de arroz donde el guía nos explica el laborioso proceso y observamos la incesante labor de los operarios. Una fábrica familiar al costado de su propia vivienda. El arroz se desvaina y se muele para convertirlo en leche de arroz y luego extenderse en unas planchas de calor donde se extienden en círculo, de ahí las recogen y se colocan en unas esteras al sol. La fuente de calor de las planchas se obtiene tras la combustión de la propia cáscara del arroz. La visita es amenizada por la presencia de un jueguetón perro que usa el depósito de cáscara como cómodo colchón y un cochino negro que pasa de las visitas y se pierde jungla adentro.
Continuamos hasta el segundo mercado, absortos ante la belleza de todo, moviendo la cabeza a un lado y otro buscando no perder detalle de cada ribera. Este es el mercado de Phong Diên cuyo funcionamiento es igual al anterior, es más pequeño y permite la venta al por menor. La mayoría de las embarcaciones son dirigidas por mujeres que portan el triangular sombrero típico del lugar.
Toca ahora la visita al poblado en tierra, del mismo nombre que el mercado y para ello entramos en un estrecho canal. La vegetación es asombrosa. Palmeras y árboles que sumergen sus ramas en el agua, auténticos muros de nenúfares que deben ser atravesados por la quilla de nuestro bote. Sentado en el extremo de la embarcación me siento un auténtico explorador de la British Society protagonista de algún relevante descubrimiento geográfico.
Con toda la destreza posible para no acabar dándonos un baño involuntario, empezamos la caminata por el poblado. Un estrecho camino que circunda la zona habitada dejando a un lado el río. Viviendas de granjeros que plantan todos los productos que vimos en el mercado. Tras un rato de caminata llegamos a un campo de arroz en barbecho en el que el agua que lo cubre hace de espejo para el azul y blanco del cielo. En ese idílico paisaje para el visitante, dos hombres allanan la tierra tirando cada uno de un tronco aferrado a su cuerpo mediante cuerdas.
Papayas, mangos, arrozales, cocoteras, patos, una granja de peces y más nos acompaña en el camino hasta el lugar donde hemos de almorzar. Una choza al fresco donde nos deleitamos con la saludable y sabrosa gastronomía vietnamita. Un rato de rélax, conversación con nuestro afable guía y un rico café con leche y hielo para tomar fuerzas para la vuelta. Justo al lado nos espera el nuestro bote para emprender el regreso a Can Toh.
Seguimos durante bastante rato por esos estrechos canales protegidos por una lona del castigo del sol del que tanto se protegen los lugareños ya que estar blanco forma parte de su standard de belleza. El aire fresco nos golpea la cara, nos sentimos unos Katherine Hepburn y Hamprhey Bogart en aquellas escenas de "La reina de África". Asombra la capacidad de la naturaleza en un lugar donde fue totalmente extinta con el uso de napalm, armas químicas y desfoliantes hace apenas cuatro décadas.
Una breve pasada nuevamente por el primer mercado y ya rumbo a destino. La vuelta por el canal ancho se hace un poco cansina pero nada nos quita la cara de felicidad tras todo lo contemplado.
Una vez en puerto es ya la hora de comer, una ducha y un almuerzo justo al lado del hotel donde guía en mano planeamos el siguiente destino. Tras decidir subir a Dalat a partir de mañana, nos vamos un rato a descansar. Un rato que duro unas.....7 horas!
Salir cerca de las 23:00 a las calles de esta ciudad es no encontrar prácticamente nada. Al menos sirve para dar un paseo mientras los tenderos recogen todo y volver al hotel tras picar algo.
Se duerme Can Tho con el sonido incesante del río que no duerme.
lunes, 11 de noviembre de 2013
La odisea de la guagua...
Tras un período de meditación, observación de variantes y circunstancias de aproximadamente 20 minutos, dedicimos en el desayuno, a qué ciudad del Mekong dirigirnos. Can Tho. Situada en uno de los tantos brazos en que este inmenso y caudaloso río que nace en el Tibet vierte sus marrones aguas en el Mar del Sur de China. Sin ser la ciudad más importante si que se encuentra en una situación que permite el acceso a uno de los lugares que me han traído hasta aquí, los mercados flotantes de Phong Dien y Cai Rang.
Cargados los petates y emprendemos rumbo. Coger la guagua no es tan sencillo como ir a la estación, comprar un billete y listo. Primero debemos ir en taxi hasta una oficina donde se adquiere el billete al destino, luego una guagua nos saca de la ciudad hasta la estación central de guaguas situada en el extrarradio y ahí se toma ya la guagua a la ciudad elegida.
En un rato estamos en una guagua rodeada de motos por las alocadas calles de Saigón, si las motos no se detienen ni miran a los lados podrán hacerse la idea de como se va en un vehículo de tales dimensiones, es el capo de la calle. En cada cruce y en cada movimiento parece que se va a llevar por delante a diez motos. Entre giros, cambios, trinchonazos y mil toques de bocina llegamos a un enorme recinto que alberga guaguas de mil colores y compañías que ocupan el espacio con la curiosa manera que tiene esta ciudad de ordenar las cosas.
Cambiamos de vehículo y para nuestra sorpresa la guagua es un cúmulo de comodidades. Además del conductor hay dos auxiliares que reparten agua y toallitas húmedas a los usuarios y apunta los destinos de cada uno para luego avisarles a tiempo. Como entretenimiento tenemos red wifi y una tele de considerables dimensiones donde se proyectan unos videos musicales. Algo así como Pimpinela pero en vietnamita con ese cadente y al tiempo exasperante sonidito de restaurante chino. Una bella cantante y un no menos bello cantante (tanto que es difícil distinguir la diferencia de género) teatralizan sus amoríos para deleite de los usuarios que no pierden detalle.
Avanzamos unos kms y el conductor detiene la marcha. A un lado de la carretera, nadie se inmuta mientras él y sus auxiliares salen fuera, se oyen compuertas que se abren y cierran en la parte trasera. Vuelta a la guagua, arranca el motor....y seguimos. Transcurridos unos kms más debe repetirse la operación, bajar, ruidos, subir, arrancar, seguir. Entre molestos toques de claxòn que se repiten cada metro recorrido sin que se aprecie funcionalidad ninguna vamos cubriendo kms.
Una vez que la ciudad queda detrás se abren paisajes de praderas de arrozales solo interrumpidos por cúmulos de palmeras y plataneras. Las viviendas se esconden tras oasis de palmeras para dejar el exterior a verde tapiz del cultivo que hace rica hasta zona del país. Llama la atenciòn que salpicadas por el campo hay lápidas, no cementerios, sino alguna lápida aislada y grupos de no más tres-cuatro juntas, relativamente cercanas a las casas pero dentro de los arrozales. Las cuadrículas en barbecho permanecen inundadas de agua sobre la que se reflejan las palmeras y el azul y blanco del cielo.
Alcanzamos zonas de canales, algunos estrechos como riachuelos y otros anchos como mares. Casas de hojalata entierran sus patas sobre el cieno de las lenguas de agua. La herrumbre de los techos, el marrón de las aguas salpicadas del verde de los nenúfares que flotan sobre ellas y las alargada embarcaciones con techos de lona que recorren arriba y abajo el curso del río.
A mitad del camino, uno de los "azafatos" toma un micrófono y explica a saber qué. Resultado es que la guagua entra en otra estación por lo que comprendemos que hay tiempo para hacer un descanso. La estación es un gran hangar con asientos en el medio, servicios y multitud de tiendas donde comprar y comer de todo. Un dato curioso para los que piensan que viajamos al tercer mundo, la estación simple, funcional, correcta le da mil vueltas a la estación de Santa Cruz, donde no hay ni donde sentarse. Como cada sitio en este país, la estación es un ejercicio de dinamismo y vida, un ir y venir de todos lados y todo el mundo comprando algo.
Finaliza el receso y volvemos a tomar ruta...por unos pocos kms. Algo vuelve a fallar, sigue sin inmutarse nadie, desfile de conductor y auxiliares fuera, golpes, vuelven, arrancan, vuelven a bajar, se para otra guagua delante, baja el conductor y se establece un diálogo entre ambos, explicaciones, una llamada de teléfono, arranca....y seguimos. A falta de 30kms para Ca Tho, otra parada, esta vez junto a cuatro casetas al borde de la carretera. Al apagar el motor se acaba el aire acondicionado, así que en un momento todos los pasajeros están fuera sentados a la sombra. El conductor y sus asistentes se bajan y abren un portòn de la parte lateral trasera del vehículo, miran, se miran, hablan, el conductor sube, arranca, todos para arriba y seguimos.
Ya no se parará más y el conductor feliz podrá seguir su concierto de bocina por las carreteras del Mekong. Entramos en Ca Tho, la estación se haya fuera del centro, así que una furgoneta nos lleva hasta una dirección de hotel que una guía a pie de guagua nos ha sugerido. Muchos se acercan al turista, sobre todo conductores de motos que atosigan un fisco a la voz de "motobai, motobai" (motorbike) uno detrás de otro hay que ir repitiendo "no" y "gracias". Sin embargo Thoy Nga se aproxima de otra manera y nos facilita información, como la de la furgoneta que nadie nos había explicado.
Tras dejar a los otros pasajeros, la furgoneta se planta ante la puerta de un pequeño hotel situado frente a la majestuosa estatua de Ho Chi Minh que domina el margen del río. El hotel Hay To que reune todas las comodidades por unos 18€ dìa. Tras dejar las cosas bajamos a ver el sitio. Antes en la recepción otro guía con mapa y croquis manual de colorines nos explica como ir a los mercados flotantes. El croquis resulta como el trabajo del día de la madre de un niño de 8 años profuso en colores y con dibujitos explicativos. Sin embargo, esperamos a ver si encontramos a Thoy Nga. Tras un paseo por la ribera del río, nos encaminamos hacía las calles interiores en busca de un lugar donde comer algo. Mientras en el horizontes unas nubes negras se encaminan hacía la costa,
En las proximidades del hotel encontramos a nuestra guía y concertamos el circuito de mañana. Un lugar que llama mucho la atención para hacer fotos, muchas expectativas en saber cómo se me mostrará este escenario y que puedo obtener yo del mismo.
El agua ya está aquí, como casi todas las tardes, según nos comentan. Llueve como si fuera el fin del mundo, algunos se refugian bajo los toldos pero la vida no se para. Todos siguen yendo a un lado y al otro a pie y, sobre todo, en motos. Almuerzamos en un ventorrillo próximo mientras esperamos que la lluvia nos de tregua para poder recorrer otro colorido y exòtico mercado que ocupa una de las calles paralelas al borde del río. Verduras, frutas, pescados feos como culos, sapos, ropa, todo y de todo sin mucho orden. Cae la noche, se muere el sol sobre las aguas del Mekong.
Hoy he vuelto a recibir mensajes de amigos preocupados sobre la posible llegada del tifón Haydan a Vietnam. La primera noticia que tuve de este tremendo suceso que ha asolado Filipinas dejando miles de personas muertas, fue del exterior. Tenemos acceso a internet y a tv pero por razones obvias no tenemos comprensión para las noticias vietnamitas. Una vez recibida la noticia me empecé a mover con agencias internacionales en buscad de noticias. La fuente más fidedigna fue BBC World, ahí nos enteramos que si bien era cierto que venía hacía nuestro encuentro su curso se iba desviando a norte. Por algún afortunado motivo para nosotros ha tomado rumbo norte por la costa vietnamita hacía la provincia de Halong, ya como tormenta tropical grado uno, para meterse en el sur de China.
Así que pueden estar todos tranquilos porque nos encontramos en el polo opuesto del país a donde pudieran haber problemas metereológicos. Muchas gracias a todos por la atención y la preocupación.
Mañana promete...
Cargados los petates y emprendemos rumbo. Coger la guagua no es tan sencillo como ir a la estación, comprar un billete y listo. Primero debemos ir en taxi hasta una oficina donde se adquiere el billete al destino, luego una guagua nos saca de la ciudad hasta la estación central de guaguas situada en el extrarradio y ahí se toma ya la guagua a la ciudad elegida.
En un rato estamos en una guagua rodeada de motos por las alocadas calles de Saigón, si las motos no se detienen ni miran a los lados podrán hacerse la idea de como se va en un vehículo de tales dimensiones, es el capo de la calle. En cada cruce y en cada movimiento parece que se va a llevar por delante a diez motos. Entre giros, cambios, trinchonazos y mil toques de bocina llegamos a un enorme recinto que alberga guaguas de mil colores y compañías que ocupan el espacio con la curiosa manera que tiene esta ciudad de ordenar las cosas.
Cambiamos de vehículo y para nuestra sorpresa la guagua es un cúmulo de comodidades. Además del conductor hay dos auxiliares que reparten agua y toallitas húmedas a los usuarios y apunta los destinos de cada uno para luego avisarles a tiempo. Como entretenimiento tenemos red wifi y una tele de considerables dimensiones donde se proyectan unos videos musicales. Algo así como Pimpinela pero en vietnamita con ese cadente y al tiempo exasperante sonidito de restaurante chino. Una bella cantante y un no menos bello cantante (tanto que es difícil distinguir la diferencia de género) teatralizan sus amoríos para deleite de los usuarios que no pierden detalle.
Avanzamos unos kms y el conductor detiene la marcha. A un lado de la carretera, nadie se inmuta mientras él y sus auxiliares salen fuera, se oyen compuertas que se abren y cierran en la parte trasera. Vuelta a la guagua, arranca el motor....y seguimos. Transcurridos unos kms más debe repetirse la operación, bajar, ruidos, subir, arrancar, seguir. Entre molestos toques de claxòn que se repiten cada metro recorrido sin que se aprecie funcionalidad ninguna vamos cubriendo kms.
Una vez que la ciudad queda detrás se abren paisajes de praderas de arrozales solo interrumpidos por cúmulos de palmeras y plataneras. Las viviendas se esconden tras oasis de palmeras para dejar el exterior a verde tapiz del cultivo que hace rica hasta zona del país. Llama la atenciòn que salpicadas por el campo hay lápidas, no cementerios, sino alguna lápida aislada y grupos de no más tres-cuatro juntas, relativamente cercanas a las casas pero dentro de los arrozales. Las cuadrículas en barbecho permanecen inundadas de agua sobre la que se reflejan las palmeras y el azul y blanco del cielo.
Alcanzamos zonas de canales, algunos estrechos como riachuelos y otros anchos como mares. Casas de hojalata entierran sus patas sobre el cieno de las lenguas de agua. La herrumbre de los techos, el marrón de las aguas salpicadas del verde de los nenúfares que flotan sobre ellas y las alargada embarcaciones con techos de lona que recorren arriba y abajo el curso del río.
A mitad del camino, uno de los "azafatos" toma un micrófono y explica a saber qué. Resultado es que la guagua entra en otra estación por lo que comprendemos que hay tiempo para hacer un descanso. La estación es un gran hangar con asientos en el medio, servicios y multitud de tiendas donde comprar y comer de todo. Un dato curioso para los que piensan que viajamos al tercer mundo, la estación simple, funcional, correcta le da mil vueltas a la estación de Santa Cruz, donde no hay ni donde sentarse. Como cada sitio en este país, la estación es un ejercicio de dinamismo y vida, un ir y venir de todos lados y todo el mundo comprando algo.
Finaliza el receso y volvemos a tomar ruta...por unos pocos kms. Algo vuelve a fallar, sigue sin inmutarse nadie, desfile de conductor y auxiliares fuera, golpes, vuelven, arrancan, vuelven a bajar, se para otra guagua delante, baja el conductor y se establece un diálogo entre ambos, explicaciones, una llamada de teléfono, arranca....y seguimos. A falta de 30kms para Ca Tho, otra parada, esta vez junto a cuatro casetas al borde de la carretera. Al apagar el motor se acaba el aire acondicionado, así que en un momento todos los pasajeros están fuera sentados a la sombra. El conductor y sus asistentes se bajan y abren un portòn de la parte lateral trasera del vehículo, miran, se miran, hablan, el conductor sube, arranca, todos para arriba y seguimos.
Ya no se parará más y el conductor feliz podrá seguir su concierto de bocina por las carreteras del Mekong. Entramos en Ca Tho, la estación se haya fuera del centro, así que una furgoneta nos lleva hasta una dirección de hotel que una guía a pie de guagua nos ha sugerido. Muchos se acercan al turista, sobre todo conductores de motos que atosigan un fisco a la voz de "motobai, motobai" (motorbike) uno detrás de otro hay que ir repitiendo "no" y "gracias". Sin embargo Thoy Nga se aproxima de otra manera y nos facilita información, como la de la furgoneta que nadie nos había explicado.
Tras dejar a los otros pasajeros, la furgoneta se planta ante la puerta de un pequeño hotel situado frente a la majestuosa estatua de Ho Chi Minh que domina el margen del río. El hotel Hay To que reune todas las comodidades por unos 18€ dìa. Tras dejar las cosas bajamos a ver el sitio. Antes en la recepción otro guía con mapa y croquis manual de colorines nos explica como ir a los mercados flotantes. El croquis resulta como el trabajo del día de la madre de un niño de 8 años profuso en colores y con dibujitos explicativos. Sin embargo, esperamos a ver si encontramos a Thoy Nga. Tras un paseo por la ribera del río, nos encaminamos hacía las calles interiores en busca de un lugar donde comer algo. Mientras en el horizontes unas nubes negras se encaminan hacía la costa,
En las proximidades del hotel encontramos a nuestra guía y concertamos el circuito de mañana. Un lugar que llama mucho la atención para hacer fotos, muchas expectativas en saber cómo se me mostrará este escenario y que puedo obtener yo del mismo.
El agua ya está aquí, como casi todas las tardes, según nos comentan. Llueve como si fuera el fin del mundo, algunos se refugian bajo los toldos pero la vida no se para. Todos siguen yendo a un lado y al otro a pie y, sobre todo, en motos. Almuerzamos en un ventorrillo próximo mientras esperamos que la lluvia nos de tregua para poder recorrer otro colorido y exòtico mercado que ocupa una de las calles paralelas al borde del río. Verduras, frutas, pescados feos como culos, sapos, ropa, todo y de todo sin mucho orden. Cae la noche, se muere el sol sobre las aguas del Mekong.
Hoy he vuelto a recibir mensajes de amigos preocupados sobre la posible llegada del tifón Haydan a Vietnam. La primera noticia que tuve de este tremendo suceso que ha asolado Filipinas dejando miles de personas muertas, fue del exterior. Tenemos acceso a internet y a tv pero por razones obvias no tenemos comprensión para las noticias vietnamitas. Una vez recibida la noticia me empecé a mover con agencias internacionales en buscad de noticias. La fuente más fidedigna fue BBC World, ahí nos enteramos que si bien era cierto que venía hacía nuestro encuentro su curso se iba desviando a norte. Por algún afortunado motivo para nosotros ha tomado rumbo norte por la costa vietnamita hacía la provincia de Halong, ya como tormenta tropical grado uno, para meterse en el sur de China.
Así que pueden estar todos tranquilos porque nos encontramos en el polo opuesto del país a donde pudieran haber problemas metereológicos. Muchas gracias a todos por la atención y la preocupación.
Mañana promete...
domingo, 10 de noviembre de 2013
En diferido...
Este cuaderno hoy se escribe, como los contratos de Bárcenas, en diferido. Entre el jet lag que me vaya durmiendo por las esquinas y los efluvios alcohólicos de la Saigon Bia* se me ha hecho imposible poner al día estos relatos de viaje.
Hemos dedicado los dos últimos días a seguir visitando Ho Chi Minh City y sus proximidades, una ciudad que nos sigue descubriendo curiosidades y comportamientos que no encajan mucho en nuestros conceptos. Visita al mercado de Ben Thanh para iniciar la jornada. Tras sacar un master de cruzar calles entre el disparatado tráfico, alcanzamos esta vieja y enorme nave que guarda bajo su techumbre un universo de tiendas amontonadas en perfecto orden de actividad. La mayoría del espacio se destina a ropas, el centro esta reservado a los lugares donde comer y beber, algunos puestos de joyas, relojes y cerámicas en uno de los fondos y en un de los laterales las carnicerías y pescaderías.
Un breve recorrido y una paradita en el centro para tomar un rico café con hielo y algo de fruta, tomando el centro como lugar de observación de la vida. El mercado tiene visitantes de fuera pero es un lugar de vida y compra de los lugareños lo que le otorga una cierta veracidad para el observador.
Desde Ben Thanh caminamos hacía un recorrido por la Historia de la ciudad. A nuestro lado, las tiendas de todo tipo desfilan antes nosotros, hasta que casi sin solución de continuidad los escaparates se transforman para mostrar artículos de marcas de lujo. Estamos en el centro de los grandes hoteles. Alrededor del Palacio del Pueblo y la coqueta plaza que acoge la estatua del venerado Ho Chi Minh. A nuestra espalda la moderna torre Bitexco que define el skyline y contrasta con la zona antigua. Un poco más adelante el Teatro y el Hotel Continental donde Graham Greene escribiría "el americano impasible"
Tras dejar atrás la Catedral de Notre Dame ejemplo de la colonización francesa, seguimosl hacía el Parque Tan Dao que alberga el Palacio de la Reunificación donde aún se conserva en sus jardines uno de los tanques de combate que entró en el Palacio en el momento de la caída del gobierno de Vietnam del Sur. Es la hora de comer y encontramos uno de esos sitios que se llenan de lugareños y donde puedes comer carne y pollo por 90.000 VND....3,20€ ambos!
Hacemos tiempo para que el Museo de la Guerra abra sus puertas para conocer de sus más crueles horrores. En los jardines se acumulan naves, tanques, lanchas, bulldozers, morteros, piezas de artillería y bombas dejadas atrás por los norteamericanos en la huída de Saigón.
Evidentemente el museo tiene un efecto propagandístico ya que obvia las salvajadas que, a buen seguro hicieron las tropas del Vietcong, y se limita a dar a conocer los terribles crímenes contra la Humanidad que causaron los agresores. Lo mejor es que ese horror está ilustrado con material y fotografías tomadas por fotógrafos norteamericanos.
Increíble la exposición fotográfica "Requiem" que llena una sala de decenas de fotografías tomadas por los fotógrafos y fotógrafas que cayeron durante la guerra de Vietnam y antes en la de Indochina. Muchas de ellas son íconos de la cultura del siglo XX, simbolos de la Historia, muchas otras no las conocía pero el resultado es impactante. Como impactante es el recorrido por la sala que nos muestra los efectos del napalm, de los desfoliantes y del agente naranja. No solo por la terrible crueldad de su efecto inmediato sobre las personas y el medio ambiente, zonas enteras de jungla completamente arrasadas con el objeto de despejar la visión de los ataques y sacar al Vietcong de sus escondites. Sino también por su efecto tras generaciones, hoy en día muchos niños vietnamitas siguen naciendo con deformidades o con discapacidades por el efecto del uso de estas armas químicas sobre el suelo de Vietnam.
Impactantes imágenes que muestran la crueldad y aberración de la guerra y la impunidad con la que se mueven los imperialistas por el mundo, si vemos lo que hicieron en Vietnam qué no estarán haciendo en Iraq o Afganistán.
Tras esta visita que nos sumerge en la Historia más cercana y latente volvemos a echar a andar hacía nuestra zona base de Pamh Ngu Lao. Calles atestadas de personas, la locura de su tráfico hasta llegar al parque próximo donde los vietnamitas se dedican al deporte al caer la tarde, fútbol, gimnasia o tai-chi son los entretenimientos de jóvenes y mayores a estas horas.
Para terminar la jornada que mejor que caminar por la marea humana que, especialmente lso fines de semana, llena la calles de la zona de los mochileros. En Vui Bien se acumulan locales donde comer y tomar una rica Bia Hoi*. Hay locales de estilo, bares y pubs con hermosas vietnamitas sentadas en exterior a modo de atractivo. Nosotros optamos por los puestos de calle que se transforman al llegar la tarde, convirtiendo una lavandería o una galería de arte en un lugar donde comer. Basta un brasero en el exterior y unas cuantas mesas y sillas, tamaño play mobil, que poco a poco van ocupando la calle desde uno y otro lado hasta dejar solo el ancho mínimo para el paso de coches, motos y viandantes.
Carros de vendedores de pescado seco, de pan frito, de vendedores de tabaco, de artesanías....la calle se convierte en un herbidero de personas de aquí y extraños que, como nosotros, se citan en este lugar cuando la luz del día muere.
Para visitar la zona de los túneles de Cu Chi hemos contratado una excursiòn. No es la manera que más me gusta de viajar pero es una forma rápida y efectiva de efectuar una visita a un lugar empleando un solo dìa. Los trayectos en guagua sirven al menos para ir echando cabezadas, algo que sería mucho más fácil si el conductor no se empeñara en ir todo el rato haciendo sonar la bocina como un maldito histérico. Lo de las bocinas es una manía, una fijaciòn. Los hay que los accionan a golpitos, otros como si se hubieran desmayado sobre el interruptor y los hay que llevan especie de alarma que no deja de sonar y van por los cruces como si fueran una ambulancia.
Total que vamos por una carretera que debe ser como una autopista pero que permite los cruces a uno y otro lado, y es que el obstáculo para que no pase un vehículo en la dirección que quiera tiene que ser físico porque, es evidente, que no hay normas. Ninguna. El primer destino es un taller en el que personas discapacitadas física o intelectualmente realizan artesanias, especialmente, figuras y mosaicos desde un tamaño pequeño hasta enormes. Un trabajo de gran mérito y belleza pero que tiene unos precios desorbitados y que sumado a cómo es este viaje impide cualquier compra.
La segunda parada es el templo de la religión Cao Dai, una suerte de creencia fundada en los primeros años del siglo XX y que es un compendio de todas las creencias. Habemos quienes las consideramos todas malas pero al fundador del Cao Dai le pacieron todas buenas hizo un mix con taoismo, budismo, confucionismo, cristianismo y cuantos "ismos" fue encontrando. Resultado, una religión de unos miles de seguidores que no va más allá de los alrededores de su propia sede pontifica. El templo se halla en una extensiòn de terreno considerable con más edificios pero solo tenemos acceso al templo principal.
No es una joya de la arquitectura y de tanto estilo parece carente de todo. Colores pastel a cual más destacad, flanqueado por dos torres y un interior columnado con unas figuras de dragones enrredados en ellas. Llegamos en el momento de su misa. En el piso superior un coro de niñas y unos señores que tocan cansinamente la mismas notas una y otra vez. En el recinto unos cientos de fieles la mayoría vistiendo ropajes blancos permanecen en meditación. Colorista, y exótico para sacar unas fotos pero poco más. Encima hay que permanecer en el piso superior sin acceso al mismo plano que los protagonistas de la misa lo que resta posibilidades. En todo momento somos marcialmente dirigidos por unos miembros de la religión que señalan donde debemos ir.
Vuelta a la guagua, parada para comer y cabezada posterior para compensar la hora de recorrido hasta el complejo de túneles de Cu Chi. Este sitio data del conflicto con los franceses y constaba entonces de un sistema de túneles que posteriormente, en la guerra con Estados Unidos fueron ampliados en dos complejos de túneles más, el más profundo de los cuales alcanza los 80-100 metros de profundidad. Todo un ejercicio de esfuerzo, conocimiento del medio e ingenio en una guerra en la que el enemigo era mucho más poderoso en armamento y número. Este sistema les permitía a los soldados del Vietcong sorprender al enemigo, incluso dentro de sus bases. Unas tapas camufladas y sistemas de trampas por doquier hicieron de esta zona un infierno para las tropas americanas. En el recorrido se nos muestra una serie de trampas con hierros punzantes que se establecían en la jungla para que los soldados cayeran en ellas y se hirieran pero sin llegar a morir, de forma que sus gritos causaran pánico a los demás y se conviertieran en un estorbo para el resto de la compañía.
Habían decenas de trampas, con decenas de nombres, perfectamente estudiadas para hacer muchísimo daño. En el complejo residen los restos de un tanque M41 destrozado por los efectos de una mina trampa. La jungla que nos rodea ha sido completamente plantada porque la anterior fue arrasada por miles de toneladas de bombas incendiarias. Tal era la actividad del Vietcong que los aviones norteamericanos que regresaban de misión a Saigón tenían orden de lanzar los remanentes de bombas que llevaran de vuelta. Su función resultó fundamental en la gran ofensiva del Tet que prácticamente decidió el resultado de la guerra.
En el recinto se ofrece la posibilidad de disparar armas nortemericanas de la época, el precio se fija por arma y por bala pudiendo disparar un mínimo de 10. Un negociazo, que en mi caso quedó para los más frikies y pudientes de la expedición. Eso si, el sonido de las armas, impactantes.
Guagua, sobada y vuelta a Ho Chi Minh cuando ya ha caído la noche.
En estos dias se ha desatado la posibilidad de que nos visite un tifòn que ha estado castigando Filipinas y que pudiera afectar al centro norte del país. Por si las dudas y para evitar viajar en domingo, decidimos quedarnos un cuarto día en la capital. No ha habido noticia del tifòn y la vida transcurre con total normalidad. Así que hemos aprovechado para visitar el barrio chino, Cholón (mercado) que se halla en el distrito 5. Primero un recorrido por el mercado de Thai Binh que se haya cercano a nuestra base. No es muy grande pero tiene una zona de carnes y pescado muy curiosa. Esta parte del mercado se establece en una especie de mostrador de cemento y mosaicos sobre el que exponen los peces vivos y sobre el que también se hayan sentados los vendedores. Sobre unos pequeños banquitos y descalzos limpian y atienden el pescado que ofrecen.
Nunca me ha gustado el pescado ni el marisco pero es que el que aquí se expone es más feo que en ningún sitio, aunténticos bichos. El aroma es tan indescriptible como los animales que lo protagonizan. Lo más curioso, un puesto que tiene una bandeja con unos enormes sapos vivos atados con una cuerdita. Puestos de exóticas y frondosas verduras y frutas. Un café con hielo en el centro del mercado para hacer eso que tanto nos gusta: ser testigos del pasar de la vida.
De ahí un pateo importante hasta el barrio chino. No hace falta buscarlo mucho, cuando llegas te das cuenta que has traspasado sus fronteras. En su interior un gran mercado, Binh Tay, cuyas fronteras son difíciles de fijar. Contiene un recinto cerrado con tiendas pero se extiende con cientos de pequeños puestos y comercios por decenas de calles. Es como una mega tienda china dedicado casi todo al comercio mayorista. Telas, botones, complementos, cuentas de bisutería...de todo, en un momunento al dorado y al brillante. En una de las calles, decenas de tiendas dedicadas a adornos de navidad con el sello de autenticidad chino por excelencia, horteros como ellos solos. Eso si, la mar de simpáticos. He tenido que realizar algunos retratos a peticiòn de los que me ven con la cámara. Luego le enseñas el resultado y felices como niños.
El retorno lo hacemos por el margen del río Saigón, cuya corriente es una masa gelatinosa semilíquida que huele como si te hallaras dentro de una alcantarilla. En un costado, observamos a un tipo con una caña, supongo que intentando obtener algo del interior del río aunque dudo que más allá de microbios o bacterías haya algún ser vivo más.
En vista de lo mala de la idea, volvemos tras cruzar otro montón de carriles, entre una maraña de motos, con esa prestancia que hemos aprendido en nuestra corta estancia. Otro largo paseo por calles llenas de tiendas y más tiendas en una jincana permanente por unas aceras en las que puedes encontrar, motos estacionadas, tiendas y sus expositores, carros de comida, talleres de motos, raíces de árboles...que te obligana subir y bajar de la acera constantemente.
Mañana dejamos HCMC para dirigirnos al delta del Mekong, nuestro destino más al sur donde estaremos dos días probablemente....si el tifón nos deja.
jueves, 7 de noviembre de 2013
y además, fotos...
Al fin escribo sentado en la habitación del hotel que nos acoge en Ho Chi Minh, después de meses de planificar y dar cuerpo a un viaje que comenzó con un "y si nos vamos a Vietnam". Tras 20 horas danzando entre aeropuertos, esperas, controles de seguridad, traslados y aviones arrivamos al húmedo y pegajoso calor de la capital del sur del pais. Un lugar cargado de Historia a través de los siglos desde la antigua capital de la Camboya del meridional, o la capital de la Conchinchina de la dominación francesa, hasta ser símbolo de la resistencia y la derrota del invasor en el proceso de unificación nacional. El antiguo nombre de Saigón queda hoy restrigido a uno de los distritos de la ciudad, aunque sigue siendo usado por los lugareños como referencia al conjunto de la misma.
Para cruzar los más de 12000 kms que nos separan de nuestro hogar hemos recorrido medio mundo. Me quedo con la imagen, durante el vuelo a Doha, de la pantalla en la que una imagen satélite marca la posiciòn del avión en vuelo. Mientras íbamos dejando atrás el oeste la oscura noche avanzaba hacía nosotros a medida que el mundo se iba llenando de luces. Una parada técnica nos lleva a Qatar, uno de esos múltiples y diminutos emiratos surgidos a ambos lados del Golfo de Omán donde la opulencia se mide en luces y en metros verticales de hormigón, acero y vidrio.
El hall de espera para el definitivo enlace es un inmenso centro comercial en el que se puede comprar desde un souvenir para adherir a la nevera de casa de apenas unos euros de valor hasta un súper deportivo de lujo de varias decenas de miles. Ese lugar es también punto de confluencia de miles de personas que diariamente hacen escala en vuelos con destinos más al Oriente. Un trasiego de masas que deambulan de puerta en puerta en un marco de un caos perfectamente organizado. Durante unas horas somos testigos de ese ir y venir multicultural, espectadores de un escaparate de etnias de todo el mundo.
Un mundo unido y globalizado solo separado por maniqueos conceptos morales que nos convierten en intoleantes hacía todo aquello que infrinja las normas de nuestro propio ínfimo universo. Tan fácil asistir a todo este desfile de formas culturales, modos y maneras sociales, y vestimentas en esta muestra de torre de Babel para comprender cuan iguales somos todos.
Un largo recorrido en guagua nos retorna a la zona de partida. En unos minutos no somos más que otra leve luz en el inmenso cielo de los Emiratos. Una constelación de puntos de luz con mayor o más tenue destello, unidos entre sí como galaxias dibujadas sobre el negro lienzo de la nada que es el desierto; y nosotros un astoroide fuera de su órbita.
A medida que tomamos altura esa visión cosmológica se hace mayor extendiéndose a otras galaxias reticuladas por nexos lumínicos, creando un universo cada vez más y más infinito. Mientras pareciera que este pequeño asteroide abandona el centro de ese imaginario universo encaminado hacía la creciente oscuridad.
Con esa oscuridad llega el sueño, en un momento en que situar la hora exacta es un ejercicio de sumas matemáticas. Llega la mañana y un intenso halo de luz se cuela por debajo de la ventanilla del aviòn. Al abrirla mis pupilas se contraen por la fuerza de luz del nuevo día hasta casi cegarme...tras ese período de adaptación se abrea ante mi un paisaje de excepcional belleza. Ríos y meandros de espesa y oscuras aguas que se abren camino por una verde llanura hasta alcanzar el mar para convertir el azul en marrón. Sobrevolamos Myanmar. Unos minutos más y el mapa señala que ya estamos sobre el cielo de Vietnam. Vienen a mi memoria las imágenes de las películas de mi adolescencia donde aviones cargados de muerte sobrevolaban paisajes de jungla de un país al que nunca imaginé contemplar desde esa perspectiva.
Una inmensa llanura de mil tonos verdes formada por millones de pequeñas cuadrículas intenrrumpidos por decenas de lenguas de agua en su paso al mar. Poco a poco las techumbes de colores van ocupando más y más terreno, robando al campo para hacer ciudad.
Un taxi nos lleva al corazón del distrito 1, Pham Ngu Lao, lugar que será nuestra base para conocer esta ciudad durante unos dìas (no sé cuántos aún). Un marasmo de tráfico como nunca he visto, las motos son como una pisada en un hormiguero, surgen de todos lados y sin ningún sentido aparente, viendo y oyendo como se mueven por las calles sería de suponer que gastan más bocinas que pastillas de freno. Nunca frena porque siempre encuentran un huequito por el que pasar. Cruzar la calle es otra odisea, nadie va parar por mucha señal que lo indique, lo solución es meterse entre la masa de peatones y parar y continuar cuando el conjunto así lo decide.
Hoy ha sido una toma de contacto por la zonas próximas al hotel. Hemos podido comprobar lo rica que está su comida, en esos puestos a pie de calle de Bui Vien, y sobre todo lo barata que es su cerveza. Algo que para algunos viajeros, como yo, es esencial en la visita a cualquier país. Callejones, tiendas y las calles inundadas de gentes. Un lugar ideal para sacar fotos y sobre todo, una gente muy amable y atenta. Algo que se echaba de menos en Istanbul y que aquí irradia, la sonrisa de las personas.
Ah! y fotos....muchas fotos.
Para cruzar los más de 12000 kms que nos separan de nuestro hogar hemos recorrido medio mundo. Me quedo con la imagen, durante el vuelo a Doha, de la pantalla en la que una imagen satélite marca la posiciòn del avión en vuelo. Mientras íbamos dejando atrás el oeste la oscura noche avanzaba hacía nosotros a medida que el mundo se iba llenando de luces. Una parada técnica nos lleva a Qatar, uno de esos múltiples y diminutos emiratos surgidos a ambos lados del Golfo de Omán donde la opulencia se mide en luces y en metros verticales de hormigón, acero y vidrio.
El hall de espera para el definitivo enlace es un inmenso centro comercial en el que se puede comprar desde un souvenir para adherir a la nevera de casa de apenas unos euros de valor hasta un súper deportivo de lujo de varias decenas de miles. Ese lugar es también punto de confluencia de miles de personas que diariamente hacen escala en vuelos con destinos más al Oriente. Un trasiego de masas que deambulan de puerta en puerta en un marco de un caos perfectamente organizado. Durante unas horas somos testigos de ese ir y venir multicultural, espectadores de un escaparate de etnias de todo el mundo.
Un mundo unido y globalizado solo separado por maniqueos conceptos morales que nos convierten en intoleantes hacía todo aquello que infrinja las normas de nuestro propio ínfimo universo. Tan fácil asistir a todo este desfile de formas culturales, modos y maneras sociales, y vestimentas en esta muestra de torre de Babel para comprender cuan iguales somos todos.
Un largo recorrido en guagua nos retorna a la zona de partida. En unos minutos no somos más que otra leve luz en el inmenso cielo de los Emiratos. Una constelación de puntos de luz con mayor o más tenue destello, unidos entre sí como galaxias dibujadas sobre el negro lienzo de la nada que es el desierto; y nosotros un astoroide fuera de su órbita.
A medida que tomamos altura esa visión cosmológica se hace mayor extendiéndose a otras galaxias reticuladas por nexos lumínicos, creando un universo cada vez más y más infinito. Mientras pareciera que este pequeño asteroide abandona el centro de ese imaginario universo encaminado hacía la creciente oscuridad.
Con esa oscuridad llega el sueño, en un momento en que situar la hora exacta es un ejercicio de sumas matemáticas. Llega la mañana y un intenso halo de luz se cuela por debajo de la ventanilla del aviòn. Al abrirla mis pupilas se contraen por la fuerza de luz del nuevo día hasta casi cegarme...tras ese período de adaptación se abrea ante mi un paisaje de excepcional belleza. Ríos y meandros de espesa y oscuras aguas que se abren camino por una verde llanura hasta alcanzar el mar para convertir el azul en marrón. Sobrevolamos Myanmar. Unos minutos más y el mapa señala que ya estamos sobre el cielo de Vietnam. Vienen a mi memoria las imágenes de las películas de mi adolescencia donde aviones cargados de muerte sobrevolaban paisajes de jungla de un país al que nunca imaginé contemplar desde esa perspectiva.
Una inmensa llanura de mil tonos verdes formada por millones de pequeñas cuadrículas intenrrumpidos por decenas de lenguas de agua en su paso al mar. Poco a poco las techumbes de colores van ocupando más y más terreno, robando al campo para hacer ciudad.
Un taxi nos lleva al corazón del distrito 1, Pham Ngu Lao, lugar que será nuestra base para conocer esta ciudad durante unos dìas (no sé cuántos aún). Un marasmo de tráfico como nunca he visto, las motos son como una pisada en un hormiguero, surgen de todos lados y sin ningún sentido aparente, viendo y oyendo como se mueven por las calles sería de suponer que gastan más bocinas que pastillas de freno. Nunca frena porque siempre encuentran un huequito por el que pasar. Cruzar la calle es otra odisea, nadie va parar por mucha señal que lo indique, lo solución es meterse entre la masa de peatones y parar y continuar cuando el conjunto así lo decide.
Hoy ha sido una toma de contacto por la zonas próximas al hotel. Hemos podido comprobar lo rica que está su comida, en esos puestos a pie de calle de Bui Vien, y sobre todo lo barata que es su cerveza. Algo que para algunos viajeros, como yo, es esencial en la visita a cualquier país. Callejones, tiendas y las calles inundadas de gentes. Un lugar ideal para sacar fotos y sobre todo, una gente muy amable y atenta. Algo que se echaba de menos en Istanbul y que aquí irradia, la sonrisa de las personas.
Ah! y fotos....muchas fotos.
martes, 5 de noviembre de 2013
Madrid me mata...
Cuando comento mis destinos de viaje a mis allegados, mucha gente se llama la atención, los consideran aventurados, destinos poco comunes o en ocasiones, arriesgados. Esa manera de considerar todo aquello que nos es lejano o extraño, todos esos lugares que cultural, social o religiosamente nos son extraños y por tanto consideramos, como si de romanos en Germania se tratara, Bárbaros a todo lo que nos es ajeno.
Hemos pasado apenas un día en Madrid, un día de asueto y paseo antes del asalto a Vietnam. Algo que ya hicimos el año pasado antes de y después de viajar a Istanbul. No me gusta Madrid, he de reconocerlo, no me atrae ni su Historia inexistente, ni su monótona arquitectura, ni su cielo gris, ni sus fronteras sin mar. Sin embargo, ese es el punto de escala por ser mucho más económico que desplazarse a Barcelona, incluso el vuelo internacional desde el corazón de Catalunya es considerablemente más caro que desde la capital de Castilla. Así que más o menos "obligado" este es nuestro punto intermedio...Madrid.
Para aquellos que se asombran de los destinos exóticos, que pudieran sorprenderse de lo que en esos sitios pueda esperar al viajero....les recomiendo un paseo por las calles de Madrid. Calles abarrotadas en basuras que deambulan a uno y otro lado a merced del batir del viento, personas que se acercan suplicando una limosna a las terrazas casi vacías del centro de la ciudad, decenas de personas arrastrando cartones y mantas en los soportales de la Plaza Mayor a la espera del cierre de los comercios para hacer de la calle su hotel de mil estrellas.
Ese ese el Madrid que hemos visto en apenas veinticuatro horas. Deprimente. Madrid, el alma del neoliberalismo de quienes nos gobiernan, adalid de las políticas de la extrema derecha, donde todo lo público muere en manos del capital, ese Madrid iluso que consideraba que el mundo también es ciego en sus pretensiones de grandeza olímpica....ese Madrid apesta. Apesta a pobreza, a suciedad y a decrepitud. Éxito de las políticas excluyentes, laboratorio de lo que será un Estado si no nos rebelamos contra quienes nos imponen su doctrina. Aquellos que no caben en su cuenta de dividendos revolviendo en los cubos de basura del poder.
Mientras el poder se atrinchera tras vehículos de polícias fuertemente pertrechados. Aquellos que denominan este status como de "normalidad democrática" deben protegerse con el uso coercitivo de la violencia para mantener el lugar donde les hemos puesto.
En pocas horas empezamos nuestra odisea aérea para alcanzar el oriente del planeta. Nos esperan veinte horas de vuelo y siete de difencia horaria, escalas y esperas. Somos de esos, pocos ya, afortunados que viajan por placer mientras muchos viajan para no poder volver. Hay algo de remordimiento, de pensar en la sútil línea que nos separa de vivir alongados al interior de un cubo de residuos marcada quizás por un cruel giro de la fortuna.
Ninguno esta a salvo, miramos con cara de pena a aquel que no tiene nada creyéndonos intocables en nuestra burbuja de bienestar que mengua sin cesar. Agriculce sentir de que se enfrenta a la alegría de conocer un nuevo lugar y la tristeza por la miseria que deja detrás. Pienso que viajamos a un país cuyo pueblo fue capaz de derrotar al más poderoso ejército de la Historia y sin embargo, nosotros nos somos capaces de echar a unos parásitos corruptos de nuestra casa.
Hoy se hace patente ese dicho que reza: "Madrid me mata"....
jueves, 31 de octubre de 2013
....con un ojo guiñado.
Dicen que el Ser Humano conserva caracteres y costumbres insertas en su más profundo subconsciente consecuencia de millones de años de evolución. Explicarían estas conductas comportamientos que llevamos a cabo de forma no racional, casi sin querer, impulsados por una fuerza que subyace en nosotros fruto del paso de miles de años hasta llegar a ser lo que somos.
Desde tiempo reside en mi interior el ancestral deseo humano de conocer mundo, de salir a explorar y saber qué hay más allá del espacio físico y humano que nos rodea. Cada año, cuando las obligaciones y circunstancias de la vida personal y familiar lo permiten, mi mente necesita salir de la prisión natural de volcán y océano que encierra a los isleños.
La huída es temporal, su duración y recorrido vuelve a estar ligada a los entresijos de la propia vida. La libertad es algo que se transmuta en sensaciones más allá de los kilómetros de separación pero cada tanto, mi viajero corazòn necesita escapar, huir y alejarse. Esa incompresible relación entre el ansías por conocer lo desonocido y la necesidad de extrañar lo conocido.
Este año emprendemos una nueva fuga, una fuga larga en tiempo y en distancia. Muchas horas de vuelo nos trasladarán al otro extremo del mundo. El sureste de Asia a uno de los lugares icónicos del siglo XX, Vietnam.
La mochila del Hijo de Merche, tan aprendida en viajes y aventuras, ya rebosa prendas y enseres. La otra mochila llevará mi equipo fotográfico para intentar captar aquello que el país me quiera mostrar. Dice mi amiga Mar Dlula que me especializo en "robar almas" quizás tenga que hacerle caso. Creo que no soy yo el que decide lo que quiere mostrar sino que he aprendido a observar lo que los sitios me quieren mostrar.
La mente y el corazón abiertos de par en par, ávidos por conocer, aprender y contar. En esta manera de vivir los sitios con un ojo guiñado. Viajamos al corazón de la Historia de nuestros tiempos, de la Historia de Guerra, de los escenarios del cine con el que crecimos en los 80 pero también al corazón de la Historia de la Lucha, de la Combatividad y de la Paz. Todo eso hace de este viaje un destino muy especial.
Llegaremos a Ho Chi Minh City, primera base desde la que nos moveremos por el sur del país y el delta del Mekong. A partir de ahí, sin nada muy programado y con la guìa bajo el brazo, subiremos paso a paso hacía el norte hasta la frontera China y la provincia de Zapa, Hanoi y la también cinematográfica bahía de Halong. Ese es el plan, la ruta? improvisada.
Con este relato retomo una vieja tradición de mis viajes en moto, crear un Cuaderno de Bitácora en el que plasmar cada día las sensaciones y vivencias que nos ofrezca el viaje. Los cito en este virtual emplazamiento para conocer el periplo del ankorONtour 2013 por tierras de VietNam.
Nos vemos en ruta...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)