5:00 am cuando suena el despertador. En apenas unos minutos estamos subiendo a la pequeña embarcación que nos ha de llevar por los canales del Mekong. Es aún de noche pero en la otra orilla del río, a través de las palmeras, empieza a teñirse el cielo de rojo preludio del amanecer que se aproxima.
Nuestra tripulación cosnta de un alegre y desdentado conductor y un joven guía que se encarga tanto de explicarnos lo que vemos como de resolver sus dudas sobre nuestra manera de vivir. Esta parte del río es considerablemente ancha y en ella se dan cita barcos de todo tamaño, desde nuestro pequeño bote hasta grandes barcos de transporte de arroz, de tierras para construcción o de cieno para abonar los campos. La vida del río no para en todo el día, durante la noche aminora, pero el "tac,tac,tac" de los motores acompaña sin cesar nuestra estancia en Can Toh.
Tras un recorrido de unos cuantos minutos alcanzamos una parte más estrecha del canal y llegamos al primer mercado flotante que vamos a conocer. Este mercado se encuentra en la esquina con cruce con otro canal, formado en "T". Junto a esa esquina se aglomeran decenas de embarcaciones que compran, venden e intercambian productos. Son botes de diverso tamaño, alargados, de fondo plano para poder navegar los canales de poco fondo, los más constan de un motor de gasolina consistente en la adaptación de un generador que se coloca sobre una base metálica y cuyo movimiento se extrae con un tubo en cuyo final consta de una hélice. El conductor acciona manualmente el motor y sumerge el tubo con la hélice en la oscura agua del Mekong para comenzar la marcha.
Este enjambre de botes se acumula, en el mercado de Cái Rāng, costado con costado de manera que para pasar por ello es preciso para el motor y dejar que el bote vaya abriéndose hueco a base de ir golpeando a unos y otros. Frutas y verduras de todo tipo, muchas conocidas y otras que nos resultan exóticas, conforman un paisaje de policromía. En este país de tan salvaje naturaleza todo es grande, los mangos, las papayas, las propias verduras son de descomunal tamaño algo que no les resta nada de sabor. Los productos son traidos de las zonas rurales para su transacción al por mayor. Los botes pequeños llegan vacíos y salen cargados a sus lugares de origen.
Seguimos adelante, las orillas del río son un hervidero de vida vinculada a la comunión con la presencia del Mekong. Somos testigos de gente que se baña en el rio, que lava su pelo, o que lava a un gallo, que recoge agua o lava la loza, que pesca...todo a la vera del río. Casas que se sitúan sobre postes que se entierran en el río en un complejo equilibrio. Pasar por el río es como pasar por el salón de sus casas. Al lado de la casa un pequeño embarcadero donde amarrar el bote de la familia.
La jungla no solo llega al borde del agua sino que emerge y se sumerge en ella, llegando a ser complejo distinguir qué parte es tierra "firme", en los bordes de acumulan unos grandes nenúfares sin flor que forman verdes mantos flotantes, algunos desprendidos de este campo de agua vagan por el curso de las aguas.
Toca salir del agua para conocer una fábrica de papel de arroz donde el guía nos explica el laborioso proceso y observamos la incesante labor de los operarios. Una fábrica familiar al costado de su propia vivienda. El arroz se desvaina y se muele para convertirlo en leche de arroz y luego extenderse en unas planchas de calor donde se extienden en círculo, de ahí las recogen y se colocan en unas esteras al sol. La fuente de calor de las planchas se obtiene tras la combustión de la propia cáscara del arroz. La visita es amenizada por la presencia de un jueguetón perro que usa el depósito de cáscara como cómodo colchón y un cochino negro que pasa de las visitas y se pierde jungla adentro.
Continuamos hasta el segundo mercado, absortos ante la belleza de todo, moviendo la cabeza a un lado y otro buscando no perder detalle de cada ribera. Este es el mercado de Phong Diên cuyo funcionamiento es igual al anterior, es más pequeño y permite la venta al por menor. La mayoría de las embarcaciones son dirigidas por mujeres que portan el triangular sombrero típico del lugar.
Toca ahora la visita al poblado en tierra, del mismo nombre que el mercado y para ello entramos en un estrecho canal. La vegetación es asombrosa. Palmeras y árboles que sumergen sus ramas en el agua, auténticos muros de nenúfares que deben ser atravesados por la quilla de nuestro bote. Sentado en el extremo de la embarcación me siento un auténtico explorador de la British Society protagonista de algún relevante descubrimiento geográfico.
Con toda la destreza posible para no acabar dándonos un baño involuntario, empezamos la caminata por el poblado. Un estrecho camino que circunda la zona habitada dejando a un lado el río. Viviendas de granjeros que plantan todos los productos que vimos en el mercado. Tras un rato de caminata llegamos a un campo de arroz en barbecho en el que el agua que lo cubre hace de espejo para el azul y blanco del cielo. En ese idílico paisaje para el visitante, dos hombres allanan la tierra tirando cada uno de un tronco aferrado a su cuerpo mediante cuerdas.
Papayas, mangos, arrozales, cocoteras, patos, una granja de peces y más nos acompaña en el camino hasta el lugar donde hemos de almorzar. Una choza al fresco donde nos deleitamos con la saludable y sabrosa gastronomía vietnamita. Un rato de rélax, conversación con nuestro afable guía y un rico café con leche y hielo para tomar fuerzas para la vuelta. Justo al lado nos espera el nuestro bote para emprender el regreso a Can Toh.
Seguimos durante bastante rato por esos estrechos canales protegidos por una lona del castigo del sol del que tanto se protegen los lugareños ya que estar blanco forma parte de su standard de belleza. El aire fresco nos golpea la cara, nos sentimos unos Katherine Hepburn y Hamprhey Bogart en aquellas escenas de "La reina de África". Asombra la capacidad de la naturaleza en un lugar donde fue totalmente extinta con el uso de napalm, armas químicas y desfoliantes hace apenas cuatro décadas.
Una breve pasada nuevamente por el primer mercado y ya rumbo a destino. La vuelta por el canal ancho se hace un poco cansina pero nada nos quita la cara de felicidad tras todo lo contemplado.
Una vez en puerto es ya la hora de comer, una ducha y un almuerzo justo al lado del hotel donde guía en mano planeamos el siguiente destino. Tras decidir subir a Dalat a partir de mañana, nos vamos un rato a descansar. Un rato que duro unas.....7 horas!
Salir cerca de las 23:00 a las calles de esta ciudad es no encontrar prácticamente nada. Al menos sirve para dar un paseo mientras los tenderos recogen todo y volver al hotel tras picar algo.
Se duerme Can Tho con el sonido incesante del río que no duerme.
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