Dormimos como lirones esa noche en Sapa, deshabituados ya a las anchuras de una buena cama y un hartos de las estrecheces de los "sleeping bus". Toca cargar energías ante la nueva caminata que se presiente. Empezamos con una prolongada cuesta que nos aleja de la casa que nos acogió para remontar montaña arriba hacía zonas de cultivo diferentes al arroz.
A nuestra izquierda se abre el valle profundo cargado de bancales mientras al sur el sol atisba aún su presencia. Nos alejamos del poblado para introducirnos en la espesura del monte. El camino se estrecha y se retuerce a nuestro paso mientras el piso se embarra hasta la altura de los tobillos. Los bosque se bambú se cierran sobre nuestras cabezas y sus troncos, fuertes pero flexibles, son ayuda indispensable para avanzar sin caer en el barro. Pesan las piernas y el esfuerzo acumulado, hace frìo cuando el sol es aún tibio.
En fila de a uno cruzamos barrizales, descendemos y ascendemos, de bosque en bosque y de bambú en bambú hasta llegara un punto donde la tierra se abre en una herida que deja al descubierto sus entrañas de piedra. La tierra herida por el paso constante del agua que vierte la montaña en su irreparable camino al fondo del valle. El agua no es excesiva en esta época del año, tanto que nos permite cruzar a saltos hasta el corazón de su vertical pendiente.
Un momento para refrescarse y tomar resuello y empezar el descenso al fondo ladera abajo. Cruzamos un puente colgante que oscila vertigionoso a nuestro paso para llevarnos a las terrazas donde el arroz es el dueño. Unos niños juegan a pescar las pequeñas carpas que crecen en los bancales mientras al otro lado contemplamos el brillo de la piedra pulida de la cascada acompañados por el sonido incesante de su caer. Cochinos, vietnamintas por supuesto, búfalos y hasta un grupo de cabras son nuestros compañeros en el camino.
Ya queda poco hasta el final del trayecto. Una parada para almorzar y vuelta al hotel. La más que merecida y necesaria ducha y una vuelta por el pueblo para buscar un calzado con el que sustituir el que llevaba y que no cabe más en fango. Toca volver a Hanoi.
Esta vez, recorrido de vuelta "sólo" nos llevará once horas y media. Eso incluyendo la reparación de un pinchazo que sufrimos en algún punto del trayecto. Aún es de noche en Hanoi pero en nuestro camino hasta el hotel ya la ciudad comienza a tener vida. Alumbrados por la débil luz de una solitaria bombilla los puestos de comida se apresuran a preparar el "phó" para los más madrugadores. En uno de los cruces, las floristas confeccionan ya sus ramos y centros. Algo que llama mucho la atención es la atracción de los vietamitas por las flores.
Tanto ajetreo, cambios de temperatura y la alimentación hacen algo de mella en mi organismo, lo que se viene denominando "irse por la pata"....así que tras alcanzar la habitación dedicamos parte de la jornada a descansar. Es casi al caer la tarde cuando volvemos a asomarnos al caos de Hanoi para rodear el lago Hoan Kiem donde la gente se arremolina. Unos disfrutan de un helado en un paseo, los mayores hacen sus ejercicios de tai-chi al margen del lado, los más jóvenes hacen pesas en un improvisado gym, mientras en el otro margen del lago las parejas de recién casados se hacen fotos con la torre de la tortuga de fondo.
Cuando la oscuridad se adueña de la luz Hanoi se convierte en un hervidero, más aún de personas, los vigilantes de ciclomotores no dan abasto, las aceras atestadas impiden el caminar de las personas. Así que motos, coches y personas comparten espacio por el barrio antiguo. Un momento para cenar algo en un local a pie de calle, literalmente, para luego tomar una cerveza donde los locales de moda y deleitarnos con la música y voz de una cantante local emulando los grandes éxitos del momento. No podía ser menos en un país donde hay más karaokes que pagodas.
Toca madrugar para visitar la bahía de Halong. Otro trecho por un recorrido decepcionante por una carretera que debieron asfaltar los chinos primeros de siglo en una guagua con amortiguación de una tabla. Nada que describir y nada que contar.
Llegamos al embarcadero y subimos al que será nuestro barco en el recorrido a través del cúmulo de fonolitos que ocupan una extensiòn considerable de la bahía. A medida que nos acercamos la majestuosidad de estas piedras, que parecen flotar en el mar, se hace más y más grande. Labradas por la erosión del mar creando formas inverosímiles. Cuenta la leyenda que la bahía fue creada por un dragón para proteger Vietnam de los enemigos que lo asediaban. Es fácil imaginar una creación tan fantástica ante lo imposible del resultado.
Navegamos hasta un punto donde podemos adentrarnos con embarcaciones más pequeñas a contemplar unas cuevas. El guía, curiosamente, se "olvida" que el kayak era una opción incluída en la excursión e intenta colarnos ir en barca previo pago de 100.000VND. Ante nuestra pregunta al respecto y cuando casi todos andan ya en las barquitas, recuerda esa parte del contrato. Así que por primera vez en mi vida me atrevo a remar un artigulio de esto. Mi compañero un argentino que anda perdido por Asia con otro compatriota dando saltos de país en país.
Tras un inicio un tanto desalentador en el que solo conseguimos chocar y rebotar contra el embarcadero emprendemos la marcha hacía una ensenada que alberga dos cuevas. Desde el kayak la inmensidad del paisaje se acrecienta en proporción directa a nuestra insignificancia. Remamos, corrigiendo el rumbo cada cuatro paladas, hasta la entrada de una de esas cuevas. Un paso a través de un agujero labrado por el agua en la roca que da paso a una especie de atolón, de manera que nos quedamos rodeados por la grandiosidad de las paredes casi verticales de roca y vegetación. Sobre nuestras cabezas la elegante silueta de los buitres negros vigilando la escena.
Volvemos a mar abierto y navegamos entre las casas flotantes de los pescadores que viven de forma permanente entre estos gigantes, unas trescientas personas, con todo su vida entre el agua. El atraque no difiere mucho de la partida y a trompicones conseguimos acercar el kayak al embarcadero. Toda una experiencia. Visita una gruta de Hang Dau Go creada por la entrada del agua en el momento de la erupción del volcán. Sus dimensiones y formas parecen obra de Gaudí, las paredes de piedra como si estuviera derretida y derramada y en el "techo" las formas de las burbujas del agua al tocar la piedra incandescente. El espectáculo se desluce un tanto por la iluminación de colorines y hortera de que han dotado al lugar.
Toca volver al barco desde donde contemplamos, camino al muelle, la mejor puesta de sol del viaje. El sol convertido en una bola rojo incandescente se hunde, por encima de los barcos, en el horizonte. Nítida su circunferencia, en un cielo limpio, y extendido su halo de color en las nubes que ocupan el cielo. Si bien la llegada no prometía nada, solo por este sol, valía la pena el viaje...
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