viernes, 22 de noviembre de 2013

Al norte...

Entre guagua y guagua en este afán por alcanzar, un tanto ya contrarreloj, el norte del país, ha impedido que fuera actualizando mis entradas. Escribo sentado en un cómodo homestay de un poblado H'mong de Sa Pá, rodeado de montañas, en un punto tan al norte que bordeamos con China..mientras me deleito con una Tiger casi tan fresca como el clima que nos acompaña.

Antes estuvimos en Hué donde los días volvieron a hacer grises y la lluvía protagonista. Llegamos desde Hoi An, protagonista de nuestra última crónica, y tan solo estuvimos una noche. Nos hospedamos en un hotel de curioso nombre y no menos curiosa gestión y mucho menos, decoración. El Google Hotel. Lo mejor, a parte de su precio, es que las cañas eran gratis para los hospedados. Es como meadilla de gato incolora pero si lo llaman gratis...

Hué es una ciudad de pasado imperial, dividida por el paso del río Perfume, Patrimonio de la Humanidad a pesar que muchas de sus riquezas arquitectónicas fueron destruídas durante la guerra. Así todo,  como el milagro que supone este país, se lleva a cabo un esfuerzo encomiable por restaurar todo aquello que escribe la Historia de la ciudad y de Vietnam. Escenario de luchas sangrientas donde los caídos se cuentan por miles, a Hué le tocó escribir gloriosos momentos del Vietnam Imperial de la dinastía Nguyen y los más tristes de la confrontación entre Seres Humanos.

Hoy Hué es una tranquila ciudad, con frondosos parques y un tráfico aceptable a la vista de lo que hay por ahí. Sus encantos se concentran en el ámbito de la Ciudadela en la otra rivera del río. Una muralla a la que se accede a través de puentes que a su vez dentro contiene otro recinto amurallado donde se dan cita emblemáticos edificios cargados de Historia y leyenda. Allí vivían los miembros de la dinastía que trabajo en pos de un Vietnam unificado allá por el siglo XIX antes que la presencia francesa comenzará a hacerse dominante.

La lluvia nos desluce un tanto la visita pero resulta impactante de todas formas. También hay, como en cada destino, que hacer una visita al mercado de la localidad. Este es de los grandes, tiene una zona edificada y con varios pisos pero aún así su actividad se desborda por las calles colindante hasta ocuparlo todo. Son los mercados un lugar propicio para mi trabajo, todo parece confluir en ellos, tanto los vistantes como los vendedores. Este, en especial, ofrece un buen escenario para fotografiar. Nos perdemos entre sus estrechos callejones, sus aromas de especias y sus olores de carne y pescado (no tan agradables).

Cae la tarde y partimos dirección a Hanoi en otro "sleeping bus", esa continua sucesión de cabezas y pies en hilera intentando dormir desde las más complejas posturas...algo a lo que empiezas a cogerle truquito cuando llevas unas 60 horas de experiencia. Llegamos algo pasados de la hora prevista que también empezamos a comprender que tiene de todo menos de prevista.

Es mediodia en la capital de Vietnam cuando arrivamos a la vetusta estación, casi sin bajarnos de la guaguaa rodean la puerta para ofrecer taxis, hoteles o "motobais". Da igual cuantos "no" llegues a pronunciar por minuto que nadie se da por aludido, aprendes a que hay que entonar tantas negaciones como ofertas te hagan, incluso varias por ofertante. Conseguimos hotel en el centro del barrio antiguo y en el mismo concertamos una excursiòn a Sapá, para partir esa misma noche.

La tarde da para un paseo por el barrio antiguo, cuyas calles se denominan por el gremio que la creo en la Edad Media. Tiempos en los que era conocido por las 36 calles por los 36 gremios que la fundaron. Calles atestadas de personas y mercancías que ocupan los ínfimos locales y se desbordan por las aceras. El orden es distinto pero es orden. Los edificios estrechos para evitar los impuestos dependían del ancho de la fachada. Entre las tiendas unos profundos y estrechos callejones llevan a las entradas a los edificios que no tienen acceso desde la calle. 





Tomamos una calle relativamente ancha que desemboca en el Mercado Dong Xuan. Una mole de hormigón y varias plantas en cuyo interior se enmarañan cientos y cientos de tiendas de todo tipo de genero. Los pasillos son estrechos hasta solo permitir el paso de personas en hilera de uno, las tiendas de telas y ropas tienen tanto género que las dependientas se sitúan sobre la mercancía que exponen. Si te quedas atrás te detienes, no dudes, te van a empujar hasta liberarse del "estorbo".

Poco a poco las deslumbrantes luces de Hanoi quedan detrás, vamos camino del punto más al norte de nuestro viaje. Casi en los límites de la frontera con china, las montañas que los franceses llamaron Alpes Tokineses, a la población de Sapá donde habita la minoria Hmong. Un recorrido de unos 400kms para los que invertimos unas 12 horas. Desayunamos y empezamos, acompañados de una guía Hmong, una ruta a pie por las montañas y campos de arroz. Se trata de un profundo valle colmatado de terrazas de arrozal en cuya parte más honda discurre un alegre riachuelo.

A medida que el sol emerge de entre las nubes, las terrazas anegadas brillan como un cristal. Caminamos por estrechos y resbaladizos bancales, los pies se hunden en el barro mientras intentamos mantener el equilibrio y no perder detalle de tan espectacular paisaje. Valle abajo se divisan los grupos de poblados. Ese es nuestro destino y empleamos para ello unas cuantas horas. El camino está aderezado con la presencia de pollos, patos, gansos, cochinos, búfalos, perros y cuanta naturaleza pueda uno imaginar. Todo fluye libre, en armonía, los animales retozan en los campos hasta la noche que regresan al refugio de sus establos sin puertas.

Tras el almuerzo quedan aún un par de horas hasta el homestay que nos acogerá al final de la jornada. Ahora caminamos por entre las callejuelas del poblado de los Hmong entre sus huertas, sus campos y sus casas. Somos testigos de sus quehaceres mientras mis ojos intentan no perder detalle de cuanto acontece alrededor. Todo lo que veo son fotos, las montañas que ahora nos rodean, los huertos de arroz, los bosques de bambú, el ir y venir de los niños que terminan la escuela a estas horas, las tiendas que surgen a la ribera del camino, todo. Todo son fotos.

Y  ahora escribo esto rodeado de un par de italianos, unos holandeses y una colega de Texas que a base de perder todos los juegos se la tiene fina con el licor de arroz...

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