domingo, 10 de noviembre de 2013

En diferido...



Este cuaderno hoy se escribe, como los contratos de Bárcenas, en diferido. Entre el jet lag que me vaya durmiendo por las esquinas y los efluvios alcohólicos de la Saigon Bia* se me ha hecho imposible poner al día estos relatos de viaje. 

Hemos dedicado los dos últimos días a seguir visitando Ho Chi Minh City y sus proximidades, una ciudad que nos sigue descubriendo curiosidades y comportamientos que no encajan mucho en nuestros conceptos. Visita al mercado de Ben Thanh para iniciar la jornada. Tras sacar un master de cruzar calles entre el disparatado tráfico, alcanzamos esta vieja y enorme nave que guarda bajo su techumbre un universo de tiendas amontonadas en perfecto orden de actividad. La mayoría del espacio se destina a ropas, el centro esta reservado a los lugares donde comer y beber, algunos puestos de joyas, relojes y cerámicas en uno de los fondos y en un de los laterales las carnicerías y pescaderías.

Un breve recorrido y una paradita en el centro para tomar un rico café con hielo y algo de fruta, tomando el centro como lugar de observación de la vida. El mercado tiene visitantes de fuera pero es un lugar de vida y compra de los lugareños lo que le otorga una cierta veracidad para el observador.

Desde Ben Thanh caminamos hacía un recorrido por la Historia de la ciudad. A nuestro lado, las tiendas de todo tipo desfilan antes nosotros, hasta que casi sin solución de continuidad los escaparates se transforman para mostrar artículos de marcas de lujo. Estamos en el centro de los grandes hoteles. Alrededor del Palacio del Pueblo y la coqueta plaza que acoge la estatua del venerado Ho Chi Minh. A nuestra espalda la moderna torre Bitexco que define el skyline y contrasta con la zona antigua. Un poco más adelante el Teatro y el Hotel Continental donde Graham Greene escribiría "el americano impasible"

Tras dejar atrás la Catedral de Notre Dame ejemplo de la colonización francesa, seguimosl hacía el Parque Tan Dao que alberga el Palacio de la Reunificación donde aún se conserva en sus jardines uno de los tanques de combate que entró en el Palacio en el momento de la caída del gobierno de Vietnam del Sur. Es la hora de comer y encontramos uno de esos sitios que se llenan de lugareños  y donde puedes comer carne y pollo por 90.000 VND....3,20€ ambos!

Hacemos tiempo para que el Museo de la Guerra abra sus puertas para conocer de sus más crueles horrores. En los jardines se acumulan naves, tanques, lanchas, bulldozers, morteros, piezas de artillería y bombas dejadas atrás por los norteamericanos en la huída de Saigón.
Evidentemente el museo tiene un efecto propagandístico ya que obvia las salvajadas que, a buen seguro hicieron las tropas del Vietcong, y se limita a dar a conocer los terribles crímenes contra la Humanidad que causaron los agresores. Lo mejor es que ese horror está ilustrado con material y fotografías tomadas por fotógrafos norteamericanos.  

Increíble la exposición fotográfica "Requiem" que llena una sala de decenas de fotografías tomadas por los fotógrafos y fotógrafas que cayeron durante la guerra de Vietnam y antes en la de Indochina. Muchas de ellas son íconos de la cultura del siglo XX, simbolos de la Historia, muchas otras no las conocía pero el resultado es impactante. Como impactante es el recorrido por la sala que nos muestra los efectos del napalm, de los desfoliantes y del agente naranja. No solo por la terrible crueldad de su efecto inmediato sobre las personas y el medio ambiente, zonas enteras de jungla completamente arrasadas con el objeto de despejar la visión de los ataques y sacar al Vietcong de sus escondites. Sino también por su efecto tras generaciones, hoy en día muchos niños vietnamitas siguen naciendo con deformidades o con discapacidades por el efecto del uso de estas armas químicas sobre el suelo de Vietnam. 

Impactantes imágenes que muestran la crueldad y aberración de la guerra y la impunidad con la que se mueven los imperialistas por el mundo, si vemos lo que hicieron en Vietnam qué no estarán haciendo en Iraq o Afganistán.

Tras esta visita que nos sumerge en la Historia más cercana y latente volvemos a echar a andar hacía nuestra zona base de Pamh Ngu Lao. Calles atestadas de personas, la locura de su tráfico hasta llegar al parque próximo donde los vietnamitas se dedican al deporte al caer la tarde, fútbol, gimnasia o tai-chi son los entretenimientos de jóvenes y mayores a estas horas.
Para terminar la jornada que mejor que caminar por la marea humana que, especialmente lso fines de semana, llena la calles de la zona de los mochileros. En Vui Bien se acumulan locales donde comer y tomar una rica Bia Hoi*. Hay locales de estilo, bares y pubs con hermosas vietnamitas sentadas en exterior a modo de atractivo. Nosotros optamos por los puestos de calle que se transforman al llegar la tarde, convirtiendo una lavandería o una galería de arte en un lugar donde comer. Basta un brasero en el exterior y unas cuantas mesas y sillas, tamaño play mobil, que poco a poco van ocupando la calle desde uno y otro lado hasta dejar solo el ancho mínimo para el paso de coches, motos y viandantes.

Carros de vendedores de pescado seco, de pan frito, de vendedores de tabaco, de artesanías....la calle se convierte en un herbidero de personas de aquí y extraños que, como nosotros, se citan en este lugar cuando la luz del día muere.

Para visitar la zona de los túneles de Cu Chi hemos contratado una excursiòn. No es la manera que más me gusta de viajar pero es una forma rápida y efectiva de efectuar una visita a un lugar empleando un solo dìa. Los trayectos en guagua sirven al menos para ir echando cabezadas, algo que sería mucho más fácil si el conductor no se empeñara en ir todo el rato haciendo sonar la bocina como un maldito histérico. Lo de las bocinas es una manía, una fijaciòn. Los hay que los accionan a golpitos, otros como si se hubieran desmayado sobre el interruptor y los hay que llevan  especie de alarma que no deja de sonar y van por los cruces como si fueran una ambulancia.

Total que vamos por una carretera que debe ser como una autopista pero que permite los cruces a uno y otro lado, y es que el obstáculo para que no pase un vehículo en la dirección que quiera tiene que ser físico porque, es evidente, que no hay normas. Ninguna. El primer destino es un taller en el que personas discapacitadas física o intelectualmente realizan artesanias, especialmente, figuras y mosaicos desde un tamaño pequeño hasta enormes. Un trabajo de gran mérito y belleza pero que tiene unos precios desorbitados y que sumado a cómo es este viaje impide cualquier compra.

La segunda parada es el templo de la religión Cao Dai, una suerte de creencia fundada en los primeros años del siglo XX y que es un compendio de todas las creencias. Habemos quienes las consideramos todas malas pero al fundador del Cao Dai le pacieron todas buenas hizo un mix con taoismo, budismo, confucionismo, cristianismo y cuantos "ismos" fue encontrando. Resultado, una religión de unos miles de seguidores que no va más allá de los alrededores de su propia sede pontifica. El templo se halla en una extensiòn de terreno considerable con más edificios pero solo tenemos acceso al templo principal. 

No es una joya de la arquitectura y de tanto estilo parece carente de todo. Colores pastel a cual más destacad, flanqueado por dos torres y un interior columnado con unas figuras de dragones enrredados en ellas. Llegamos en el momento de su misa. En el piso superior un coro de niñas y unos señores que tocan cansinamente la mismas notas una y otra vez. En el recinto unos cientos de fieles la mayoría vistiendo ropajes blancos permanecen en meditación. Colorista, y exótico para sacar unas fotos pero poco más. Encima hay que permanecer en el piso superior sin acceso al mismo plano que los protagonistas de la misa lo que resta posibilidades. En todo momento somos marcialmente dirigidos por unos miembros de la religión que señalan donde debemos ir.

Vuelta a la guagua, parada para comer y cabezada posterior para compensar la hora de recorrido hasta el complejo de túneles de Cu Chi. Este sitio data del conflicto con los franceses y constaba entonces de un sistema de túneles que posteriormente, en la guerra con Estados Unidos fueron ampliados en dos complejos de túneles más, el más profundo de los cuales alcanza los 80-100 metros de profundidad. Todo un ejercicio de esfuerzo, conocimiento del medio e ingenio en una guerra en la que el enemigo era mucho más poderoso en armamento y número. Este sistema les permitía a los soldados del Vietcong sorprender al enemigo, incluso dentro de sus bases. Unas tapas camufladas y sistemas de trampas por doquier hicieron de esta zona un infierno para las tropas americanas. En el recorrido se nos muestra una serie de trampas con hierros punzantes que se establecían en la jungla para que los soldados cayeran en ellas y se hirieran pero sin llegar a morir, de forma que sus gritos causaran pánico a los demás y se conviertieran en un estorbo para el resto de la compañía.

Habían decenas de trampas, con decenas de nombres, perfectamente estudiadas para hacer muchísimo daño. En el complejo residen los restos de un tanque M41 destrozado por los efectos de una mina trampa. La jungla que nos rodea ha sido completamente plantada porque la anterior fue arrasada por miles de toneladas de bombas incendiarias. Tal era la actividad del Vietcong que los aviones norteamericanos que regresaban de misión a Saigón tenían orden de lanzar los remanentes de bombas que llevaran de vuelta. Su función resultó fundamental en la gran ofensiva del Tet que prácticamente decidió el resultado de la guerra.

En el recinto se ofrece la posibilidad de disparar armas nortemericanas de la época, el precio se fija por arma y por bala pudiendo disparar un mínimo de 10. Un negociazo, que en mi caso quedó para los más frikies y pudientes de la expedición. Eso si, el sonido de las armas, impactantes.

Guagua, sobada y vuelta a Ho Chi Minh cuando ya ha caído la noche.

En estos dias se ha desatado la posibilidad de que nos visite un tifòn que ha estado castigando Filipinas y que pudiera afectar al centro norte del país. Por si las dudas y para evitar viajar en domingo, decidimos quedarnos un cuarto día en la capital. No ha habido noticia del tifòn y la vida transcurre con total normalidad. Así que hemos aprovechado para visitar el barrio chino, Cholón (mercado) que se halla en el distrito 5. Primero un recorrido por el mercado de Thai Binh que se haya cercano a nuestra base. No es muy grande pero tiene una zona de carnes y pescado muy curiosa. Esta parte del mercado se establece en una especie de mostrador de cemento y mosaicos sobre el que exponen los peces vivos y sobre el que también se hayan sentados los vendedores. Sobre unos pequeños banquitos y descalzos limpian y atienden el pescado que ofrecen. 

Nunca me ha gustado el pescado ni el marisco pero es que el que aquí se expone es más feo que en ningún sitio, aunténticos bichos. El aroma es tan indescriptible como los animales que lo protagonizan. Lo más curioso, un puesto que tiene una bandeja con unos enormes sapos vivos atados con una cuerdita. Puestos de exóticas y frondosas verduras y frutas. Un café con hielo en el centro del mercado para hacer eso que tanto nos gusta: ser testigos del pasar de la vida.

De ahí un pateo importante hasta el barrio chino. No hace falta buscarlo mucho, cuando llegas te das cuenta que has traspasado sus fronteras. En su interior un gran mercado, Binh Tay, cuyas fronteras son difíciles de fijar. Contiene un recinto cerrado con tiendas pero se extiende con cientos de pequeños puestos y comercios por decenas de calles. Es como una mega tienda china dedicado casi todo al comercio mayorista. Telas, botones, complementos, cuentas de bisutería...de todo, en un momunento al dorado y al brillante. En una de las calles, decenas de tiendas dedicadas a adornos de navidad con el sello de autenticidad chino por excelencia, horteros como ellos solos. Eso si, la mar de simpáticos. He tenido que realizar algunos retratos a peticiòn de los que me ven con la cámara. Luego le enseñas el resultado y felices como niños.

El retorno lo hacemos por el margen del río Saigón, cuya corriente es una masa gelatinosa semilíquida que huele como si te hallaras dentro de una alcantarilla. En un costado, observamos a un tipo con una caña, supongo que intentando obtener algo del interior del río aunque dudo que más allá de microbios o bacterías haya algún ser vivo más.

En vista de lo mala de la idea, volvemos tras cruzar otro montón de carriles, entre una maraña de motos, con esa prestancia que hemos aprendido en nuestra corta estancia. Otro largo paseo por calles llenas de tiendas y más tiendas en una jincana permanente por unas aceras en las que puedes encontrar, motos estacionadas, tiendas y sus expositores, carros de comida, talleres de motos, raíces de árboles...que te obligana  subir y bajar de la acera constantemente.

Mañana dejamos HCMC para dirigirnos al delta del Mekong, nuestro destino más al sur donde estaremos dos días probablemente....si el tifón nos deja.

* bia hoi: cerveza fresca.

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