martes, 19 de noviembre de 2013

De templos y lluvias....

Es temprano y no llueve en Hoi An. Tomamos una guagua, otra, para visitar los templos Chams que se hayan en My Son. Salimos de lo urbano en direcciòn a la carretera que nos llevará al interior. Bordeamos la ribera del río Thu Bon cuyas aguas abarcan todo. Campos anegados a uno y otro lado de nuestro paso, en ocasiones la propia carretera es víctima del voraz paso del río. Desde mi ventana observo a las personas afanadas en dovolver el río a su lugar, en ocasiones solo con una escoba. En las paredes la marca que el nivel del agua alcanzò en la noche anterior.
En uno de los manglares, un grupo de hombres ayudados por una máquina tratan de empujar un barco sacadod el cauce normal del río para situarlo entre los bambús.

Como ocurriera en el Mekong los ríos al llegar a costa no tienen un solo cauce sino que se deviden en varios brazos para abrazar al mar. Cenagosos, marrones, tan oscuros que no reflejan la luz. Se abren y ensanchan, se apretan empujados por la débil tierra hasta morir el el mar del sur de China. 

Con ganas de quedarme ahi, en el meollo del barro, seguimos camino hacía My Son. Tras unos 45 kms, de frenazos, baches y concierto de claxón para guagua, llegamos a un apartado rincòn de jungla en medio de nada que no sea verde. En esta zona, el desborde del río a arrancado árboles y bambú que se depositan a lejanos metros de su cauce. 

De entre toda esta jungla emergen unos templos construidos, entre los siglos III al X por la cultura Cham proveniente de la India, para venerar a sus deidades. Un testimonio de gran belleza arquitectónica en un paraje sobrecogedor. Algunos de los templos son visitables. En una sala se guardan algunas estatuas y frisos aunque el grueso del legado material se halla en el museo de Danang. Algunos templos fueron destruidos por los bombardeos de la guerra. Esta zona se haya pròxima al sur de la zona desmilitarizada que separaba norte y sur, camino del Vietcong en la ruta Ho Chi Minh, y donde se produjeron algunos de los episodios más sangrientos de la guerra y de los bombardeos más brutales.

Volvemos a Hoi An mientras sigue en mi la intención de alcanzar la zona rural inundada. Atento a la ruta que sigue la guagua para dejarnos, alquilamos unas bicis y tomamos la rutaz a la inversa. No es fácil moverse en estos lares, nada o muy poco está señalizado y si te sales de los servicios normales de transporte caes en la negociación monótona y repetitiva de quién quiere hacer el agosto con el turista "adinerado". Así que hay que buscarse la cosas por cuenta propia y con las bicis conseguimos llegar a la aldea de Tãh Thành.

La vida bulle como si nada hubiera pasado, el mercado abierto ofrece los productos de la zona, los barcos regresan a tierra con el resultado de la faena de la tarde, mientras los hombres y algunas máquinas acumulan y retiran el lodo que dejò el río. Todo se aprovecha, así que si el río subió, tiene que haber peces por lo que muchos se organizan con redes en los campos de arroz para capturar el pescado antes que el retorno de las aguas a la normalidad los mate de asfixia.

Me meto por entre callejones, somos los únicos no naturales en el lugar. Un vecino me lleva de la mano a su casa, quiere que sea testigo del nivel alcanzado por las aguas. Ya todo está limpio pero una marca señala una altura de casi dos metros en el interior de su humilde estancia. No muy lejos de allí un hombre hundido en el agua intenta recuperar algunos de sus enseres bajo las aguas contiguas a su casa. Grupos de hombres limpiando las carreteras, hombro con hombro, sin esperar ayudas que no llegarán. La comunidad se protege asi misma porque el beneficio  del conjunto es un beneficio individual.

Pasamos por sus casas, abiertas de par en par, en busca del aire que seque sus paredes, siempre una sonrisa. Conocedores de la realidad de su existencia. El río es su vida, su fuente de alimento, el que riega los campos, los transporta pero de tanto en tanto el río se cobra su peaje. No queda otra, trabajar y ponerlo más difícil la pròxima vez. Los niños, como niños, encuentran divertimento en todo. Con el agua hasta la cintura y con una pequeña trampa para meter crias de carpa en una botella. 

Llenos de barro, nosotros las bicicletas, regresamos a Hoi An merecedores de una buena ducha y otro par de Saigon bien frescas. El agua fluye, libera los campos y abandona las casas, buscando su cauce hasta fenecer en el mar...

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