Amanece un día gris en Dalat, mientras damos cuenta de un rico desayuno continental en una de las afrancesadas cafeterias del centro, próximas al mercado. Resulta curioso observar como junto al caótico mercado que parece no cesar en su horario, las calles adyacentes cuentan con cafés y tiendas del más coqueto estilo europeo. Tras el desayuno y un breve paseo esperamos la llegada de Houng la persona que nos ha de llevar a visitar los alrededores de la ciudad.
La primera parada es en un mirador desde el que observar Dalat desde lo alto, inserta en un valle rodeado de frondosas colinas, desde una de las cuales somos testigos de los miles de pequeñas construcciones al más puro estilo de la campiña francesa. Grandes casonas de glorioso pasado, algunas venidas a menos, y la tradición conservada por los lugareños de respetar este modo arquitectónico en las nuevas casas.
Salimos hacía las zonas rurales a través de una carretera que juega con las curvas de las montañas donde las coníferas son absoluta mayoría, a los márgenes algunos puestos de venta de frutas de la zona. Poco a poco iremos descendiendo hasta el valle, donde la carretera se hace más ancha y donde se concentran, como un puzzle de muchos tonos de verde, parcelas en su mayoría dedicadas a las hortalizas. No hay espacio que quede sin plantar o, al menos, que no esté esperando la próxima simiente de la temporada.
En los márgenes del valle, las colinas son peinadas por una bruma que se enrreda entre las copas de los pinos mientras la lluvia se hace cada instante más inevitable. Tomamos un desvío y la carretera vuelve a menguar en porte, discurriendo ahora entre fornidos arbustos florecidos en blanco, son cafetales. Ordenadas hileras de cafetos discurren por los llanos y las leves ondulaciones del paisaje como si de una tupida alfombra se tratara. Esta dictadura del cultivo es rota por la presencia de algunas extensiones de té.
La primera parada es la impresionante Cascada del Elefante, un torrente de agua que se precipita unas decenas de metros alimentada mucho más por la lluvia que ya no cesará a lo largo de toda la jornada. Atrás queda el organizado clima del Mekong, aquel del agobiante calor y un momento más o menos prolongado de lluvia torrencial al caer la tarde. En esta zona llueve, llueve y punto, sin más organización. Entre la lluvia y la humedad de la espuma generada por la violencia del agua al llegar al fondo de su caída, bajo cual expedicionario por unas húmedas y resabalizadas rocas para tomar la mejor foto posible. Una escalera inicial da imagen de ser un cómodo recorrido pero no es más que una ilusión ya que más allá hay que subir y bajar las rocas gigantescas que rodean el salto y atravesar su vegetación. Con más voluntad que destreza alcanzo una ventana desde que observar de forma próxima la ensordecedora caída de agua teñida del marrón de la tierra arrastrada.
Un par de fotos servirán para satisfacer mi espíritu de fotógrafo "intrépido" e iniciar con la fuerza que da el trabajo conseguido el complicado ascenso. La explanada superior de este recinto no deja ver más allá de unos metros, tapado el paisaje por el velo de agua que cae. A un lado la bella pagoda de Linh an Tu a la que llega por un embaldosado patio con enormes macetones que portan bonsais, una escalinata nos asciende hasta la puerta del templo, mientras somos vigilados por estatuas de fieros dragones guardianes y por la buena dicha de estatuas de tortugas. Cada paso es acompañado por el cadente eco del latir de un gong. En el interior de profusos colores consta de tres estatuas de buda custodiadas por otras dos divinidades a cada lado. El ambiente invita a la relajación y a contemplar tanta belleza como expone.
Antes de partir, una breve visita a un taller de la minoría étnica cham que nos enseña sus telares con una demostración práctica que resulta algo artificial y preparada para el visitante.
Seguimos camino entre fincas y cultivos de café atentos a cada metro del paisaje para visitar una factoría (esta real) de trabajo en seda. Una vieja nave con no menos vieja manquinaria en la que solo trabajan mujeres y en la que se siguen todos los pasos para extraer el preciado hilo de la pupa del gusano de la seda. Dos hileras de maquinas de traqueteante movimiento enrollan el hilo que se extrae de las pupas que flotan en unos depósitos inferiores. Las obreras seleccionan las pupas y las enrredan en la máquina cuyos rodillos le dan forma. Se sigue todo el proceso hasta su conversión en madejas de hilos y en telas. Unas cuantas decenas de fotos y seguimos.
La lluvia insiste en su misión de alimentar la tierra cuando se hace la hora de comer. Houng nos lleva hasta un puesto de comida próximo a la carretera. Nos acercamos a donde se exhiben los ricos productos mientras la cocinera nos explica cada uno de ellos. Si su aspecto es muy apetecible cuánto más lo será su sabor. Un rato para descansar y conversar con nuestro afable guía. Así como es en África, el lugareño es tan preguntón como el visitante así que a pregunta hecha, pregunta respondida. Una foto satélite en el iphone me ayuda a situar nuestro país de procedencia.
En el camino a Dalat queda una última parada para tomar café...y vamos a tomar café en una pequeña factoría familiar, Bâo An. Será lo que podríamos denominar un "café de mierda" y no precisamente por que su sabor mereciera tal calificativo sino porque literalmente es de "mierda". Se trata de la variante Chôn, que consiste en extraer los granos de café de las cagadas de un roedor, la civeta. Así este animal algo mayor que un gato y parecido a la jineta es alimentado con granos de café, solo con granos del café. Su sistema orgánico no digiere más que la cáscara y la pulpa del grano pero deja intacto la simiente que si es afectada por sus jugos gástricos e instestinales. Ese proceso simula en el organismo del animal una especie de fermentación que será lo dará luego su sabor particular. Los granos de café son extraidos de las cagadas el bichito, lavados profusamente y luego secados y tostados.
Y ahí estamos bajo la lluvia en un patio al aire libre protegidos por un techado de zinc y rodeados de plantas, tomando un "café de mierda" que pasa por ser el café más caro del mundo y añado yo, delicioso.
Vuelta a Dalat donde la lluvia sigue. Es aún temprano, así que salimos a dar una vuelta por el mercado de la ciudad. Una parte ya se encuentra en labores de cerrar mientras por fuera se colocan otros puestos en un ciclo que parece no tener horario. Se van unos y vienen otros. Puestos de verduras que cierran en el vetusto edificio de varias plantas mientras en el exterior, al volado de la techumbre se citan vendedores de ropas y telas. Nadie protesta, todos tienen su espacio y su momento para vender.
El día muere de forma prematura y no llegan a las 6 de la tarde las luces del día. Un paseo, una leve cena y vuelta al hotel.
En unas horas volvemos a partir.
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